Sábado, 31 Diciembre, 2011 - 10:28

La política y la muerte, de la mano

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La política y la muerte han ido, en la Argentina, demasiadas veces de la mano. No alcanza con disentir: el “otro” debe desaparecer, callarse la boca, hocicar. Es extensa la lista de nuestros próceres que murieron fuera, expulsados, en plena muerte civil, como es la de quienes fueron deliberadamente asesinados, la de cadáveres ambulantes que aún no logran descansar en paz.

Argentina es el país –recordémoslo– de “Viva el cáncer”, escrito en las paredes de Buenos Aires mientras el cáncer terminaba con la vida de Eva Perón. Todo esto recordé hace unos meses, en una habitación del Hospital Británico, cuando Sarah me dijo: “En Twitter lo están dando por muerto”.



Mi primera reacción fue –lo escribí entonces en estas páginas– reírme pensando: “Estoy en condiciones de desmentirlo”, pero después me angustió pensar qué hubiera pasado con los míos si leían aquella noticia conmigo en el exterior: los minutos o las horas en blanco, tratando de ubicarme, sin saber en verdad qué había pasado.



A la semana vi la tapa de Barcelona: “Muera Lanata”, decía: chicos de clase media que funcionan como los borrachos de la fiesta. También me reí: quise pegarla en mi escritorio hasta que otra vez Sarah me dijo que no lo hiciera: ¿como le explicábamos a nuestra hija Lola, de siete años, que aquello era un supuesto ejercicio del sentido del humor?



Con aquello de la muerte –de mi muerte–, el humor, mi humor, se fue apagando a fuerza de ciber-k: leí twitters bromeando sobre la diálisis y los trasplantes de hígado; ya sé que el Twitter tiene la seriedad de la puerta de un baño público y encima está plagado de anónimos, pero algunas mañanas, camino a mi diálisis en Fresenius, de la Fundación Favaloro, aprendí a odiar a aquellos hijos de puta, y nadie puede estar orgulloso de su odio.



Y el tiempo fue pasando hasta la noche del martes, cuando el país se enteró de la enfermedad de Cristina. Esa noche me di cuenta de que hay muertes y muertes, y que el sentido del humor es a veces unidireccional: los mismos que se reían de mi muerte ahora escribían mensajes conmovidos y solemnes, y Barcelona no estuvo tan chistosa como antes y no había tampoco mensajes en broma sobre el carcinoma presidencial.



Me preguntaba que pasaría si América TV, ahora cercana a la gestión oficial, estrenara una miniserie llamada, El pacto, donde Cecilia Roth interpretara a una presidenta de 58 años, operada de cáncer en la tiroides y que por unos días perdiera el habla, o debiera hablar a través de un aparatito en la garganta.



Recordé que eso mismo había hecho aquel canal con Magneto, pero claro, hay muertes graciosas y cánceres felices, nacionales y populares. Alegrarnos de la muerte muestra el grado de nuestra enfermedad: la muerte es injusta por definición, ojalá nadie se muriera nunca (sé que me expongo a que algún corrupto como Gvirtz o Szpolsky me asocien falazmente con la dictadura, pero hasta Videla merece vivir, aunque preso de por vida, y no soy yo quien puede decir si alguien “merece” o no estar muerto).



Me gustaría que Lola creciera en un país donde nadie le deseara la muerte a nadie, ni siquiera en la boludez ficcional del Twitter. Mientras trabajamos para construirlo, mis mejores y sinceros deseos para Cristina Kirchner y también para todos los que sufren la enfermedad: no hay distancia más larga que la que separa al enfermo de la mesa de luz. Que podamos recorrerla, sobreponiéndonos a la adversidad.
Fuente: 
Perfil.