Domingo, 11 Diciembre, 2011 - 09:35

La historia oficial (y la otra)

Mandá tu info, fotos, videos o audios al 3624518042

Era 1985. La democracia recién nacía, con muchas dificultades. La Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas ya había dado la primera versión de la democracia sobre lo que había sido el horror de la dictadura militar.

Y se realizaban, en esos meses, sin televisación directa, los juicios a los ex comandantes, que terminarían con las primeras condenas. La Argentina no andaba bien en lo económico y el gobierno echaría a rodar su primer plan económico con rasgos evidentes de ortodoxia, lo que se llamó Plan Austral. Los militares eran aún un poder, y un poder bastante autónomo, y un poder plagado de asesinos y torturadores. La CGT sacudía una y otra vez al gobierno con algunos de sus trece paros generales.



En ese contexto, cuando aún andábamos a tientas, se estrenó la primera película argentina que ganó un Oscar. Se llamó, justamente, La Historia Oficial. En estos días, en que hay un intento bastante obvio por escribir otra historia oficial –la llaman dorreguista, nacional, revisionista, nacional y popular, en fin–, me vino a la memoria, quizá no tan casualmente, aquella película tan significativa.



La protagonista de la historia era Norma Aleandro, una profesora de escuela secundaria, mamá de una hija adoptada, que descubre, gracias a la tenacidad de una abuela de Plaza de Mayo, magníficamente interpretada por Chela Ruiz, que su nena es hija de desaparecidos. El personaje entonces entra en crisis con su vida y, especialmente, con su marido, Héctor Alterio. Empieza a preguntar y hay preguntas –se sabe– de donde ya no se vuelve. Alterio es un empresario vinculado a militares, que se niega a hablar, a escuchar, a reabrir el asunto. En la escena más tensa de la película, él cierra una puerta sobre un dedo de ella: es la que ilustra el afiche de difusión.



Más allá del lucimiento de Alterio, Aleandro y Ruiz, hay un cuarto actor que representa el rol más entrañable de todos. Se trata de Patricio Contreras. Es un profesor de historia con un vínculo bastante horizontal con sus alumnos, obsesionado por lograr que piensen, que cuestionen la historia que les vienen contando durante la dictadura. Quizá lo más atractivo del personaje de Contreras es que intenta generar preguntas, no dar respuestas, abrir horizontes, no bajar línea. Contreras se transforma, progresivamente, en el sostén afectivo de la búsqueda que inicia Norma Aleandro. El título de la película es un obvio doble sentido, que busca un paralelismo entre la falsa historia que le contaron a la nenita sobre su origen, y la falsa historia sobre la Argentina que nos había contado la dictadura.



La historia oficial sobre el país era falsa.



Las historias oficiales sobre el país y la nena eran falsas.



La historia oficial, siempre, es falsa: es la historia que le interesa contar al poder. Es la historia que escriben los que ganan, en una universidad, en un partido político, en una empresa, en un país.



Ni la búsqueda de cómo fueron las cosas en realidad, ni la intención de generar preguntas: apenas la construcción de relatos que convienen al poder de turno, la entronización de monumentos a personas o hechos que, en su origen, quizá fueron transgresores o heroicos, para ser utilizados por el poder que los erige, la historieta de los buenos y los malos, y del poder actual como continuidad incuestionable de los primeros.



Las personas de mi edad –casi cincuenta– fuimos contemporáneos de dos fenómenos realmente fascinantes. Uno, que no tiene nada que ver con esta nota, fue la carrera futbolística y humana de Diego Armando Maradona: creo que haber sido testigo de ella nos hará motivo de envidia de muchas generaciones. La segunda es la de haber participado de la transición democrática y, como parte de ella, de la construcción de una mirada sobre lo ocurrido durante la dictadura militar que hoy genera, en la sociedad, un consenso casi unánime.



El aporte de La Historia Oficial, en ese sentido, fue conmovedor. En 1985, todavía muchísimas personas creían que en la Argentina se había desarrollado una guerra. Que los militares nos habían defendido de la subversión. Que sólo se les podía reprochar algunos excesos. La película de Luis Puenzo ponía en primera plana, por primera vez a nivel masivo, el robo de niños. Y explicaba didácticamente, también, por primera vez, a toda la sociedad, que era justa la lucha por su recuperación. No conozco personalmente a Puenzo pero creo que esa sola película alcanza para justificar una vida.



