Sábado, 26 Noviembre, 2011 - 20:05

Opinión de nuestros lectores
Luchemos por nuestros niños

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Jesús dijo: “dejen a los niños venir a mí y no se lo impidan porque de ellos es el reino de los cielos”. La sucesiva muerte en distintas circunstancias de niños de corta edad, en nuestra provincia y en otros puntos del país, me hace reflexionar acerca del valor que le damos a la niñez.

Evidentemente que por distintas cuestiones los más pequeños son lo que menos importancia parece revestir en nuestra sociedad. Como no votan, al Estado poco le importa lo que puedan necesitar para su desarrollo integral, como no tienen edad suficiente entonces les resulta difícil expresar su opinión sobre temas trascendentales como seguridad, educación, salud u otros asuntos directamente relacionados a su formación, que requirieren el estudio y la colaboración de toda la estructura social, no de ensayistas que viven experimentando a costa de los pequeños.



Pero lo que resulta más complejo, de lo cual se necesita un análisis mucho más fino, es lo que ocurre en el entorno familiar. Allí suceden otro tipo de situaciones por las que tampoco son consultados. Por ejemplo el niño no está preparado para trabajar; sin embargo muchos son obligados a hacerlo; al chico no se le consulta si está de acuerdo con que su familia se desmiembre, pero se lo pone en la deplorable disyuntiva de escoger si quiere vivir con mamá o papá.



Por si todo esto fuera poco, muchas veces es sometido a toda tipo de vejámenes, obligados en algunos casos a salir a pedir limosnas, en otros a delinquir, hasta lo inconcebible en otros casos en el que son forzados a prostituirse; otros son abandonados por sus padres, entregados a familias sustitutas, otros depositados en orfanatos como si fuesen cachorros.

Cuando hace un tiempo atrás se hablaba de minoridad en riesgo la franja era mucho más estrecha, casi que se refería a los chicos de la calle, hoy lamentablemente el concepto se amplía porque hay peligro ya no sólo en las calles, sino en la escuela y lo más triste hasta en el propio seno familiar debido a los famosos casos de familias disfuncionales.

En las grandes urbes es muy común hoy en día que se busque a un terapeuta casi al mismo tiempo que el comienzo del ciclo escolar debido a problemas de conducta, comportamiento o dificultad de comunicación de los niños y esto tiene directa relación con los traumas vividos por los infantes.



Ahora el problema se agrava porque si bien los niños siempre han sido una franja muy vulnerable, lo que también podemos observar con mucho dolor es el aumento en los abusos de menores. Nada es casual a nuestro alrededor y si hemos atacado los valores y provocado todos los daños antes mencionado, cae de maduro darnos cuenta de que en realidad esto no es más que el resultado de generaciones enfermas, que hoy conforman el sector de adultos que con un creciente índice de trastornos afecta directamente a una mayor masa de infantes.



Así pues hoy resulta increíble ver en las noticias los daños del que son blanco tantas víctimas inocentes y la respuesta a esto sigue siendo una sola.

Al igual que en la época bíblica la sociedad trata de impedir que los niños se acerquen a Jesús, aquella por ignorancia, esta por maldad manifiesta y premeditada. Se intenta borrar todo atisbo de bondad, dejando un mensaje destructivo: nadie te quiso, ni se preocupó por vos para que sufras todo lo que te tocó vivir injustamente, por lo tanto por qué causa los otros no tendrían que sufrir lo mismo o peor.



Hoy como en aquella época, la voz del Maestro sigue fríeme y clara: “dejen a los niños venir a mí” esa es la clave para revertir el daño provocado por los mayores, es la puerta de escape, es la respuesta para tantos planteos, es la fórmula para crear una sociedad más sana y libre de toda influencia maligna. De quiénes amamos al Dios de la Biblia depende el que hagamos todos los esfuerzos necesarios para contener y respaldar a las nuevas generaciones.



A través del deporte, la educación, los medios de comunicación y todo lo que esté a nuestro alcance podemos mostrar el amor de Dios para con los más pequeños, si aunamos esfuerzo o apoyamos a quienes trabajamos por ellos, podemos lograrlo.





(*)[email protected]