Sábado, 24 Diciembre, 2011 - 17:56

Análisis Periodístico
Decibeles

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La serie sobre la pulseada Gobierno-Moyano sigue ofreciendo nuevos capítulos, con el lanzamiento de filosos dardos de diversa intensidad entre ambas partes. Tras el discurso con el que Moyano anunció su distanciamiento de la administración de Cristina Fernández de Kirchner, fueron registrándose episodios que ratificaron el enfriamiento de la relación.

Un encuentro que se esperaba con expectación era el almuerzo anual de los empresarios del transporte de cargas, al que estaban invitados la Presidenta y el jefe de los choferes de camiones y de la CGT.



La mandataria no acudió y en nombre del Gobierno fue el secretario de Transporte, Juan Pablo Schiavi, quien compartió mesa con el líder sindical, aunque -ambos- sin hacer buenas migas como hubiera ocurrido en otros tiempos.



Allí el funcionario le pasó una fuerte factura a Moyano, al recordar los aportes oficiales a la actividad de los camioneros. El destinatario de las pullas se mantuvo en silencio y prefirió seguir la contienda al más alto nivel, o sea con la jefa de Estado.



En esos momentos, la Presidenta estaba aludiendo al mandamás cegetista, cuando al recordar al malogrado Iván Heyn, durante un acto en Lomas de Zamora, advirtió que "alguien diría que era un niño bien", parafraseando irónicamente a Moyano, quien había calificado como "chicos bien" a los miembros de La Cámpora.

Apenas un puñado de horas después, el sindicalista contestó desde otro acto diciendo que los dirigentes gremiales "tenemos la obligación de reclamar permanentemente los derechos que tiene el trabajador".



Esta seguidilla de réplicas casi constantes estuvo condimentada con versiones diversas sobre el futuro de la relación, incluidas eventuales acciones de mediación para acercar las posiciones y restablecer el diálogo.



Y en ese marco también trascendió lo que hubiera sido una reunión cumbre como no se ve desde hace rato, con la participación de los principales referentes de los sectores en los que está dividido el sindicalismo peronista. El anfitrión iba a ser Julio Raele, un empresario cercano a todos los dirigentes y que fue amigo de Lorenzo Miguel.



Se recuerdan aún históricas reuniones en un departamento de Raele en el centro porteño, al que solían acudir los popes gremiales cuando se avecinaban decisiones importantes que debían resolverse con sigilo.



La difusión de ese cónclave terminó por desactivarlo; quizás haya habido contactos y algún encuentro furtivo, pero no de la envergadura del previsto inicialmente.



De todas maneras las líneas están tendidas, con la intención de unificar al menos en la acción a la dirigencia que está en alerta ante la posibilidad de que el Gobierno intensifique y amplíe su embestida. Hasta uno de los referentes de la central no peronista CTA, Pablo Micheli, se mostró solidario y coincidente con Moyano.



Pero no todo termina en esa instancia, ya que en medio de todos estos movimientos Moyano se despachó con definiciones sobre su actual relación con la Presidenta y lo que podría pasar en caso de un agravamiento de ese ya deteriorado vínculo.



"El contacto no está roto, está suspendido por parte de ella", se apuró a aclarar ante corresponsales extranjeros el jefe de la CGT, lo que podría haber sido leído, además de un reproche, como un posible mensaje destinado a tender una mano a la reanudación del diálogo.

Pero sobre el pucho se ocupó de echar algunos chorros de nafta al fuego, al momento de responder sobre posibles medidas de fuerza gremiales.



"Si el Gobierno impone políticas contra los trabajadores, la CGT ejercerá sus derechos", afirmó. Y amplió: "Si la situación se agrava creo que los trabajadores van a empujar a que se tome una decisión de esa naturaleza", en referencia a una posible huelga.

¿Estuvo conforme hasta ahí? Evidentemente no, ya que también tuvo espacio para opinar sobre peronismo.



"Es un Gobierno donde hay muchos peronistas; nosotros no tenemos peronómetro pero tenemos traicionómetro para aplicar a quien traicione las ideas de Perón". Para esta frase no hace falta ninguna explicación.



Evidentemente Moyano está decidido a mantener la guardia lo suficientemente alta como para que no lo tomen por sorpresa y está invitando a sus colegas a que hagan lo mismo.



Algunos están adhiriendo fervientemente a su convite, mientras otros son más prudentes y, por ejemplo, reconocen sus reclamos pero al mismo tiempo reivindican el sostenimiento del diálogo y la negociación con el Gobierno. Sucede que Moyano se siente herido como pocas veces, y a esta altura cada día amanece con renovadas incógnitas acerca del límite de los decibeles de su enojo.
Fuente: 
DyN