Lunes, 14 Noviembre, 2011 - 13:49

Dolina y la violencia en el fútbol: "La devoción es rentable"

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En su programa radial, Alejandro Dolina reflexionó sobre la violencia en el fútbol y las responsabilidades que se esconden detrás del negocio de ese deporte. Además de desnudar contradicciones, puso en evidencia la hipocresía de los voceros de esa gigantesca industria en la que la muerte "es necesaria".

Voy a explicar qué es lo que me parece curioso: se le pide a la gente que no sea violenta, es decir, que no odie a los que no son de su cuadro (de eso se trata, la violencia proviene de eso; no proviene de otra cosa: proviene de un odio –un odio cerril, irracional, todo lo que usted quiera, pero ahorrémonos los calificativos que no corresponden en esta descripción-); si realmente las personas que son hinchas de Boca no odiaran a las que son hinchas de sus rivales, pues no les tirarían piedras ni tiros ni nada. O sea que existe un odio. Bueno, se me va a decir que ese odio es hijo de la competencia. Yo le diría que no sé si es hijo de la competencia. En otras disciplinas también hay competencia y sin embargo no existe ese odio o existe menos.



Y aquí viene lo que me llama la atención: yo creo que –y perdón por lo que voy a decir- ese odio es fomentado. Y nadie lo dice. Pero que es tan evidente que es fomentado. Es tan evidente que ese odio produce mucho dinero. Un dinero que no se produciría si el odio no existiese. Justamente aquellos deportes donde no hay odio son deportes más bien pobres o que generan muy poco dinero, que son amateur.



¿Por qué digo que se fomenta el odio? No digo que en la radio o en la televisión digan “usted que es de Boca téngale bronca al de River”. No, dicen en general todo lo contrario. Me parece que hay un evidente doble mensaje. Por el otro lado, se exagera la emoción y la importancia que tiene cada acontecimiento deportivo. Cuando vos decís “Unión se juega la vida” se está jugando la permanencia en primera. Qué sé yo lo que se está jugando.



Yo ya he escrito mucho acerca de eso: hay una interrupción de la incredulidad sin cuyo auxilio no nos podríamos divertir; si no nos hacemos un poco de mala sangre no podemos divertirnos. O sea que no hay que sacarle al fútbol el dramatismo que tiene, que es como ir al cine y que a cada rato te estén diciendo que no nos hagamos mala sangre porque después de todo Errol Flynn no ha muerto, sino que… (o que no había muerto cuando veíamos la película, porque ahora sí murió el verdadero Errol Flynn)… o cuando vamos al teatro, que el actor no es un criminal, sino que se va a ir después a tomar un café a la esquina juntamente con su víctima, etcétera. Claro, eso es malo que te lo estén diciendo mientras lo ves.



Pero al margen de la necesaria dramaticidad que tiene que tener cualquier juego, yo creo que cuando un tipo grita durante cuarenta y cinco segundos un gol de Platense, es porque está deseando que nos emocionemos con ese gol, está deseando postular que ese gol tiene alguna importancia para alguien. Si los goles son tan importantes como para que un tipo por la radio grite durante cuarenta y cinco segundos como un descosido; si son tan importantes como para repetirlos mil y una veces por televisión; si además se glosan con todo un arsenal de cuestiones; si alrededor de eso se teje además una especie de estructura poética y se dice que ser hincha de un equipo es un sentimiento y es algo sagrado; si los símbolos de esos equipos además tienen también algo sagrado (lo cual me llama la atención porque muchas de las personas que sostienen eso después –cuando se habla de nacionalismo- totalmente contrarias a la superstición de los símbolos –yo también lo soy-); bueno, si sucede todo eso; si se instala también un espíritu crítico, tremendista con respecto a la actuación de los jueces, etcétera, es muy difícil que después no sucedan cosas más o menos violentas. Usted le está diciendo a la gente que eso tiene mucha importancia, muchísima; se lo está elevando a la categoría de cuestión nacional, y después le piden que no le tiren un ladrillazo al réferi… me parece que es un doble mensaje.



Y qué se puede hacer ante eso: nada. Pero no caer en la inocencia de que esto lo vas a curar poniendo vigilantes a la salida del estadio, flaco. Sí, ponelos. Los vigilantes, si querés, ponelos. Pero no es ese el asunto, macho. El asunto es que si vos hacés del fútbol una cuestión nacional, una cuestión cósmica, una cuestión de orgullo, una cuestión decisiva, de honor, y… se va armar, flaco, se va a armar. En cuanto estalle un conflicto, ese conflicto tendrá la envergadura que vos le das a la cuestión. Si las cuestiones son vitales, los conflictos van a ser vitales. Si las cuestiones son baladíes, los conflictos van a ser baladíes. Nadie se mata por un partido de bolita, pero por un partido de fútbol sí se matan.



Pero además es necesario eso (lamento tener que decirlo: es necesario) porque si no, se venderían mucho menos revistas, toda la industria que está montada alrededor del fútbol se resentiría muchísimo si no existiera ese encono. La violencia es el precio que hay que pagar por la devoción, y la devoción es rentable. Si a las personas les importara el fútbol como me importa a mí, por ejemplo, mañana se fundirían muchísimas empresas que deben su subsistencia al fútbol. Claro que yo no le tiro ninguna piedra al réferi, pero porque a mí el fútbol me importa nada. No me importa nada. Lo digo desde adentro. ¿Y saben por qué no me importa nada? Porque me harté de que la gente se muriera por esa pamplina. Ser de Boca no es un sentimiento: ser de Boca es una diversión. No soy más amigo de nadie porque sea hincha de Boca. No me importa y no se lo pregunto a nadie, y detesto que la gente me salude y me diga: “Dolina, aguante Boca”. Yo soy Dolina, no soy hincha de Boca. Soy “El Negro”, soy Alejandro, el que vos quieras, y si me preguntás quién soy yo te lo puedo decir, y de ningún modo te voy a decir que soy un hincha de Boca. Cuando, en el momento que estoy viendo el partido, deseo que Boca gane y grito los goles, nada más.



Yo no pretendo que la gente sea como yo. Es otra cosa, es otra realidad. Pero entonces no cometamos la hipocresía de mostrarnos preocupados por la violencia del fútbol. Muchachos, ¿cómo no va a haber violencia? Es evidente que tiene que haber violencia. No me hablés de tensiones acumuladas durante la semana y descargadas en la cancha de fútbol. No es eso. ¿Por qué no la van a descargar en el hipódromo o en el velódromo? Porque esas no son cuestiones vitales. ¿Y quién le contó a la gente que el fútbol es una cuestión tremenda, sagrada y religiosa? Pregunto: ¿quién se lo contó? El mismo que hace las campañas para que la gente no sea violenta. Entonces basta, muchachos.



Yo tengo muchos amigos dentro del fútbol. Se van a enojar conmigo o no (porque no escuchan este programa: seguramente hay partido de fútbol); a muchos de ellos los quiero mucho, pero esto es tan elemental: me llama la atención que no se le haya ocurrido a nadie, flaco. ¿Cómo no va a haber violencia en el fútbol? Disculpemé, pero me parece tan raro que no aparezca nadie y ponga las cosas en estos términos: es lógico que haya violencia, flaco; es lógico.