Domingo, 18 Diciembre, 2011 - 08:57

Caer en desgracia

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Seguramente, muchos ex militantes del Partido Comunista –no fui uno de ellos pero conozco del tema– se acordarán de la expresión. Caer en desgracia era lo peor que le podía pasar a alguien.

Podía tratarse de un activista que dejó todo por la causa, que arriesgó su vida cientos de veces, que abandonó su vocación, que fue detenido o torturado. No importaban los antecedentes. Un día, el fulano caía en desgracia y toda su entrega había sido en vano. El Partido lo excomulgaba. Por puto, por sionista, por infiel a una compañera, porque se masturbaba demasiado, por desvío pequeñoburgués, por chino, por drogón, por ponerse de novio con alguien inconveniente, por expresar alguna duda sobre tal o cual política oficial, por ambición desmedida. Entonces, ya no lo saludaban ni en los casamientos, ni en los velorios. A veces, los hermanos le hacían el vacío. El Partido había decretado la muerte en vida del susodicho y, entonces, sólo quedaba su marginación. Muerte en vida no es una entelequia. El tipo era borrado del mapa. Hay una anécdota muy conocida sobre la gorra de León Trotsky, que fue lo único que sobrevivió de él en una foto histórica, porque se la había prestado a un camarada: a él lo borraron, de la gorra se olvidaron. Pero anécdotas similares hay miles, en todo el mundo, y también en la Argentina. Muchos ex PC que hoy son kirchneristas –¿por qué será que tantos ex PC hoy son kirchneristas?– recordarán esos episodios.



Quizá sea exagerada la comparación –digo quizá, eso quiere decir que no estoy seguro– pero el otro día, viendo la transmisión oficial de la reasunción de Cristina Fernández de Kirchner, algo me hizo acordar a todo aquello, a ese estilo tan oriental. Yo sé que en estos días está de moda la adulación. Pero qué brillante, pero qué emocionante, pero qué heroico, pero qué trascendente. No es que no corresponda. Gracias a Dios, cada cuatro años –y sólo cada cuatro años– ocurre eso: alguien asume, y muchas personas hacen cola para adularlo. Pero esta columna trata sobre detalles menores, así que nos vamos a privar de esa parte del ritual.



Si alguien confundiera la realidad con la transmisión oficial supondría que alguna gente importante, que estuvo junto a la Presidenta, en realidad no estuvo. Y no se trata de opositores, ni de golpistas. Simplemente, de personas que cayeron en desgracia, que fueron leales pero que ahora, por alguna razón, ya no le caen bien a la Jefatura Máxima del Proyecto Nacional y Popular. Entonces, la televisión oficial decide que no fueron, que no existen. La mismísima Presidenta de la Nación dijo en su discurso: “Si no estás en televisión, no existís”. Y la televisión que, hasta ese momento manejaba su actual jefe de Gabinete, decidió entonces que alguna gente no existía.



No me refiero, por ejemplo, a Julio Cobos, aunque fue gracioso cómo, en el momento en que le alcanzaba algo a la Presidenta, sólo apareció en cámara su manito temblorosa. Era una mano que no pertenecía a nadie. O a alguien que no existía.



Pero sí, por ejemplo, al gobernador bonaerense Daniel Scioli. Alguien decidió que Scioli no había estado en el Congreso, aunque sí estuvo. Alguien dio la orden para que se lo borrara del mapa, alguien apretó el botón indicado para que nunca hubiera un plano suyo, alguien estuvo muy interesado en dejar clarísimo que Scioli ya cayó en desgracia. Es curioso, porque probablemente no haya sobre la tierra alguien que haya sido más leal que el propio Scioli. Fue, hacia los Kirchner, más leal aún que hacia sí mismo. Fue, sin dudas, el vicepresidente menos conflictivo desde el regreso de la democracia. Estuvo en primera línea durante todo el conflicto por la 125. Aceptó hacer el ridículo de las candidaturas testimoniales. Se resignó a que no tendría injerencia en el armado de las listas de diputados nacionales, y casi no tendría en el de los dipitados provinciales. No resistió que le impusieran su candidato a vicegobernador y entregó cargos clave en la Legislatura bonaerense.



Es el colmo de la sumisión.



Sin embargo, como es una amenaza en el horizonte, como las encuestas reflejan que tiene alto consenso social, en lugar de disputar o negociar con él, alguien –porque nunca se sabe quién es, así sucede en este tipo de organizaciones– decidió que Scioli cayó en desgracia.



No existe, aunque exista.



No estuvo, aunque haya estado.



Para un periodista, todo esto tiene algo de absurdo. Si una persona estuvo, se debe contar que así fue. Pero se ve que alguna gente no entiende la profesión de la misma manera. Si cayó en desgracia, cayó en desgracia. Entonces, no estuvo. Es otra de las facetas del periodismo militante.



Hagan ustedes el siguiente esfuerzo: ¿cuántas veces vieron en los últimos meses sentados en los lugares más vocingleros del periodismo militante a los siguientes personajes? Sólo con hacer ese esfuerzo, sabrán todas las personas que han caído en desgracia.



A saber: Hugo Moyano, Facundo Moyano, Pablo Moyano, Omar Viviani, el “patón” Basile, Alberto Fernández, Martín Lousteau, Graciela Ocaña, el cacique Felix Díaz, el delegado gremial Rubén Sobrero, los sindicalistas Pérez Tamayo y Ricardo Cirielli, el escritor Miguel Bonasso, Marta Pelloni, Rubén Carvallo, Jorge Altamira, la nieta recuperada y diputada nacional Victoria Donda, Víctor De Gennaro, Hermenegildo Sábat, Tomas Abraham, Jorge Lanata, Felipe Solá, Vilma Ibarra, Aníbal Ibarra, Hermes Binner, los referentes del Movimiento Campesino de Santiago del Estero (Mocase), la familia de Luciano Arruga, Claudio Lozano, el pelado Cordera, Luis Brandoni, Oscar Martínez, Vilma Ripoll, Patricia Walsh, los familiares de la víctimas del Indoamericano.



Entre tantos otros.



Para todos ellos corresponde el lema de la Presidenta: si no estás en la tele, no existís. Todos saben, entre los periodistas militantes, que tienen prohibido entrevistarlos, mostrarlos, simplemente hacerles una pregunta. Sólo se puede hablar mal de ellos a sus espaldas. Y no se animan a desobedecer, no sea cosa que ellos también caigan en desgracia. Otra vez: no pueden entrevistar ni al “Pollo” Sobrero, todo un oligarca y vendepatria.



Es raro, realmente raro, que estas situaciones tan evidentes no generen cierto escozor entre aquellos que hicieron campaña honestamente por la reforma de la ley de medios, bajo el lema “Todas las voces”. Si no se puede escuchar ni siquiera la del ultraleal Daniel Scioli, ¿qué queda para las demás?



Es curioso, también, que los militantes del Proyecto Nacional y Popular no vean en el destino de Daniel Scioli su propio destino, eso de que tarde o temprano el sablazo les llega a todos los que, por hache o por be, desobedecen, o ni siquiera eso. Una vez que se acepta esa norma implícita –si caes en desgracia, serás borrado de todos los archivos–, vale para todos. Hay una célebre frase de Brecht al respecto.



O sea: que quizá sean todas fabulaciones de una mente sin paz.



Ojalá.



Pero es raro que Daniel no haya estado.



Si yo lo vi.



Juro que lo vi.



¿O veo visiones?



Será la edad, nomás.
Fuente: 
InfoNews.