Domingo, 13 Noviembre, 2011 - 08:18

Grecia, el dios mercado y la asfixia de la democracia

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La democracia, sistema que hoy se despliega a través de una parte considerable del planeta, no es ni ha sido el producto de una decisión mancomunada y pacífica que, en los albores de Occidente, tomó el conjunto del pueblo ateniense.

 Fue, ayer como hoy, el resultado de un conflicto, la evidencia de una comunidad partida, la larga travesía de los incontables por ser parte de la suma y por quebrar la geometría de las jerarquías nacidas del dinero, la propiedad y la sangre para habilitar la aritmética de los iguales. Los griegos no se encontraron sin esperarlo, y como si fuera un regalo de los dioses olímpicos, con la democracia. No se trató ni de una esencia que esperaba su oportunidad para ofrecerse a los seres humanos ni de un dato de la naturaleza. Fue, antes bien, la consecuencia de la invención social o, como diría Cornelius Castoriadis, la evidencia primigenia de un imaginario social-colectivo capaz de quitarle la soberanía al tirano o a los oligarcas para construirla desde el propio demos transformando el poder, hasta ese momento otorgado por los dioses o por la fuerza inescrutable del destino y sostenido en el secreto de lo que proviene del reino de lo sagrado, en una experiencia pública, visible y deliberativa. Por primera vez se instituyó un ámbito de debate, el ágora, al que tenían acceso todos los ciudadanos en condiciones de igualdad, es decir que todos, absolutamente todos, tenían el mismo derecho a tomar la palabra independientemente de su condición social o de sus cualidades retóricas (a eso se lo llamó isegoría) y a que lo hicieran con entera libertad (el nombre que se le dio a ese giro revolucionario fue el de parresía). Fueron las reformas de Efialtes, Pericles y Clístenes, en ese extraño y fascinante siglo V a.C., las que abrieron la extraordinaria experiencia de la asamblea de los iguales cuyos cargos electivos se resolvían nada más ni nada menos que por sorteo (¿imagina el amigo lector las consecuencias si esa fuese la forma de elegir nuestras autoridades? ¿Qué pasaría si fuese el azar el que determinara quiénes se convertirían en representantes del pueblo y no la fortuna, el poder de la publicidad y el mercado, la meritocracia o la trenza política? ¿No será, acaso, que aquella antigua sabiduría de los atenienses comprendió que el sorteo era el modo más democrático de ampliar la suma de los incontables abriendo la posibilidad de que el carpintero, el campesino, el albañil, el remero, el rapsoda, el comerciante, el propietario de tierras, el plebeyo y el noble, todos por igual, estuvieran en condiciones de ser miembros de la asamblea del demos?).



Nuestra utopía no tiene un horizonte tan lejano ni ejemplar, no pretende regresar al demos y a los debates igualitarios de la antigüedad griega, sabe de los caminos recorridos en 2.500 años de historia y de las enormes dificultades para construir nuestras propias democracias después de milenios de teo­cracias, monarquías, aristocracias, oligarquías, autoritarismos de distinto pelaje y dictaduras que usufructuaron, por gracia divina o de algún sujeto oportunamente inventado para la ocasión, el derecho de las multitudes a darse su propio gobierno; nuestro deseo no es otro que el del respeto, al menos, a la decisión soberana del pueblo recobrando algo elemental de la democracia: que sea a través de elecciones o de referéndums que el propio pueblo decida, en situaciones decisivas para su porvenir y el de la propia democracia, cuál debe ser el camino a tomar. Cuando son poderes oscuros y secretos los que deciden por la mayoría, cuando la palabra última la tienen unos pocos, aunque sigan hablando en nombre de las instituciones democráticas, la que se vacía de todo contenido es, precisamente, aquella invención griega. ¿Será apenas una paradoja de la historia, una suerte de risotada de los antiguos dioses dormidos, que sea en esa misma Hélade donde comienza, en nuestra actualidad, a sepultarse el derecho del demos a gobernarse a sí mismo y a tomar en condiciones de igualdad las palabras y las decisiones?



