Domingo, 27 Noviembre, 2011 - 10:22

Tentaciones

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Lo menos importante, en el largo plazo, es que el primer presidente del nuevo instituto revisionista de historia argentina creado por Cristina Kirchner haya sido embajador y secretario de Estado de Carlos Menem en los denostados años noventa.

De mayor relevancia es que la Casa Rosada haya parido a este nuevo aparato retórico por decreto. Lleva el número 1.880 y es un viejo sueño de quienes hoy gobiernan. Se trata de concretar estrategias activas, convenientemente financiadas por la política, para que la crónica del pasado calce con la versión de los hechos esposada por el Gobierno.



Tampoco se trata de una novedad sorprendente. Al fin de cuentas, este gobierno se atrevió a aplicarle un nuevo prólogo al informe final de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (Conadep), porque el original de 1985, escrito por Ernesto Sabato, les parecía inadecuado. Así, un gobierno peronista, movimiento que no quiso integrar la Conadep, retocó aquel texto histórico, alegando que Sabato comulgaba con la meneada “teoría de los dos demonios”.



Este nuevo Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego funcionará bajo la órbita del procesado y cinematográfico secretario de cultura de la Nación. Quienes gobiernan arman, así, la contracara de la Academia Nacional de Historia creada por Bartolomé Mitre en el siglo XIX. El secretario de Cultura de Cristina nombra a quien lo fuera de Carlos Menem, para dirigir este nuevo insumo presupuestario, particularmente redundante habida cuenta de que también existen el Instituto Juan Domingo Perón y otro eminentemente rosista. Entre los profesores designados, revistan el columnista de Clarín Felipe Pigna y el dentro de poco ex jefe de Gabinete, Aníbal Fernández. Se trata, proclama el decreto de la Presidenta, de poner en valor a quienes “defendieron el ideario nacional y popular ante el embate liberal y extranjerizante de quienes han sido, desde el principio de nuestra historia, sus adversarios”. Kirchnerismo proverbial: guerra y confrontación; patria y enemigos; nación y extranjeros. El instituto de O’Donnell se abocará a poner en la agenda de este siglo XXI a Estanislao López, Chacho Peñaloza, Felipe Varela, Facundo Quiroga, Juan Manuel de Rosas, Hipólito Yrigoyen, y Juan y Eva Perón.



El historiador santafesino Rogelio Alaniz sostiene que se trata de “poner a trabajar a una serie de divulgadores de la historia para que cumplan roles de propagandistas del actual relato oficial”. Acierta con una verdad evidente: “no hay historia de ganadores y perdedores, hay historia a secas, exigencia de investigación y creación de conocimiento histórico que excluye la categoría ‘ganadores y perdedores’, porque se propone objetivos más ambiciosos que construir un relato histórico como si fuera una película de suspenso o un western con los buenos y los malos definidos de antemano”.



Una muchedumbre de entusiastas de esta política enderezada a armar mamotretos retóricos debe seguramente ignorar que, como puntualiza Alaniz, los referentes intelectuales de este neorevisionismo estatal son quienes desde fines de la década de 1920 le dieron línea teórica y fundamentos historiográficos al golpe de Estado perpetrado contra Hipólito Yrigoyen del 6 de septiembre de 1930. Ernesto Palacio, José María Rosa, los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta, y Manuel Gálvez son de raigambre cultural eminentemente hispanista, católica y en algunos casos hasta germanófila (hablando, claro, de la Alemania previa a 1945), todos ellos vociferantemente anticomunistas. Pero esos nacionalistas de extrema derecha eran leídos y culturalmente sofisticados. El elenco que se arma en torno del nuevo instituto es, en cambio, de índole claramente propagandística. Son cronistas de densidad intelectual extremadamente delgada. Prevalecen los autores de best sellers, esos manuales de autoayuda historiográfica cuyo logro principal se asocia con el marketing más que con la concienzuda revelación de fuentes y documentos inéditos.



El núcleo de estas fabricaciones retóricas procura acreditar la idea de que los caudillos federales y sus montoneras eran personajes animados de romántico idealismo, enfrentados a un torvo sistema liberal cuyos protagonistas eran solemnes, “europeizantes” y (gran pecado) muy atados al racionalismo iluminista. “Ese afán de estetizar la historia, de reducirla a héroes y villanos a partir de un discurso simplificador y maniqueo, ha sido denunciado por Walter Benjamin como una de las tentaciones del fascismo”, enuncia Alaniz, conclusión a la que me sumo con gusto.



La propia noción del oficio del historiador ha sido desmerecida y banalizada por los practicantes de este revisionismo de mercado. Por eso, desde hace años pueblan las celebraciones mediáticas de la farándula, pero no suelen ser vistos en archivos o bibliotecas. Organizan, dice Alaniz, “relatos históricos destinados a un público deseoso de consumir chismes y novedades, que se presentan como la historia que no nos contaron, aunque cualquier aficionado a la lectura de textos de historia sabe que sobre estas supuestas revelaciones no hay nada nuevo bajo el sol”.

Como sucede en la Rusia de Vladimir Putin, también desde 2003 en la Argentina se ha impulsado una fuerte destrucción de las narrativas culturales. Dice Peter Pomerantsev (London Review of Books, 20-10-2011), que “en la Rusia contemporánea, a diferencia de la vieja URSS o de la actual Corea del Norte, el escenario cambia permanentemente: el país es una dictadura por la mañana, una democracia a la hora del almuerzo y una oligarquía a la hora de la cena, mientras que, tras las bambalinas, expropian compañías petroleras, asesinan periodistas, miles de millones de dólares se escurren. (…) Es una estrategia de poder basada en mantener a cualquier fuerza opositora que emerja constantemente confundida, un incesante cambio de formas que es imparable porque es indefinible”. Define de modo magistral esta nueva forma de gobiernos de base electoral y vocación imperial: “una fusión de despotismo y postmodernismo en la que ninguna verdad es cierta. (…). Una fusión sin precedentes entre feudalismo primitivo e ironía típicamente postmoderna”. Tal cual.
Fuente: 
Perfil.