Sábado, 31 Diciembre, 2011 - 10:07

Convicciones

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Descargada casi con displicencia, esa afirmación me dejó estupefacto. Dichas palabras resumían el famoso aire de la época, perfume que todo lo impregna. La cita debe ser transcripta en su totalidad. “Los que se jugaron en el ’73 por ‘luche y vuelve’ (…) pueden darse algunas licencias denostadas por burguesas en otras épocas, pero conservan las convicciones. (…) Ya no sueñan con la revolución, pero pretenden seguir jodiendo, como parte cultural de una sociedad que no logró eliminarlos”.





A veces las citas pueden no sólo ser odiosas sino –además– injustas y deshonestas. Este no es el caso. El articulista da en el clavo y explicita una verdad soterrada que suele ser reprimida. Impresiona el concepto de “licencias”, perezosa alusión a que, en otras épocas, tales libertades eran “denostadas” porque se las consideraba “burguesas”. ¿Cuáles serían tales “licencias”? ¿Robar? ¿Conducir autos caros? ¿Viajar por el mundo? ¿Ganar mucho dinero? ¿Vivir rodeados de comodidades en confortables y hasta suntuosas viviendas? ¿Oler rico? ¿Vestir fashion? ¿Vivir cool?



Se “expropiaba”, claro, en los famosos años setenta, pero esa caja se ponía al servicio de la revolución, con ella se mantenían militantes rentados, se solventaban viajes políticos, se compraban armas e insumos bélicos, se alquilaban casas y galpones. Eran otras “licencias”, es cierto. Lo que en aquellos años, recordados hoy en blanco y negro, se denostaba eran prácticas y hábitos “liberales” que alejaban al militante del objetivo revolucionario, como la infidelidad marital, la homosexualidad y el culto de placeres típicos de las clases adineradas. Los revolucionarios de hace cuarenta años manifestaban intenso y puritano desdén por placeres y gustos que asociaban con la injusta distribución de la riqueza. Enojados con su origen de clase, pregonaban y a menudo obligaban a los activistas a convertirse en proletarios contra natura.



Esos educados hijos de la burguesía se radicaban en barrios obreros y conseguían fácilmente trabajo en las fábricas. En aquellos enguerrillados años, cuando el desempleo no superaba el cinco por ciento, cualquier estudiante universitario resuelto a “servir al pueblo”, se conchababa como obrero. Había trabajo y esos revolucionarios querían ser lo más parecido posible a la clase que venían a redimir y conducir. Así como el “entrismo” trotskista se sincretizaba con (y en) el peronismo (había que “entrar” en el movimiento de “la clase”), la proletarización equivalía directamente a un entrismo social, un desclasamiento deliberado. Pensaban que ser como los obreros bastaba para impregnarles o inyectarles ideas re-volucionarias.



Por eso, desde la revolución, se penalizaba sin medias tintas las conductas juzgadas como ideológicamente enemigas. No eran, por cierto, penalidades ligeras. Degradaciones en el escalafón militar guerrillero, vituperio y humillación, e incluso el juicio “por traición” o “deserción” seguido de condena y ejecución de muerte fueron acontecimientos verificados entre, por lo menos, 1962 y 1980.



La cita que suscita estas reflexiones acredita por escrito el fin de una época. Aquellos veinteañeros de 1973 ya orillan los 70 años. Los “denostadores” eran ellos mismos y sus conductores de entonces. Los detractores de la impureza revolucionaria fueron ardorosos maximalistas, para quienes la palabra reforma era sinónimo de estafa y farsa. Hoy, en cambio, desde el buque insignia de los medios creados por este gobierno, surge la señal de alivio.



Alivio, ése es el concepto. Toda compulsión por la pureza revela un profundo y turbulento desacomodo interior. La cita con la que trabajé esta columna incluye una advertencia de poderosa elocuencia. Quienes se sienten representados por el actual gobierno de la Argentina pueden permitirse licencias otrora inaceptables. Eso es factible, se argumenta, “porque conservan las convicciones”. ¿Cuáles? No tiene caso explicitarlas, pero el autor de dichas líneas recompone de inmediato un binomio conceptual notable. Esa gente, confiesa, ya no sueña hoy con la revolución pero –atención– “pretenden seguir jodiendo”.



Vaya uno a saber en qué estaría pensando el articulista cuando soltó ese despreocupado “pretenden seguir jodiendo”, pero enternece. Implica un ánimo jovial y luminoso. No es un cambio fuerte de valores, un nuevo punto de partida. Pero si ya no proponemos la revolución, al menos queremos seguir jodiendo. Ya no aplicamos el rigor del puritanismo revolucionario setentista y, por ende, deseamos pasarla lo mejor posible.



Pero nada de lo dicho hasta aquí se terminaría de entender completamente sin otra cita de la misma columna, en la que se dibuja el escenario estratégico que sirve como marco de esa suspensión del puritanismo antiburgués de los años pasados. No es habitual toparse con tamaño acto de franqueza en la descripción de los propios propósitos. Semanas antes de conocerse la preocupante noticia de la enfermedad que padece la Presidenta, escribía el colum-nista: “Cristina tiene sólo (sic) cuatro años para formar a su delfín (sic) y a los cua-dros que deberían gobernar hasta 2020, en el intento por cambiar definitivamente (sic) al país, como lo imaginaba Kirchner”.



Sin hipocresía ni pudores, proponía consolidar en el poder un bloque histórico de 17 años sin interrupciones, bajo un mismo signo. Hay precedentes mundiales. Los Castro en Cuba hace casi 53 años, Chávez ya lleva 12 en Venezuela, el recientemente occiso Kadafi reinó durante 42, Putin comenzó hace ya 13 años (1999) y no tiene intenciones de irse del Kremlin hasta dentro de varios más. Pero en la Argentina quien se mantuvo 17 años arriba fue Rosas. ¿Ese es el proyecto? La columna sobre la que se apoya este comentario se tituló “Has recorrido un largo camino, muchacha”, la publicó Tiempo Argentino, diario editado por Matías Garfunkel y Sergio Szpolski, y fue firmada por Alberto Dearriba.
Fuente: 
Perfil.