¿Qué es la democracia? ¿Cómo funciona hoy en los países europeos en medio de las tormentas de una crisis económica que ha dejado en evidencia algunos problemas “estructurales” del propio sistema democrático? ¿Qué piensan últimamente los ciudadanos griegos del valor –devaluado– de su palabra –punto de partida de la isegoría de los antiguos helenos y núcleo central de la invención democrática– a la hora de tomar decisiones fundamentales para una sociedad atenazada por políticas diseñadas allende sus fronteras? ¿Y qué opinan los españoles de la profundización de una crisis que viene demoliendo sistemáticamente sus derechos y sus condiciones de vida a la par que muestra la aceleración con la que los partidos políticos hegemónicos se han puesto de acuerdo para fijar constitucionalmente los límites del endeudamiento y del déficit fiscal sin consultar a la ciudadanía? ¿Y el ejemplo de los islandeses que decidieron tomar el toro por las astas y enjuiciar a los responsables de su catástrofe económica: los banqueros, pero cuya iniciativa es prolijamente silenciada por la gran prensa mundial que prefiere desconocer una acción decididamente democrática y participativa para desplazar su atención a la zona de pánico que tiende a aterrorizar y por lo tanto a paralizar al resto de los habitantes de un continente extenuado y confundido? ¿Esto era la democracia: la soberanía de los mercados por sobre los ciudadanos, la prioridad de las cuentas fiscales sobre los derechos sociales, la apatía de los muchos ante la voluntad omnipresente de los pocos que visten las ropas de los dueños del capital? ¿El enmudecimiento de la voluntad popular en nombre de una construcción artificial que ha servido para el enriquecimiento de los especuladores?



Un miedo profundo, visceral, recorre Europa y ya no se trata de aquel fantasma del comunismo con el que Marx comenzaba un famoso manifiesto escrito en 1847: el miedo es el de la bancarrota de un sistema que, en los últimos 50 años, llevó a la mayor parte de los países europeos a niveles de vida inimaginados en otras regiones del mundo. La crisis, desencadenada por “los dioses dormidos” que se han despertado bajo la forma mefistofélica del mercado y de sus maquiavélicos especuladores, ha venido a poner en cuestión el mito de la democracia como fundamento intangible del liberalcapitalismo para poner sobre la mesa una evidencia indisimulable: que la prioridad es la del mercado y sus ingentes necesidades que, como las fauces hambrientas de un monstruo bíblico, se abre para engullir todo a su alrededor, incluso derechos adquiridos y certezas que se disuelven ante las miradas sorprendidas de sociedades inermes.



Estas preguntas pueden resultar extrañas para quienes asocian espontánea y naturalmente la democracia con la realidad actual de las sociedades europeas. Desde que en el Viejo Continente se derrotó a los totalitarismos (primero el nazifascista y, más cerca de nosotros, el soviético), los europeos se han dedicado a expandir por el mundo un relato hegemónico y homogéneo que transforma a esa región del planeta en la casa de nacimiento de la democracia y en su núcleo pedagógico esencial (mérito de los antiguos griegos hace más de 2.500 años que, por esas paradojas de la historia, hoy, cuando quieren volver a ser consecuentes con su “invención”, se encuentran con que el pánico cundió entre los poderosos cuando al primer ministro Papandreu se le ocurrió hablar de un referéndum para solicitar, sentido común mediante, la opinión del pueblo griego –¿no era que el pueblo era el fundamento de toda soberanía bajo la democracia?– ante un plan de ajuste que compromete presente y futuro de la sociedad). Un continente que supo pasar por la trituradora de carne a más de 100 millones de seres humanos sólo en el interior de sus fronteras entre 1845 y 1945 (el siglo en el que se echaron las bases de la expansión imperial y de la “verdad democrática” europea bajo la condición del saqueo del resto de los continentes y la superexplotación de sus propios trabajadores), que también supo ser la cuna de las ideologías más homicidas que ha inventado la humanidad (y que han opacado, a lo largo de un tramo decisivo del siglo XX, esa otra tradición ilustrada y democrática que también encontró en esa geografía su punto de partida) se ha dedicado, con especial fruición, a ofrecer al resto de las regiones del planeta el manual de la verdadera democracia y de su perfecto funcionamiento, ¿dónde?, pues en Europa. Por esas extrañas paradojas de la historia, casi como si fuera un chiste de humor negro, ha sido en Grecia, su lugar de nacimiento, donde de manera más brutal ha quedado dañada la propia democracia.



