Domingo, 6 Noviembre, 2011 - 10:02

Infelicidades

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Siempre es gran negocio caer simpático; es una premisa que si bien no funciona igual en todo el mundo, suele provocar aquí fervorosos entusiasmos. Prometer felicidad y forrar monederos y billeteras es una prescripción mágica.

 En cambio, se necesitan coraje y una franqueza a prueba de balas para presentar las malas noticias. Así, mientras un coro de necios se relame de goce por la crisis del capitalismo, a la que –como hace 150 años– describen como “terminal”, hoy resulta imprescindible comunicar novedades ingratas. Algo de este tipo perpetró esta semana Juan Luis Cebrián en El País de Madrid, cuya sociedad editora preside. Son reflexiones estremecedoras que se anuncian desde un título inicial muy fuerte: “Decir la verdad”. Está bien que lo haga, sobre todo desde un país que hasta hace poco derramaba autosuficiencia y a menudo exasperante soberbia de cara a un mundo al que desde Madrid le daban lecciones con paternal desparpajo.



La catarata de catástrofes sociales que ha venido lloviendo sobre los consternados españoles ha sido inclemente. El jueves, el mismo diario admitía que “la crisis se ha empeñado en demostrar que todo puede ir peor cuando parecía imposible. El mercado laboral español lleva cuatro años de deterioro casi ininterrumpido. Ha triturado casi dos millones de empleos. El paro (desempleo) ha escalado hasta una cota desconocida en 15 años, el 21,5%. La acumulación de malas noticias es tal que parece que no puede haber otra más. Pero sí, llega otra igual. En total, 4.360.926 millones de parados. El deterioro del mercado laboral acerca a España a otra recesión. De 2,2 millones a 5: el paro se dobla en la era Zapatero”.



Es sencillo y perfectamente imbécil regocijarse ante estas tragedias golpeándose el pecho y proclamando arcaicas certezas, como diagnosticar que todo esto es producto del cretinismo de los dogmas neoliberales y el irrestricto despliegue del libertinaje financiero. Es cierto en parte, pero ¿es sólo eso lo que ha sucedido? Casi nadie quiere plantearse quién va a pagar el almuerzo. Si por un lado Cebrián reconoce como evidentes las “dificultades para mantener un modelo social basado en el Estado de bienestar”, también da cuenta de “la obsesión de los políticos por asegurarse la reelección mediante el éxito económico, que justifican además con el argumento de que el crecimiento promueve por sí mismo la democratización de las sociedades”.



Nada más actual en una Argentina que dice tener hoy menos de la mitad de la desocupación que atormenta a España. Hace años que en este país se practican formas más o menos encubiertas de esa misma jactancia petulante de la España lustrosa y triunfal de los últimos 15 años. Pero la realidad va tocando las puertas aquí también, y los primeros ajustes que esta semana tuvo que anunciar el Gobierno revelan que la fiesta va terminando. Cebrián les dice a los europeos que se necesita retornar a los viejos principios y que “el primero de todos ellos, decirle a la gente la verdad, aunque electoralmente no sea recompensada”, pero eso es lo que justamente no se ha hecho en la Argentina. Ahora, con el 54% de los votos en sus bolsillos y carteras, Cristina Kirchner manda a sus ministros a anunciar las malas nuevas. Ella nunca lo hizo, no lo hace y nunca lo hará. Ella sólo anuncia la felicidad, jamás el infortunio. Dios te quita, Dios te da, ¿verdad?



Sin embargo, sigue siendo casi imposible encontrar en la Argentina eco para, al menos, debatir ciertas lecciones que se derivan de la fuerte crisis global. Trabajar más horas por día y/o más días por semana, pagar más impuestos, recortar franjas del gasto público corriente, jubilarse más tarde, evitar que los salarios crezcan más que la inflación y los precios, y administrar de manera más prudente el ejercicio de ciertos derechos sociales que resulta cada vez más difícil costear, son caminos a los que se estigmatiza desde principismos recalcitrantes. Pero cuando en Cuba el gobierno del general Raúl Castro recorta beneficios, suspende subsidios, ajusta remuneraciones y despide personal, nadie, ni en la izquierda ni en las fuerzas políticas mayoritarias, emite juicio condenatorio. Se cuidan bien de hacerlo. Hablar del fracaso de las opciones al capitalismo es tarea de solitarios.



Al admitir el Gobierno que ahora va a comenzar a estudiar la justicia de los subsidios, revela que mintió a todo trapo hasta el lunes 24 de octubre. Ocultar la verdad de manera deliberada es una forma de la mentira y eso hizo. Durante ocho años, desde el ejercicio de un clientelismo clamoroso, llovieron las prebendas para la zona metropolitana, con una electricidad que en Capital Federal se paga cuatro veces menos que en Córdoba. No sólo eso: concesiones, facilidades, prestaciones y moratorias de todo pelaje cautivaron a una sociedad endulzada sin pudor desde el poder.



En Europa y en los Estados Unidos lo que se examina y cuestiona ahora mismo es nada menos que “el principio de universalidad de los derechos”. Parece horrible blanquearlo, pero cuando lo hizo el Partido Comunista Cubano, nadie corcoveó. Ha dicho: no existe el almuerzo gratis. Si el presidente Jimmy Carter hablaba ya a fines de los años setenta del fin de la era de las expectativas ilimitadas, Cebrián subraya ahora que “vivimos en un mundo en transición en el que están cambiando los paradigmas. Por primera vez en 200 años, las nuevas generaciones de los países occidentales no abrigan la esperanza de un futuro mejor que el de sus mayores”.



En la Argentina, en cambio, se piensa que somos diferentes. Esta semana, por ejemplo, los indómitos docentes porteños se agasajaron a sí mismos con un larguísimo week-end graciable: “votaron” el jueves a sus representantes en las llamadas juntas “de calificación”, y el viernes hicieron huelga, para recuperarse de la fatiga. Por esa razón, no dieron clase durante dos días, y luego se zambulleron en el fin de semana, donde siguieron descansando, tras el agotamiento de votar y de hacer huelga. Todo hecho en impunidad y, claro, cobrando sueldo, pero más temprano que tarde, la adición llegará a la mesa y habrá que pagarla. Será dolorosa. No me hace feliz escribirlo.
Fuente: 
Perfil.