Sábado, 7 Enero, 2012 - 15:46

La "metáfora" de la radio de los wichís
Los "trabajadores" versus los "soldados"

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¿Un medio es un todo compacto, unívoco, planificado al detalle y deliberado? Quienes así piensan no conocen los medios sino que los imaginan. La idea de complot siempre simplifica las cosas, y el delirio paranoico siempre cierra.





Quien ha tenido doscientas o trescientas personas a su cargo –y ha sido mi caso durante años– conoce de memoria las contradicciones internas de cualquier organización: las secciones que disputan entre sí, los intereses encontrados, la multiplicidad de criterios a los que se agregan dos invitados permanentes: el azar y la estupidez.



No estoy diciendo que todo sea un descontrol: es obvio que existen trazos gruesos, línea editorial, dirección periodística (aunque tampoco en todos los casos), pero de ahí a pensar que se premedita cada palabra y que esa elucubración tiene un mismo sentido lógico, hay una distancia enorme.



Este gobierno, que –a excepción, claro, de la dictadura– ha manipulado como nadie los medios de comunicación (hoy el 70% de los medios son oficiales, de amigos alineados o están bajo la presión de la publicidad del Estado), en el fondo no conoce a los medios y se cubre de prejuicios sobre un ambiente que le es ajeno.



El kirchnerismo ha logrado imponer, sin embargo, lo que ya parece un paradigma cultural: los periodistas somos una especie de cagatintas incapaces de pensamiento propio y que obedecemos a rajatabla a los intereses espurios de las empresas. Los periodistas críticos, claro, no los obsecuentes. En el fondo, proyectan: creen que los demás deben responder a lo que ellos piensan de su propia tropa.



¿Entonces el periodismo es prístino, puro y desinteresado? Tampoco. En una Argentina corrupta, los periodistas son tan corruptos como los políticos o los peluqueros: el país tiene un alto grado de tolerancia a la corrupción; hay notas que se venden, lobbys que se llevan adelante, mentiras pagas y mentiras gratuitas.



Pero no son, ni de lejos, la mayoría, como sucede en el país, repleto de gente honesta que trabaja por dos pesos y se jubila por uno, y donde un porcentaje –generalmente vinculado al poder– hace sus negocios. Si todos robaran, no habría Argentina; del mismo modo que si todos mintieran, no habría prensa.



Ernesto Laclau es un filósofo nac and pop que vive hace treinta años en Londres y desde allí aconseja sobre la Argentina. Su figura es curiosa; está a un paso de defender la Teoría de los Climas de Montesquieu (aquella que sostenía que los negros, al vivir en países cálidos, eran mas proclives a las dictaduras; Laclau aconseja la reelección permanente en los países de América latina) y sin embargo, se lo considera un filósofo “moderno”. Laclau cree que el periodismo es un factor de distorsión social: no aclara si se refiere a The Guardian, The Independent, The Times, La Nación, Clarín o PERFIL, pero en cualquier caso descree de la existencia de la noticia en sí: todo lo que se publica tiene un interés oculto.



El concepto militar de Perón no era distinto: se trata de una pelea entre organismos de inteligencia propios y ajenos: Télam vs. United Press. La historia argentina ha tenido múltiples ejemplos de conspiraciones periodístico-políticas: el golpe a Illia fue gestado por el padre del actual canciller desde la revista Primera Plana, por ejemplo. Y Timerman Junior apoyó otro golpe, el del 76, desde el diario La Tarde.



Al poder le conviene que el periodismo desaparezca; así se diluyen la mitad de sus problemas (la otra mitad la logran con la complicidad de los jueces). La idea de “periodismo militante” ayuda a ese fin: si lo importante es “la línea” y no la vida, la vanguardia militante debe elegir qué cosas la gente está o no preparada para leer.



El “ejército” oficial necesita un “ejército” enemigo: todo periodista de Clarín debe ser Magnetto. Por eso los militantes les gritaban en la calle a los tiracables del móvil de Canal 13: “Devuelvan los nietos”. El Gobierno cree que del otro lado no hay trabajadores, sino soldados. La Ley de Medios, encantadora e impracticable elucubración de la universidad, comete errores de forma, pero también desconoce el objeto sobre el que legisla: se basa en pensar que una ley es capaz de audiencia, y que esa ley alcanza para conseguir publicidad y pagar los sueldos.



Es fascinante soñar con la radio de los wichis: me encantaría saber cómo va a financiarse, cuál será su contenido y cuánta gente va a escucharla. La buena voluntad es indispensable para limpiarles el culo a las abuelitas en los hospitales, pero cuenta poco para armar un medio: hay que saber cómo hacerlo, cómo sostenerlo y cómo financiarlo.



No alcanza con ordenar que se haga la luz. El mundo es injusto y cruel, y debe ser cambiado, pero no hay cuatro viejitos en una pieza que se reúnen cada mañana para dominarlo; sostener eso es, en el fondo, la mejor manera de que nada cambie. Una premisa falsa nunca lleva a una conclusión verdadera.
Fuente: 
Perfil.