¿Qué estarán pensando los griegos mientras se desencadena sobre sus cabezas las tempestades del dios de la época que tiene la forma de la economía global de mercado? ¿Cómo imaginan que funciona la democracia allí donde se les expropia la capacidad de decidir sobre sus vidas en nombre de la liturgia y la fe del capitalismo contemporáneo que les exige más y más tributos para saciar su apetito infinito y para calmar la furia despertada por las “desprolijidades del gasto” griego? Extrañas vicisitudes de una realidad que, al correrse los velos que ocultaban el funcionamiento real del sistema, ofrece la imagen de un rostro brutal en el que lo único que cuenta son los intereses de los grandes bancos y financieras, resorte último de un poder que fue fagocitando la médula de lo democrático allí donde transformó en letra muerta el derecho de los pueblos a decidir sobre su destino. El solo anuncio de un referéndum atemorizó a “los mercados” (nombre enigmático de los dioses contemporáneos que son capaces de desencadenar rayos y centellas sobre los frágiles cuerpos humanos que no se sometan a sus designios inescrutables). Su respuesta colérica fue exigirle al gobierno griego, o a la pantomima que queda de él, que elimine esa extravagancia y acepte, a libro cerrado, el plan de ajuste graciosamente diseñado por los mismos que crearon las condiciones para que estallara la actual crisis.



¿Y la democracia? Bien, gracias, pero no nos quedemos con menudencias cuando lo que está en juego es la salud del capitalismo global. La democracia funciona cuando los poderes consideran que no colisiona con sus intereses. ¿Tanto temor puede causar que el pueblo griego se exprese, democráticamente, a través de un referéndum? Los cultores contemporáneos de la mitificación liberal republicana (que en nuestro país son legión a la hora de criticar la falta de “calidad y seriedad de nuestras instituciones” comparándolas con las de los “países serios”, esos mismos que convierten a la democracia en un pellejo vacío) nada dicen de esta nueva forma de colonialismo intraeuropeo ni de la sumisión de la propia democracia a las demandas, prioritarias, de lo que Cristina, en un giro conceptual notable y desmitificador, llamó “anarcocapitalismo financiero”. Los límites de la República se encuentran, eso quedó en evidencia, allí donde los intereses del mercado, que son siempre los de los poderosos –en este caso los alemanes que han sido los grandes beneficiarios de esa “idílica” construcción que se llama la Comunidad Europea y que fue diseñada por el maquiavelismo neoliberal durante las fatídicas décadas finales del siglo pasado– se impone sobre el conjunto de la sociedad. ¿Podrán los griegos recuperar la memoria de su antigua democracia e impedir que, en su nombre, se la vacíe de todo contenido? Algo de eso estamos intentando los sudamericanos que hemos aprendido a remar contra la corriente. Tal vez, por qué no, sea en estas regiones donde vuelva a brillar la llama de la democracia mientras en los países europeos los pueblos son conminados a aceptar, con absoluta resignación, lo que otros deciden en su nombre y contra sus intereses. Los antiguos griegos inventaron algo insólito, los actuales habitantes de esas tierras míticas se resisten, como pueden, a que les quiten hasta la memoria de ese hecho inaudito que viene del fondo de su historia. El enemigo de la democracia no es otro que ese anarcocapitalismo financiero que, en nombre de las necesidades fantasmales del mercado y de sus operadores, rapiña el derecho de un pueblo a elegir su propio camino. Ahora les ha tocado a los griegos, ¿quiénes serán los próximos?
Fuente: 
VEINTITRES.