Martes, 25 Octubre, 2011 - 11:28

Correo de nuestros lectores
Sobre las elecciones

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Indudablemente la Presidente y el oficialismo han obtenido un apabullante triunfo. Si alguien espera que hable de denuncias sobre fraudes que no conozco, está equivocado. Este triunfo no ha estado, al menos que yo sepa, alterado por lo que considero hechos fraudulentos, debe ser reconocido, y felicitados los triunfadores.

Lo debe hacer cualquier persona que crea en el sistema democrático y yo creo en la democracia y en el valor que tiene el sufragio dentro de la vida democrática. Pero que no haya habido fraude no significa, de ninguna manera, que convalide las distintas distorsiones con que se realizan todos estos actos electorales, que convalide el aprovechamiento de los bienes del estado y del poder para desdibujar el verdadero sentido democrático que deberían tener.



Es función de todos los opositores el apoyar al éxito de la gestión que se inicia mediante este triunfo. En ese sentido se deberán apoyar todas las medidas en que se coincida, así como oponerse a lo que no está de acuerdo a nuestras convicciones, aportar ideas superadoras.



Pero ese acompañamiento de la oposición debe tener límites infranqueables y esos límites elementales son que no se vulneren las instituciones republicanas, que no se vulneren la Constitución y las leyes, que no se intenten afectar los derechos y las garantías constitucionales, que se termine con la corrupción y el uso indiscriminado de los bienes del estado para beneficios personales, familiares o partidarios. En estos temas nos encontrará en la vereda de enfrente, por mas disfrazados que se los presente.



La Presidente de la Nación ha hecho un llamado a la reconciliación y a la concordia, aunque tenemos sobrados elementos para no creer en la sinceridad de su llamado, sería un hecho muy auspicioso si esta vez se convierte en hechos concretos, si termina de enfrentarnos de manera casi irreconciliable, si no se somete a más del 50% de argentinos que no la votaron, algunos porque votaron en blanco, otros porque ni siquiera concurrieron a votar, a que se nos trate de infames, de gorilas, de antipatrias, de derechistas, o directamente de golpistas, como ha estado ocurriendo hasta ahora. Es hora de reconstruir la Nación.



La Presidente, con este enorme caudal de apoyo, tiene la posibilidad de hacerlo, pero más que la posibilidad, tiene la responsabilidad de reencaminar un camino que medio país considera plagado de errores.



Los opositores queremos un país mejor, con más justicia, con más equidad, con más y mejor democracia, con más república. Queremos que se nos escuche y que se nos respete. Al igual que el oficialismo, no estamos libres de errores en nuestras historias, no estamos exentos de algunos dirigentes que no están tampoco a la altura de las circunstancias, incluso, algunos de ellos, muy cuestionados por hechos de corrupción que nos avergüenzan.



Al igual que en el oficialismo, la mayoría de ellos no han recibido condenas y hoy pueden llenarse la boca hablando de una decencia que no practicaron. Indecencia que los condena al repudio ciudadano y que permiten derrotas tan abrumadoras como las actuales, además del descrédito social en la política y en los valores republicanos.



Pero además de indecencias de unos y otros, se han adueñado de las estructuras partidarias, las han vaciado de contenido, de programas, de principios.



Muchos de ellos han sido victoriosos y aclamados en distintas etapas, muchos de ellos tienen fieles y honestos seguidores a los que va a costar mucho persuadir de la necesidad de cambios, convencerlos de que la etapa de sus afectos sinceros está terminada, que esos dirigentes hoy son muertos políticos y están arrastrando a nuestros partidos a acompañarlos en su sepultura. No son fáciles los cambios, pero son indispensables. A muchos, lamentablemente, les resultarán honestamente dolorosos.



La soberbia, la prepotencia, la corrupción son elementos que deben desaparecer definitivamente de nuestras instituciones políticas, de todas.



Dice nuestra Constitución Nacional que los partidos políticos son elementos indispensables de la democracia, hoy, por distintas razones que en aras de la concordia no deseo remarcar, están prácticamente desaparecidos y muy desacreditados.



No podía creer hoy cuando leía que un dirigente con la trayectoria del Dr. Rozas decía, tratando de convertir una apabullante derrota en algo positivo, que este había sido un gran año electoral. Sentí vergüenza ajena y sentí pena por la incapacidad de reconocer errores enormes que nos han arrastrado a esta decadencia.



En nuestra provincia y en mi partido, la UCR, afortunadamente ha aparecido una nueva camada de dirigentes triunfadores por propio mérito. Dirigentes que han sido capaces de recibir el apoyo de múltiples sectores, aun de muchos que no los apoyan habitualmente. Dirigentes que han sabido interpretar las necesidades de cambio de una sociedad que requiere capacidad de gestión, capacidad política de incluir, en vez de las excluyentes que se han practicado en los últimos tiempos.



En ellos se deposita ahora una enorme responsabilidad, la de reemplazar liderazgos que ya no existen. Reemplazarlos por otros nuevos, no sospechados de corrupciones ni de amiguismos.



Liderazgos que piensen en el bien público, en la provincia, en el pais, en el respeto institucional, en el ejercicio de una verdadera democracia participativa hacia adentro y hacia afuera de los partidos. Nuevos liderazgos que tengan la capacidad de realizar todos los cambios y actualizaciones que la vida política requiere en una democracia.



Las victorias producen alegría en los triunfadores y desánimo en los perdedores. Ni unos ni otros deben olvidar que en política todo es circunstancial. Lo único que permanecen son los principios y nadie debe renunciar a defenderlos, en las mejores o en las peores circunstancias.



Todos desearíamos el éxito del gobierno y que ese éxito se transforme en beneficios reales para el presente y para el futuro. Sabemos de las dificultades que existen y las que vendrán. Las elecciones han pasado, unos y otros debemos tener la imaginación y el valor necesarios para encarar un futuro mejor. Un futuro sin exclusiones, sin recriminaciones personales. Lo hecho, hecho está. El futuro requiere de todos los consensos posibles. Consensos que no tienen nada que ver con el acuerdismo de cúpulas que pretendan perpetuarse de cualquier modo.



Este año de elecciones debe servir de punto de inflexión, ahora deberemos elegir por la negación de la realidad, por seguir echando para afuera las responsabilidades, o que cada uno asuma las propias que permitan reconstruir lo dañado, que permitan que se constituyan partidos poderosos, con proyectos, con claridad de los principios que defiende, asumiendo las diferencias que enriquecen el debate.



Las dificultades deben fortalecer nuestros espíritus, nuestros entusiasmos, nuestra vocación democrática y republicana.



Tal vez no sea todavía el momento de la reflexión serena, pero sí es el momento de ir pensando, no tanto en los errores de los demás, sino en nuestros propios errores y en la forma de solucionarlos. Esconder la cabeza, como el avestruz no nos va a conducir a ese futuro que anhelamos.





(*) [email protected]