Domingo, 4 Diciembre, 2011 - 09:25

El mal

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El Mal tiene una sola cara. Una sola y única cara. No es, por ejemplo, la del sindicalista que trabajó para el Batallón 601 de Inteligencia durante la dictadura militar. Ese mal se puede relativizar. Es un mal chiquitito, amigable, relativo.

 Si se pasea junto a la Presidenta por Ginebra, si se abraza con la líder de las Madres en su camping, está claro que ese hombre no es El Mal. Estoy hablando de la cara del Mal absoluto. No la de un mal relativo, opinable, de cualquier mal. Tampoco es la cara de un gobernador de origen radical, de un poder económico abrumador, que colocó a toda su familia y a sus socios en el gobierno provincial. Qué va a ser ese el mal si su mujer será de ahora en más la tercera en la línea de sucesión. El Mal tampoco es el jefe de gabinete saliente que defendió a la Federal, después de la represión que terminó con el asesinato de Rubén Carballo, y otra vez después de la zona liberada que posibilitó el asesinato de Mariano Ferreyra y una vez más luego de los asesinatos del Indoamericano. No. Ese es casi, casi, la cara del Bien. El Mal –ese mal absoluto, reprobable, diabólico, con el que no se debe negociar, al que hay que escupir apenas se lo ve, cruzar los dedos, gritarle vade retro– no es tampoco ese gobernador al que la hermana Martha Pelloni calificó como un déspota, y al que los Qom temen como un asesino. No. Él fue uno de los primeros en entrar al Mausoleo de Río Gallegos. No debe ser el Mal. Y mucho menos el ex presidente que malvendió el país en su momento –con apoyo de tantos gobernadores– y ahora se sumó al lado del Bien. El Mal no tiene, tampoco, obvio, la cara de un concheto de Puerto Madero (por ahora).



Nada de eso es El Mal.



El Mal es un hombre insípido, discreto, radical, dubitativo, inexpresivo, intrascendente, que cierto día fue la cara de la transversalidad y mucho tiempo después, o no mucho, apenas unos meses, se transformó en Judas.



No es que me parezca ni mal ni bien, ni todo lo contrario. Cada cual que elija los enemigos que quiera. Vida hay una sola. Pero todo este tema de si Julio Cobos le toma o no juramento a Cristina Fernández de Kirchner me genera una curiosidad, una enorme curiosidad, acerca de la escala de valores que se pone en juego en esa resistencia. O sea, ¿síntoma de qué es el odio a Cobos, a ese político que seguramente no pasará a la historia salvo por un gesto fugaz, polémico, discutible, que para algunos fue patriótico y para otros entreguista, y que quizá no haya sido ni una cosa ni la otra, sino simplemente, como pasa tantas veces en la vida, lo que le salió en un momento en que no había margen para no errar y en un lugar que él no había elegido y que, de haber podido hacerlo, jamás lo habría elegido y que si pudiera volver el tiempo atrás seguramente preferiría borrarlo del calendario? ¿Qué es lo que hace que desde el poder se perdonen complicidades con asesinatos, con dictaduras, con entregas del patrimonio nacional, corrupciones evidentes y escandalosas, connivencias y entrega de créditos del bicentenario a grupos económicos complicados con la desaparición de personas, que nada de eso sea El Mal, que todo eso sea casi, casi, el Bien y que, en cambio, no se perdone, nunca, como si fuera la línea que jamás se debe cruzar después de haber cruzado todas las otras, a ese político tan común, y se le obligue a retirarse haciéndole sentir el poder que quedó de un lado y el que quedó del otro (como si eso, además, tuviera alguna significación definitiva)?



El Poder es un músculo muy flexible, mucho más parecido a un estómago resistente que al corazón. Tarde o temprano acepta todo, convive con todo, se codea con todo. Lo importante no es la moral, tal como lo entienden las personas que no pertenecen a él, sino la construcción de poder. En ese proceso pueden estar Menem, Duhalde, Carlos Juárez, Ramón Saadi, Blaquier. O el que sea.



Pero si el poder es el poder, ¿por qué deja de serlo con Cobos? ¿Por qué es casi el único para el que corresponde el célebre “ni justicia”, que se vaya por la puerta de atrás, que sienta el polvo de la derrota, que su cabeza sea exhibida frente al pueblo entero?



Todo eso ante alguien tan, pero tan, discreto.



Imagino a un lector kirchnerista reaccionando con cierta furia: “Es que es un traidor, Tenembaum. ¿Qué parte de ‘es un traidor’ no entendiste?”.



