Domingo, 4 Diciembre, 2011 - 09:53

Improvisación económica
Atado con alambre

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La súbita decisión de reducir el número de subsidios a las tarifas de servicios de gas, electricidad y agua ha puesto nerviosos no sólo a muchos de los que van a ser afectados por esta medida, sino también a varios funcionarios del Gobierno.







Nadie debería sorprenderse por ello, ya que es el resultado causado por el grado de improvisación con el que se viene implementado una determinación que, desde el punto de vista de su objetivo, tiene una lógica indiscutible que apunta a dejar de subvencionar a quienes no lo necesitan y a reducir el preocupante nivel de déficit que exhiben las cuentas públicas.



Es por esa razón que, en menos de tres semanas, el ministro de Planificación, Julio De Vido, acompañado del saliente ministro de Economía, Amado Boudou, ha debido salir a hacer anuncios que dejan al descubierto lo atado con alambre que está todo este proceso que el Gobierno necesita concretar lo antes posible.



La realidad de los números no perdona: por más que De Vido y Boudou argumenten que esas son mentiras de Clarín y La Nación, el Gobierno sigue teniendo la necesidad de tapar agujeros fiscales a cuyos fines no tiene otra opción que pedir plata prestada a cuanto financiador haya: Banco Central, Anses, Banco Nación y un etcétera que se va haciendo cada vez más largo. Tal como es costumbre en esta administración, los ministros han dicho que el dinero que se ahorre en subsidios será redireccionado a la ejecución de obras públicas (nadie sabe a cuáles). Esto hizo recordar a los momentos más calientes del conflicto entre el Gobierno y el campo por la Resolución 125 cuando, en un intento por justificar la medida, se dijo que los dineros recaudados serían destinados para hospitales que sólo estaban en la imaginación de Néstor y Cristina Kirchner.



Fracasado el intento de una renuncia voluntaria masiva al beneficio de los subsidios, circunstancia que se intentó estimular desde los spots publicitarios de uso propagandístico que el Gobierno dispone durante las transmisiones del Fútbol para Todos –al que, paradojalmente, no se le sacó ni un centavo del creciente subsidio estatal con el que se lo sostiene– la puesta en marcha de la reducción de las subvenciones va a tener un costo político mayor que el que el Gobierno hubo imaginado y querido.



Como a la quita del subsidio la habrá de acompañar un aumento del costo del servicio, el golpe al bolsillo que sufrirá una gran cantidad de ciudadanos será fuerte. El impacto sobre la inflación, también. La suba de la tarifa de gas publicada el jueves pasado en el Boletín Oficial, según el cual el valor del metro cúbico de gas pasa de 0, 27 a 0, 66 – un costo casi 3 veces mayor– confirma esos aumentos y desmiente tanto a Boudou como a De Vido.



En este tiempo, además, ha quedado plenamente confirmado el estilo monárquico de gestión que seguirá adoptando Cristina Fernández de Kirchner. El hecho de que a menos de una semana de su reasunción presidencial no se conozca la integración de su nuevo gabinete es la confirmación de ese estilo (varios de los ministros y secretarios que quieren o necesitan quedarse siguen preguntando a periodistas si saben algo de sus respectivos futuros).



Por descarte, se deduce que, más allá de un eventual cambio de roles, la mayoría de los miembros de su actual gabinete continuarán en funciones (De Vido sigue sonando fuerte como jefe de Gabinete). Por otra parte, el ninguneo al cual el vicepresidente electo fue sometido “en broma” por la Presidenta, quien en la videoconferencia del miércoles pasado trató de “concheto” que vive en Puerto Madero, a quien ella –y no el pueblo con su voto– puso como vice, adelanta que a Boudou le aguarda el mismo destino que Sarmiento le asignó a su vicepresidente, Adolfo Alsina: el de tocar la campañilla en las sesiones del Senado.



Las cosas lucen más tormentosas en la relación del Gobierno con Hugo Moyano. “Yo llamo una sola vez. Si no me atienden, no llamo más”, fue una de las frases de mayor impacto que pronunció el secretario general de la Confederación General del Trabajo en la sorpresiva reunión a la que convocó el jueves. Ahora ya no hay más dudas: Moyano llamó y la Presidenta no lo atendió.



Hubo en esa reunión de la CGT presencias de alto voltaje político en estas horas, como la del comandante Jorge Pérez Tamayo, secretario general de la Asociación de Pilotos de Líneas Aéreas (APLA). Pérez Tamayo supo ser el piloto de varios de los vuelos que hizo Fernández de Kirchner cuando se desplazaba en los aviones de Aerolíneas Argentinas y su opinión tuvo peso a la hora de decidir su renacionalización. Las críticas de Pérez Tamayo a la gestión de Mariano Recalde y compañía al frente de Aerolíneas –que no son de ahora– lo han alejado de esa cercanía con la Presidenta. Seguramente, la foto del otro día en la que apareció acompañando a Moyano torne ese distanciamiento en definitivo.



El “romance” de la Presidenta con la Unión Industrial Argentina está encendiendo luces amarillas en el seno de la CGT. Hubo críticas hacia esa relación. Moyano se siente maltratado y sabe desde hace rato que el poder quiere deshacerse de él. Hasta hace no mucho tiempo, daba señales de aceptar dar un paso al costado. Ahora, en cambio, está dispuesto a resistir. El próximo golpe que se prepara contra él es su desplazamiento de la conducción del Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires.



Todas estas pujas palaciegas dentro del Gobierno están exacerbadas por la fenomenal acumulación de poder que ha reunido el oficialismo, logro que hubiera sido imposible sin la “ayuda” que en forma permanente le ha dado y le sigue brindando la oposición. Una muestra más de ello ha sido el nivel de peleas banales que generó la repartija de cargos legislativos en algunos de los bloques de la oposición. Cabe entonces esta reflexión: si por la nada de poder que hoy poseen se han peleado así, mejor no pensar lo que habría ocurrido si hubieran ganado las elecciones.





Producción periodística: Guido Baistrocchi.
Fuente: 
Perfil.