Domingo, 13 Noviembre, 2011 - 08:21

La fuerza del silencio

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Cuando una persona es agredida, por el motivo que fuere, hay distintas reacciones posibles. Una de ellas es la solidaridad inmediata, que es lo que suele practicar la buena gente. Otra es el silencio. Y también es posible ejercer el cinismo.



Ese procedimiento, que es realmente de manual, incluye varios pasos simultáneos.



1) Se condena la agresión.



2) Se aclara que el agredido exagera. No fueron piedras: fue revoque. Y, si hubieran sido piedras, no es tannnn grave. En la dictadura estábamos peor.



3) Se agrega que el agredido se victimiza para perjudicar al Gobierno. Entonces, ya la discusión no se centra en la agresión misma sino en la actitud del agredido, que ya no es eso sino una persona artera que busca utilizar lo que le ocurrió.



4) Se puntualiza que el agredido es un provocador y que sus opiniones son tan violentas como la reacción que recibió. Opinar distinto, aun con agresividad, es lo mismo –en este caso– que apelar a la violencia física contra quien opina.



5) Y, finalmente, se destaca que el agredido es un reverendo canalla, durante largos minutos. Con eso, ya no importa absolutamente nada el episodio, ni la reacción a él. Lo que importa es que el tipo es un hijo de puta.



Es decir: condenamos la agresión –faltaba más– a este canalla, provocador, fracasado y antiargentino que la estaba buscando y se la merece. Por si fuera poco, no es tan grave lo que le pasó.



No es nuevo este mecanismo. Ha sido utilizado a lo largo de la historia por distintas organizaciones de poder contra periodistas, comunistas, disidentes del comunismo, gays, opositores, negros, librepensadores.



El jueves pasado, desde el más absoluto anonimato, un grupo de personas arrojó piedras para repudiar una conferencia que ofrecían Jorge Lanata y Magdalena Ruiz Guiñazú, mientras gritaban “Aguante 6, 7, 8”.



Hubo muchas expresiones de solidaridad hacia ellos, inclusive desde algunas –pocas– figuras cercanas al oficialismo (esta revista, por ejemplo, publicó un editorial al respecto). Hubo gestos de cinismo por parte de quienes sólo pueden recurrir a ese pobre refugio. Y también hubo mucho silencio.



Esta nota fue escrita seis días después, el miércoles siguiente.



Hasta entonces, ningún integrante del Gobierno –pese a que entre ellos hay personas de extrema sensibilidad frente a todo lo que sucede con el periodismo– dijo una sola palabra sobre el asunto. Hubiera bastado con cuatro: “Nosotros no somos eso”.



Este es un gobierno con mucho consenso, y cuando ocurre esto, uno imagina que muchos de sus seguidores están esperando una señal para saber qué es lo que consideran sus líderes acerca de si algunas cosas están bien o mal. Por ejemplo: tirar piedras a quien piensa distinto, ¿está bien o está mal?



Por alguna razón, el Poder Ejecutivo consideró un detalle menor que en la Argentina personas que se identifican como oficialistas apedreen a periodistas de primer nivel, sobre los cuales se puede opinar cualquier cosa pero en ningún caso poner en tela de juicio su compromiso democrático y valentía personal.



En los últimos años, en la Argentina hubo –y hay– una evidente tensión entre el periodismo y el poder político que se expresa también dentro de nuestro gremio. Es un absurdo sostener que no hay libertad de prensa, tanto como negar los problemas serios que existen, donde cada tanto se cruza una línea que no debería traspasarse.



Las pedradas contra Lanata y Ruiz Guiñazú forman parte de un extraño fenómeno que en los últimos años incluyó la aparición de una patota oficialista para interrumpir a sillazos el acto de presentación del libro de Gustavo Noriega sobre el Indec, la aparición de afiches y cartelones en tres marchas oficialistas distintas para escrachar a colegas, la reproducción de esos afiches en los programas televisivos del Gobierno, la realización de juicios en plaza pública –difundidos una vez más por los programas oficialistas– contra colegas como Ruiz Guiñazú, el incendio de un auto de una periodista en Caleta Olivia, la instigación por parte de la televisión oficialista para que se les grite a movileros consignas muy curiosas como “devuelvan a los nietos”.



En los últimos días se ha sumado una paliza que desfiguró la cara del periodista de Misiones Alejandro Barrionuevo y un atentado contra el diario La Verdad, de la localidad bonaerense de Junín.



Ninguno de estos episodios mereció comentario alguno por parte del Gobierno, aun cuando en muchos de ellos fue evidente la participación de algunas de sus estructuras, como la Juventud Peronista Bonaerense.



Parafraseando a una exitosa consigna electoral, todo esto parece una demostración de “La fuerza del silencio”.



Arrojar piedras desde el anonimato, partir a sillazos la presentación de un libro, difamar a colegas con carteles callejeros o pancartas, promover la agresión contra movileros, son reacciones, simplemente, nefastas para la democracia.



Al mirar para otro lado –cuando al mismo tiempo reacciona tan enfáticamente ante los titulares que lo disgustan– el Gobierno envía un mensaje peligrosamente ambiguo. Desde la crisis que estalló por la resolución 125 en adelante, la tensión por momentos fue tan dura que es difícil encontrar a alguien que no haya cometido errores o incurrido en desmesuras, incluyendo en ese conjunto al autor de estas líneas. Quizás sea hora de entender todo esto y dar vuelta una página que no le hace bien a nadie. Hay muchas personas dentro del kirchnerismo que observan estos delirios con preocupación y le harían mucho bien al Gobierno si se pronunciaran sin cinismo y con contundencia.



El silencio, en este caso, es muy llamativo y quizá sea la antesala de situaciones más delicadas. Ya dura, por otra parte, demasiado tiempo.



Pero, en fin, ¿quién es quién para dar consejos, no?



Mucho menos después del 54 por ciento.



Lo único que faltaba.
Fuente: 
VEINTITRES.