Sábado, 31 Diciembre, 2011 - 09:21

Ella

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Como si algo hubiera faltado para que el año político que termina fuera el año de Cristina Fernández de Kirchner, ahí estaba el vocero presidencial, en la televisión pública, cerca de las nueve de las noche del martes, anunciando nada más y nada menos que la inminente operación, el tumor maligno pero controlable, detectado precozmente, el tiempo de licencia, la asunción temporaria del vicepresidente, dejándonos a todos mudos, una vez más.

El informe del vocero es el final del año en que Cristina se transformó en la líder más importante de la Argentina. Todos los hechos políticos empalidecen ante ese, que se impone por su obviedad y por su magnitud.



El liderazgo de Ella fue, sorprendentemente, distinto al de Él, y al de Él y Ella juntos.



Muchos partidarios y antagonistas del Gobierno se enojan ante esta constatación, como si necesitaran que el kirchnerismo fuera siempre uno y el mismo, angelical o demoníaco según el gusto. Y la verdad que no es así: en muchos aspectos se pueden descubrir continuidades y en otros rupturas, transformaciones, cambios. ¿Se imaginaba alguien, en tiempos de Néstor, la ruptura con Moyano, la aprobación de la ley antiterrorista, el cambio en la política de seguridad y derechos humanos, las transformaciones del relato oficial, la convivencia pacífica con personajes como Vargas Llosa?



Uno año después, está claro, que Ella, sin Él, adquirió una dimensión propia y distinta, que incluye, por supuesto, las referencias permanentes a Él. Ella, sin Él, ha introducido cambios, por momentos, radicales.



El primero de todos fue la política de seguridad: el desplazamiento de Aníbal Fernández por Nilda Garré, quien a poco de asumir denunció la complicidad de la Policía Federal con los peores delitos, como si la hubiera conducido hasta allí un gobierno de otro color político. La Federal había estado comprometida hasta ese momento en múltiples violaciones de derechos humanos –las más notorias ocurrieron durante la represión en el recital de Viejas Locas, la zona liberada que permitió el asesinato de Mariano Ferreyra, la represión del Indoamericano, y hubo otras–. Hasta la muerte de Kirchner, Aníbal era ratificado una y otra vez en su cargo. Desde entonces, su estrella empezó a caer, hasta el lugar actual. La ofensiva en el área de seguridad tuvo sus límites –como todo– pero tomó una dirección distinta desde fines del año pasado.



El segundo cambio fue a partir de un hecho que puede parecer menor pero, a mi entender, no lo fue: la polémica disparada por la visita de Mario Vargas Llosa. Ustedes recordarán: un grupo de intelectuales oficialistas, liderados por el director de la Biblioteca Nacional, intentó impedir que Vargas Llosa diera el discurso inaugural de la Feria del Libro. En el momento que estalló el debate, la Presidenta intervino para desactivarlo y poner las cosas en su justo término. Vargas Llosa vino, dijo lo que tenía que decir, se fue, y no pasó nada. Todos los argumentos vertidos entonces –desde aquellos que recordaban las visitas de fascistas en la década del veinte, hasta los que “denunciaban” la participación del escritor en foros neoliberales– parecen pavadas a la distancia. Vino, dijo, se fue y no pasó nada. O sea: la palabra no hiere. Seis meses antes, quizá, las cosas hubieran sido mucho más difíciles.



El tercer cambio importante es meramente discursivo y tiene una excepción, pero vale la pena anotarlo. En el “relato” presidencial, la noción de “enemigo” pasó a un segundo plano. Hay un discurso presidencial, frente a la juventud, en la cancha de Huracán, donde lo hace explícito: nosotros debimos luchar contra dictaduras, ustedes deben pelear por construir un país mejor, les dice, palabras más, palabras menos. Las referencias a poderes concentrados, medios hegemónicos, sociedad rural, oposición destituyente, no desaparecieron pero fueron corridos a un lugar menos significativo. El momento cúlmine de ese proceso ocurrió en la noche del triunfo de octubre, cuando mencionó a Mauricio Macri, la hinchada lo silbó y ella lanzó la frase: “No seamos pequeñitos”. Sé que es un cambio de forma, pero esa forma influye en el clima social que se vive: la manera en que habla un presidente, se pelea, marca gente, etcétera.



Sin embargo, este último rasgo tuvo una excepción en los últimos discursos, que también marca una distancia entre el 2011 y los años anteriores. El enemigo volvió a estar presente, pero ya no es el mismo enemigo de antes: es Hugo Moyano. El último acto en el que estuvo Néstor Kirchner se realizó en River y fue organizado por el líder sindical. Nunca más Cristina compartió un acto con Moyano. El anteúltimo acto fue en el Luna Park, y allí Cristina hizo una fortísima apelación a la unidad entre la juventud sindical y La Cámpora. Un año y medio atrás hubiera sido impensable la ruptura. Cada cual puede tener su opinión sobre el quiebre entre Cristina y Moyano, y sobre las razones reales de esa distancia, lo que está claro es que es una marca de la conducción de Cristina, y muy distinto a lo que se hacía antes.



Por si todo esto fuera poco, hay un tema aun abierto, pero cuyos anuncios sugieren una fuerte crítica a un sector clave de la gestión conducida desde 2003: la eliminación, aún parcial, de los subsidios a sectores económicamente muy poderosos de la sociedad. Como ocurrió con la policía, o con Moyano, en este caso no se trata de ir por lo que falta, proyectar una línea ya trazada hacia adelante, sino de corregir lo que se percibe como errores propios o políticas equivocadas. Es como si, por momentos, Cristina no hubiera estado del todo de acuerdo con algunas cosas que se hacían hasta el 2010, sin abrir juicio valorativo –insisto– sobre esas correcciones u opiniones.



Y otra cosa: el envío de la ley antiterrorista al Congreso difícilmente pueda imaginarse con Néstor Kirchner vivo. No sólo por el contenido de esa ley, que Eugenio Zaffaroni calificó como “un disparate”, sino también por la argumentación de las espadas oficialistas, según las cuales se tomó la decisión como un gesto de obediencia al GAFI.



¿Se imaginan a Néstor Kirchner explicando eso, que se sometió a la recomendación de un organismo internacional de segunda categoría?



Está claro que es y no es la misma, como ocurre siempre. El envío de Gendarmería a Cablevisión para cumplir con una orden judicial que no es definitiva tiene una espectacularidad tan irracional, que recuerda a tantos otros momentos gloriosos de los ocho años previos.



Cristina es y no es la misma. Se podría escribir mucho más sobre el tema. Pero lo más interesante es lo que viene.



Está claro que puede cambiar. Los que la quieren y los que la odian deberían saberlo.



Puede cambiar y dejar a mucha gente sin brújula.



Colgados del pincel. Por eso, ni para bien, ni para mal, es mejor no prejuzgar demasiado. Va a dejar su propia marca.
Fuente: 
InfoNews.