Y me imagino a mí mismo, entonces, intimidado, balbuceando que traidores hay muchos –los intendentes como Bruera o Massa, por ejemplo, ¿se acuerdan que eran traidores en la elección del 2009 y ahora fueron perdonados? Para no abundar en los barquinazos y las traiciones de tantos otros–. O sea que debe ser otra cosa, no la traición, lo que impulsa tanta furia.



Quizá sea la traición sumada a la insignificancia.



Si Cobos tuviera poder, cualquiera, económico, político, quizá negociarían con él porque así es la vida, si necesitaran su voto, ahora, para alguna otra cosa, quizá no sería tan traidor.



Pero, además, si la traición fuera el motivo real del odio, y supongamos por un momento –concedamos– que será el único traidor en ese recinto, el único que se sumó a un proyecto y luego abandonó a sus líderes, supongamos que no había un aviso previo a esa traición cuando Cobos aceptó integrar una fórmula que competía contra la de su propio partido, supongamos todo eso: si la traición fuera el eje del odio, ¿es allí donde anida El Mal, más allí que en la represión, los asesinatos, el robo, la entrega del país? ¿Es en ese lugar exacto donde se refugia el demonio, el innombrable, Satanás?



Curioso, ¿no?



La lealtad al proyecto –y el proyecto es “el Jefe”, “la Jefa”– limpia todo pecado.



La traición a él, o a ella, ensucia toda virtud.



No sé si es una escala de valores virtuosa. Pero es la que, evidentemente, hay.



Y un mensaje a cualquier desobediente, en estos días, y especialmente, a un sindicalista que era de los nuestros y ahora anda pataleando. Que lo sepan los demás: al que saque los pies del plato, no lo vamos a dejar ni tomar un juramento.



El 14 de junio del 2008, Julio Cobos tomó una decisión dramática en un país que estaba patas para arriba. Ni los Kirchner ni Cobos supieron –o quisieron saber– quiénes eran sus aliados cuando conformaron la fórmula en el 2007. Pero eso no es excusa para nadie. Un político de ese nivel debe calibrar los riesgos de incorporar a alguien como vicepresidente o de apoyar a un presidente porque los platos rotos, en todo caso, los pagan otros. La historia oficial kirchnerista recuerda esos días como un enfrentamiento entre el pueblo y el antipueblo –otra vez, entre el Bien y el Mal, esos grandes ordenadores– y ubica a Cobos de este lado. Naturalmente, muchas –muchísimas personas– opinamos que lo ocurrido en esos meses fue un proceso mucho más complejo, que aisló al Gobierno de gran parte de la sociedad, en grandísima medida por sus propios errores. Hay un texto notable, escrito por el ex presidente Raúl Alfonsín en medio de ese conflicto. “El diálogo es un tema sumamente imprescindible para el propio prestigio del Gobierno. No se puede volver al esquema amigo o enemigo. El país sufrió mucho por antinomias de este tipo que desgarraron durante años a la sociedad argentina (…) Quiero resaltar un tema sumamente peligroso para el ejercicio de los derechos que otorga la democracia, históricamente reconocido como un arma dictatorial. Me refiero al uso de las fuerzas de choque (…) En el caso de la noche del martes se advirtió, luego del retiro de las fuerzas policiales que vigilaban una manifestación pacífica, el enfrentamiento producido por grupos piqueteros, que actuaron como verdaderas fuerzas de choque e hicieron recordar tristes episodios que sufrió la humanidad. Seguramente hay quienes piensan en el Gobierno en un acto reivindicatorio. Sin dudas, les será muy fácil llenar la Plaza de Mayo. Pero seguramente habrá también en el Gobierno quienes piensen en lo difícil que será superar enfrentamientos que conducen a negativos irreductibles, fuentes de todos los desvíos democráticos de la Argentina”.



Eso escribió Alfonsín y se refería al día en que una columna encabezada por Luis D’Elía dispersó una manifestación en Plaza de Mayo.



Meses después, sin embargo, Alfonsín sería homenajeado en la Casa Rosada.



Cobos, tome el juramento o no, se irá sin mucho ruido a su vida privada.



Así como vino, sin mucho ruido, si irá a su casa el demonio, Satanás, El Mal Absoluto.



Yo pensé que el innombrable era un tipo más estruendoso.



Un guitarrista concheto de Puerto Madero, por ejemplo.



Pero no.



Por ahora no.
Fuente: 
InfoNews.