Domingo, 20 Noviembre, 2011 - 10:48

Fisuras

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El más letal de los peligros es haberse convencido de que así está bien. La presunción de que se puede conducir con una sola mano es embriagante. Infunde el sopor tóxico que envilece a quienes carecen de dudas.

Pero dar órdenes no es conducir. No, al menos, en tiempos tan turbios y complejos. Sin embargo, ajeno al más elemental recaudo, el poder político que hoy impera en la Argentina, al que la sociedad le ha conferido un potente 54% de los votos, pilotea la Nación sin inmutarse.



No hay en las alturas de una Casa Rosada imperial ni el intento más mínimo de colegiar el poder. Se conduce en solitario y desde la estratosfera. ¿Puede creer Cristina Kirchner que lo que le dicen, le escriben y le muestran es la realidad? ¿Puede tomar como el mejor de los caminos este recetario de torpezas infantiles y manotazos autoritarios con los que se pretende ofrecer una semblanza de gobernabilidad? Pareciera que sí, porque si se deja de lado el edulcorado discurrir de las supuestas “autocríticas”, nada indica que entre El Calafate, Olivos y Balcarce 50 se haya dibujado un hilo conceptual cargado de reflexiones profundas y lecciones debidamente aprendidas.



Es un gobierno que se mece en una autocomplacencia desconcertante. Enamorada de sí misma y de todo lo que dice, hace, omite y destruye, Cristina Kirchner experimenta ahora los corcoveos feos de la turbulencia. No es bonito zarandearse en las alturas.



Ese malambo siembra pánico. Reza la vieja anécdota que cuando volaba a bordo del Tango 01 que se compró en los años noventa y el avión se metía en zonas inestables con el consiguiente temblor del aparato, el presidente Carlos Menem salía de su cabina imperial y les decía a sus cortesanos: “¡No temáis, van con el César!”. El riojano era un frívolo, pero con ciertas cosas no jugaba. Su noción del mando era peronista, pero en clave bastante más delegativa. Quince años más tarde, la Argentina vuelve a palpitar los avatares de una conducción más unipersonal y opaca que nunca.



La noción de república democrática parece ir quedando enterrada por el clamoroso jubileo de las decisiones plebiscitarias. La Presidenta no tiene dudas. No sabe lo que es una perplejidad. Así, reparte mazazos. Hay sindicatos que boicotean al pueblo, dice un día. Al siguiente, equilibra y escarnece a los burgueses que “se la llevan toda afuera”. No hay pasado del que hacerse cargo ni presente sobre el que rendir cuentas. Atornillada más que nunca a un mesianismo caprichoso que impide admitir equivocaciones, ahora anula subsidios que desde ya hace muchísimos años eran estériles, injustos e insultantes, pero ni remotamente imagina que debe explicarle a la sociedad por qué existieron y para qué sirvieron. Lo mismo hace con las cebadas corporaciones gremiales a las que les dio tajadas de Aerolíneas Argentinas. Montaña rusa política y cinismo ideológico: así como dije una cosa, ahora digo la otra. Brilla la ausencia de explicaciones o de argumentaciones razonadas. Se sabe: cuando un sistema de poder está edificado de manera excluyente sobre una o muy pocas personas, no queda más remedio que suplantar el análisis político por explicaciones que ahonden en lo subjetivo.



En la Argentina prevalece ahora mismo una cosmogonía del poder político cuya arquitectura empieza y termina en un liderazgo omnisciente: todo lo saben, todo lo pueden, todo lo conocen, a nadie necesitan, nada les falta. Es un liderazgo sostenido sobre el empacho autocomplaciente. Es un gobierno que se basta a sí mismo y a cuyos ya ruidosos tropezones los vive como episodios irrelevantes, respecto de los cuales considera que nada debe explicar.



Si la Presidenta funciona así, proyectando en todo momento la sensación de que nada la alarma y tampoco la desafía intelectualmente, sus subalternos operativos llevan ese régimen funcional al paroxismo. El caso paradigmático es el de Guillermo Moreno, pero es simplista y hasta engañoso ensañarse sólo con él. Guillermo Moreno no existe. Es en todo caso un espantapájaros colocado donde está para disciplinar provisoriamente a quienes se insubordinan o no cumplen. Lo central es lo sistémico: gente como él a cargo de funciones tan delicadas revela la impronta profunda e inalterable. Es la que me confesó allá por el remoto 2003 el mismísimo Néstor Kirchner en aquellos dos cafés interminables a los que me invitó en la Casa Rosada (ver Lista Negra.



La vuelta de los setenta, Sudamericana, 2006). La filigrana de este modo de poder es inconfundible. Se trata de una desnuda ideología del poder, al que se maneja de manera radial.



Todo sistema radial es un esquema imperial. Los planetas orbitan en torno del Sol, del que dependen y con el que se nutren. Sin Sol no hay sistema. Así funciona la Argentina en vísperas de 2012. Los errores no se pagan. Las equivocaciones quedan impunes. La permisividad es absoluta y la despenalización completa: subsidios y arbitrariedades sindicales fueron útiles hasta que dejaron de serlo. Vuelta de página para la rutina de un gobierno que, además de considerarse omnisciente, pareciera haberse convencido de ser omnipotente. Se ha pulverizado la noción de los arbitrajes. Ha muerto la ética de las consultas. Desapareció la conciencia de que el mundo es complejo y que los países no pueden ser conducidos arrastrándolos desde el hocico.



No es para hoy el problema, es para mañana por la mañana. Tanta concentración del poder, tanta jactancia para ejercerlo en solitario, llevan irremisiblemente a un trauma fuerte. Puede tardar, pero –así las cosas– resulta poco menos que un pronóstico certero. La guerrilla contra el dólar, la debacle de Aerolíneas Argentinas y el ruidoso final del festival de subsidios son apenas incidentes menores que revelan profunda fatiga del material. Si el curso no cambia de manera profunda, las fisuras se ensancharán.
Fuente: 
Perfil.