Domingo, 11 Diciembre, 2011 - 10:01

Sola con Él

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El kirchnerismo institucionalizó ayer su sesgo metafísico. Al concluir su juramento con “Dios, la Patria o El me lo demanden”, la Presidenta colocó su gobierno bajo la advocación espiritual de su difunto marido. Su ausencia ya participó de actos anteriores.





Mientras se anunciaba la fórmula presidencial en Olivos, el viento abrió una puerta en medio de la transmisión por cadena nacional y la Presidenta anunció que El había entrado. Pero ayer en el Congreso fue más omnipresente. Se lo vio en los rasgos de su hija preferida, Florencia, elegida para colocarle la banda presidencial que cuatro años atrás El mismo había colocado. En algunos gestos similares que heredó Máximo Kirchner y en el expreso juramento a Dios, la Patria y El.



Se lo vio venir, al comenzar su discurso citando que la Unión Astronómica Internacional había colocado el nombre de una estudiante desaparecida durante la dictadura a un asteroide. La asociación del asteroide con una estrella y la de la estudiante desaparecida con Néstor Kirchner flotaban en el aire.



La monarquía como sistema de gobierno tuvo su fundamento original en la metafísica. Designios sobrenaturales daban al monarca su aura divina. El poder que concentra hoy Cristina Kirchner es lo más parecido al de una monarquía absoluta, mucho mayor que el de los reyes actuales que sólo reinan; nuestra Presidenta, además, gobierna. El agudo analista de la revista Noticias, James Nielsen, quien siendo inglés conoce de monarquías, escribió que la Argentina es más monárquica que Inglaterra, Holanda, Dinamarca, Suecia o España, porque lo es de una monarquía absoluta y no meramente de las decorativas, como son las actuales en Europa. Escribió también que el absolutismo es un rasgo argentino permanente, porque ya sea con dictadura tras los distintos golpes militares o con presidentes electos democráticamente, hay una tendencia a que el poder se concentre en una persona y la división de poderes no sea tan valorada.



Por cultura o por contingencias del presente, Cristina Kirchner tiene todo el poder y está sola en el momento de decidir, apenas acompañada por la guía de El. Sus ministros, su jefe de Gabinete y su vicepresidente no tienen peso político propio. Cada uno de ellos fue elegido en función de su lealtad. Idéntico atributo fue el que primó para la designación de la vicepresidenta provisional del Senado, Liliana Rojkés de Alperovich. Que la lealtad sea lo más ponderado por la Presidenta al elegir a sus colaboradores, como también lo era para Néstor Kirchner, tiene una explicación antropológica.



En las sociedades heroicas la prosperidad fue un subproducto del éxito en la guerra. En aquellas culturas el valor era la mayor virtud. El valor de entregarse a lo fortuito de ir a la pelea, que significaba estar dispuesto a morir. Junto al valor, el pináculo de las virtudes lo ocupaba la amistad, entendida como fidelidad y lealtad. La amistad, no como hoy la concebimos, basada en afecto y afinidad, sino como una relación política en la defensa de intereses comunes. Es lógico que en las sociedades heroicas, donde la vida era puesta en juego recurrentemente, el valor y la lealtad hayan sido las virtudes más premiadas. El proyecto nunca era individual, como lo es en las sociedades moderno-burguesas, sino siempre colectivo. En las sociedades heroicas la venganza de las sagas no era delito, los integrantes de un clan podían (debían) vengar a cualquiera del clan en cualquier miembro de clan adversario. Para mantener la estirpe había que estar dispuesto a dar todo por ella. Las palabras deber y parentesco compartían un origen común.



Las sociedades heroicas eran, al mismo tiempo, las más metafísicas. Mitos y semidioses también participaban simbólicamente de las confrontaciones. Los griegos de la Guerra de Troya o los vikingos medievales son sus mejores ejemplos.

La moral de las sociedades heroicas se resume en: “Si quieres la paz, prepara la guerra; la única manera de alcanzar la paz es disuadir a los agresores potenciales”. Pero la moral moderna evolucionó desde la idea que “guerra justa es aquella en la que el bien a conseguir pesa más que los males que conlleva llevarla adelante”, hasta alcanzar la idea de que ninguna guerra moderna es justa y todos tenemos la obligación de ser pacifistas porque la escalada impide calcular el riesgo futuro de costos humanos de una guerra.



Por eso en el mundo moderno queda cada vez menos espacio para sociedades heroicas. Pero donde se han sufrido injusticias se pueden reactivar aquellos genes atávicos. La Argentina de los años recientes tiene un pie en el pasado y otro en el futuro. Simultáneamente a su capacidad de modernizarse y rejuvenecerse también exhibe tendencias arcaicas.



Esa tensión entre la vanguardia y lo retrógrado fue siempre parte de la esencia kirchnerista. Una combinación que ha resultado tan atractiva para sectores muy distintos de la sociedad como adecuada para contar con diferentes herramientas para resolver conflictos de naturaleza diversa.



Del discurso de ayer se desprende que para la Presidenta aún quedan batallas de las sociedades heroicas por llevar a cabo. Ya no sólo las corporaciones representan para ella una amenaza que nunca desaparece sino que ahora también se suman sectores del poder sindical que merecieron más críticas que las primeras. “A los que siempre reivindican a Perón –recordó la Presidenta– les digo que ahora existe el derecho de huelga, y en la época de Perón no existía.”



¿Qué hubiera sucedido si una frase así la hubiera pronunciado Ricardo Alfonsín como nuevo presidente. Durante la campaña, Alfonsín decía que si fuera electo no tendría problemas con Moyano porque la economía permitía seguir aumentando los sueldos. Los ciudadanos, conscientes de que allí había un problema, votaron por Cristina Kirchner para que el mismo gobierno que desarrolló el modelo sea quien lo repare, y así no repetir experiencias pasadas.



Es la economía el gran desafío de Cristina Kirchner: bajar la inflación, mantener el crecimiento, aumentar la inversión y no disminuir el empleo ni el consumo son su gran Guerra de Troya. Como aquellos héroes homéricos, no sólo precisará fuerza sino también mucha astucia. Está sola. Sola con El, su mejor consejero.
Fuente: 
Perfil.