La Conadep, los juicios, aquel alegato de Julio César Strassera, la película La Historia Oficial, los libros que se empezaron a escribir por entonces –a mi gusto, el mejor es Recuerdo de la muerte, de Bonasso–, el surgimiento de un nuevo periodismo con nuevos medios como El Periodista o Página, pero también desde dentro de los tradicionales, y mucho más tarde la autocrítica del general Martín Balza, contribuyeron a generar una conciencia social muy contundente. Diez años después de la llegada de la democracia, sólo grupúsculos relacionados con la represión ilegal podían defender el relato de la dictadura sobre lo que había sido la dictadura.



La Historia Oficial ya había sido derrumbada por una historia real, construida desde distintos sectores, por una sociedad democrática. Fue una especie de epopeya que, como las mejores cosas de la vida, nadie planeó desde arriba y que arrasó con todos los pronósticos: cientos, miles de personas, trabajando cada una desde su lugar, la mayoría de ellas anónimos.



Sobre ese nuevo contexto, se produjeron nuevas investigaciones y nuevas obras. La telenovela Montecristo o la reciente película sobre la vida de Estela de Carlotto son valiosos trabajos de mucha calidad y emoción, pero con un efecto transgresor menor, porque caen sobre tierra arada. Que eso ocurra no habla mal de ellos, sino bien de la sociedad argentina, que se paró frente al horror quizá como ninguna otra en el mundo.



La manera en que la sociedad discutió la dictadura militar y llegó a sus conclusiones refleja lo poco inteligente de querer cerrar por decreto las discusiones. No hay historia oficial que no sea revisada. Si el personaje más querible de la película, el de Contreras, realmente existiera, se habría hecho una panzada con la manera en que en estos años se discutió todo sobre la historia. Cualquier persona interesada sabe que se puede discutir a Mitre, a la campaña del desierto, la guerra del Paraguay. No hay nada –pero absolutamente nada– de nuevo en eso. Seguramente no habrá ningún interesado en la historia que ignore las razones por las que el trazado del ferrocarril en la Argentina fue funcional a los intereses británicos ni la manera en que se repartieron las tierras luego de la campaña del desierto, ni las denuncias de Lisandro de la Torre contra los frigoríficos, ni el rol de Braden en los cuarenta. Pero tampoco los aspectos represivos y clericales del régimen rosista –hay otra película de la transición, Camila, que es muy aleccionadora al respecto–. El revisionismo histórico logró abrir grietas notables en la historia oficial de entonces. Desde que apareció, ya nada en el estudio de la Historia fue igual. Luego, como tantas otras teorías influyentes, llegaron los otros: los que las transforman en dogmas o en relatos funcionales a tal o cual. La transformación de esa mirada en otra historia oficial, en otra bajada de línea, hará surgir nuevos profesores de historia que harán preguntas y dejarán al dogma en ridículo, como un buen maestro deja a cualquier dogma, con sólo mostrar lo que oculta, que siempre es mucho.



Un ejemplo de ellos son las preguntas que se hace Martín Caparrós al respecto: “Nombrar al frente de su instituto al doctor Mario O’Donnell. ¿No se les ocurrió nada peor? ¿Era necesario que pusieran a dirigir un instituto de historia revisionista a alguien cuya historia no soporta la menor revisión? ¿A un señor conocido como el mayor oportunista de un país lleno de oportunistas, notorio por haber sido oficialista de cada uno de los gobiernos argentinos de los últimos 28 años, funcionario de todos, adulador público de Alfonsín, de Menem, de De la Rúa, de Duhalde, de Cristina Fernández? ¿No les habría resultado más fácil poner a alguien que no contradijera con sus actos sus palabras? ¿O incluso con sus palabras sus palabras? ¿O les da igual? Y, si así fuera, ¿no es cruel haber obligado a los demás integrantes del instituto, celosos defensores de la revisión histórica, a bajar la mirada cuando tienen que revisar, digamos, el neoliberalismo menemista delante de su director, uno de sus defensores más ardientes? ¿No es complicado, para esos señoras y señores, defender su busca de la ‘verdad histórica’ si deben olvidarla frente a su propio jefe?”.



Hace muchos años crecimos, y nos enteramos, por suerte, que la Historia Oficial miente. Que recortar la foto donde aparece un enemigo es un sinsentido. Plata tirada. Nada grave, ni nuevo, ni relevante: sólo vanos intentos de tapar el sol con la mano.



Por decreto no se puede establecer quién es el dueño de la verdad, de la historia, de la bondad.



Entre otras razones, porque quizá nadie lo sea.



Es raro que personas inteligentes tropiecen varias veces con la misma piedra.
Fuente: 
InfoNews.