Domingo, 18 Diciembre, 2011 - 10:28

Camporización

Mandá tu info, fotos, videos o audios al 3624518042

Era previsible, además de inexorable, porque cuando se embriaga de poder, el peronismo se convierte en una batahola tóxica. ¿Qué es el peronismo?

Los militantes y cuadros que se han ido abroquelando en el aparato del Estado, bajo la cobija generosa de la Presidenta, ¿son más o son menos peronistas que los incombustibles sindicalistas a quienes expresa Hugo Moyano? Vieja e interminable disquisición, el debate sobre el “ser” del peronismo se sigue encarnando en una catarata de desencuentros que jamás perecen del todo. Mientras los medios de comunicación se hacen la (demasiado fácil) fiesta con el supuestamente infinito internismo de los radicales, lo cierto es que si hay una colectividad política argentina que ha hecho de los empujones interiores su principal manera de vivir su vida, es el justicialismo.



Lo único que Moyano quiso decir, y dijo, el jueves en Huracán, es que ya estaba bien de abuso de poder. Resuelta a arrastrar a sus partidarios a una puja final contra quienes a ella le producen rechazo (estético e ideológico), Cristina Fernández había reiterado, al reasumir el 10 de diciembre, exactamente el mismo ambicioso y pesado desafío del sector del que formaba parte a mediados de 1973. El kirchnerismo ha procedido con una lógica de colonización política territorial que parece calcada de lo que pretendió consumar la llamada “tendencia revolucionaria” entre 1973 y 1974, en vida de Perón. El reclamo de Moyano, al que no conviene tomar demasiado literalmente porque tampoco es irreversible, tiene –sin embargo– un rasgo de poderosa razonabilidad. La noción del vaciamiento del peronismo y su desplazamiento por ideas y –sobre todo– funcionarios que provienen de otras lógicas y aspiran a metas diversas, expresa una realidad que los justicialistas viven como evidente en la realidad actual del país. Tal vez no sucedía de esa manera con Néstor Kirchner, pero hoy es más notorio que nunca que la presidenta Fernández no procura ocultar ideas y planes de impronta muy diferenciada del peronismo. Lo que estalló ahora, o al menos lo que a juicio mío aparece como el rasgo más grave, peligroso y angustiante de la Argentina de diciembre de 2011, es que el gobierno kirchnerista decidió “ir por todo” con una ambición, unas certeza y un desprejuicio que no aceptan comparaciones. Todo quiere decir todo.



El “nunca menos” que ellos diseñaron como consigna central y determinante, expresa cabalmente una voluntad subjetiva de acumulación y personalización de poder verdaderamente llamativa. Hasta Hugo Chávez, en el poder hace doce años, ha procurado, con mediocre éxito es cierto, blindarse detrás de un “partido unificado” que responde al modelo de socialismo nacional que predica y trata de ejecutar el caudillo bolivariano. La Argentina de los Kirchner, en cambio, no deja de ser una comarca poblada por un proyecto político de brutal y solitaria centralidad en el mando.



Debe creer la Presidenta que los antecedentes de hace 38 años siguen siendo valiosos y, sobre todo, fecundos para conquistar y alambrar poder. Lo que este curioso y extravagante fenómeno del camporismo encarna es, así, la versión siglo XXI de la tendencia setentista, entonces convencida de que la movilización militante y el lenguaje de las balas terminarían por intimidar a Perón y disciplinarían a los sindicatos y a los cuadros políticos justicialistas, de impronta esencialmente reformista y negociadora. El kirchnerismo de hoy se convierte de este modo en un jacobinismo vociferante, convencido de que puede deglutir lo tradicional a puro golpe de autoridad.



Haber denominado “la” Cámpora al aparato destinado a expresar las intenciones de gobierno es un acto de fenomenal sinceridad. Perón se valió de Héctor Cámpora, pero no bien advirtió, ya en el verano de 1983, que ese hombre empezaba a responder con mayor disponibilidad a los mandatos de las falanges militantes, antes que a él, lo confinó en la distancia, la suspicacia y el cruel desprecio final. A mediados de 1973, cuando el camporismo no existía, Perón detestaba al hombre de San Andrés de Giles. Aunque el peronismo se apoltrone en la hipocresía de negarlo, a Cámpora lo sacó del poder el mismo Perón, el 13 de julio de 1974. No se le escapa a ningún peronista que tenga por lo menos 50 años, que “camporizar” a un gobierno originariamente justicialista como el de Cristina, ha sido un intento excesivamente brutal de llevarse puesto al peronismo de siempre.



Esta primera factura (vendrán muchas más, y tal vez más costosas) que presentó a cobro en ventanilla el señor Moyano, revela la naturaleza volátil y esencialmente imprevisible de un movimiento, que en su momento de mayor obesidad de poder puro y desnudo, exhibe simultáneamente la temible debilidad de quien, en su voracidad por masticárselo todo, se agota en esa ansia desmedida y produce el despedazamiento de sus propios actores.



El recorrido de las primeras semanas tras el triunfo electoral del 23 de octubre impide ambiguas conclusiones u opacos ocultamientos: la filigrana que subyace en lo actuado y en los planes oficiales trazados para el corto y mediano plazo revelan un acerada (y vociferante) decisión de ocupar y controlar el mayor espacio posible en cualquier fragmento de vida social argentina, de medios de comunicación a universidades, de empresas a tribunales, de colectividades a clubes de fútbol. En ese sentido, el kirchnerismo es un omnívoro desprejuiciado; tanto le apetece dominar al Racing Club de Avellaneda como disciplinar a las orgullosa Techint, seguir deglutiendo radios y canales de TV, como intimidar y neutralizar a una Corte Suprema, cuya independencia y autonomía iniciales ya parecen ir disipándose.



La inminente y gravísima captura de Papel Prensa SA es más de lo mismo, un desorbitado gesto de atropello al sector privado que tendrá tóxicas consecuencias. Si hoy “democratizan” Papel Prensa, ¿por qué no querrían “democratizar” mañana, por ejemplo, a Arcor o a Tenaris? Que sea nada menos que Hugo Moyano el adalid de esta recia interpelación al insaciable proyecto de poder oficial evidencia la taciturna intemperie argentina. Lo peor es que todo esto, aunque parezca mentira, apenas comienza.