Domingo, 23 Octubre, 2011 - 08:21

Libreta

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Son 32 casilleros donde se certifica el cumplimiento del deber de votar. El último, vacío, quedó para ser llenado hoy. Mi Libreta de Enrolamiento, que me entregaron en 1963 y estrené en las elecciones del 14 de marzo de 1965, será desde esta noche un hermoso y a la vez doliente souvenir.

Tengo para mí que recorrerla como fetiche personal y a la vez político; es una manera pertinente de evocar la peripecia de todo un país que este 23 de octubre elige presidente de la Nación. Es un librito de 15x10 y 56 páginas, encuadernado con tapa y contratapa de cartulina color ocre. Sus páginas centrales, y en papel más pesado, incluyen la letra del Himno Nacional Argentino, las imágenes de la bandera, el escudo y la escarapela.



¿Por qué enrolamiento? Porque en la Argentina de 1963 regía la Ley 11.386, cuyo artículo 2º disponía que todo varón debe “enrolarse” dentro de los siete meses de cumplidos los 18 años. Tenía también vigencia la Ley 12.913 (orgánica del Ejercito), cuyo artículo 29 estipulaba que todo argentino varón “está sometido (sic) en tiempo de paz a la obligación de prestar servicio militar”. Mi libreta certifica que el 9 de diciembre de 1966, yo, clase 1945, quedo exceptuado de la conscripción por estar comprendido en el artículo 41, inciso 3º de aquella Ley (“único sostén, con su trabajo personal, de madre viuda”). Mi padre murió en junio de 1964 y el pedido de excepción fue certificado el 3 de agosto de 1965 por un mayor del Ejército llamado Orlando Ernesto Peluffo. La aprueba el 9 de diciembre de ese año un coronel llamado Rubén Domingo Brandi, jefe del Distrito Militar Buenos Aires. La libreta incluye las firmas de estos militares. Ellos estaban en el centro de la vida de todos en aquella época.



Pero después vienen las citas electorales. Debuto como votante de los comicios de renovación legislativa del 14 de marzo de 1965, durante el gobierno democrático del presidente Arturo Illia. Fueron las primeras elecciones sin proscripción del peronismo desde la Revolución Libertadora de 1955. Antes de esos comicios, en los que yo estrenaría mi flamante Libreta de Enrolamiento, Juan Perón proclama en Madrid que “nuestros enemigos (…) carecen de aptitud y capacidad para gobernar”. La palabra “enemigos” alude al gobierno que había levantado la proscripción del peronismo. Se vota con absoluta normalidad y se eligen 99 diputados nacionales y mandatarios provinciales y municipales. El peronismo, con 2.883.528 votos, gana en nueve distritos (Buenos Aires, Córdoba, La Pampa, Santa Cruz, Chaco, Río Negro, Neuquén, Tucumán y Salta); el radicalismo, con 2.724.259 (unos 159 mil votos menos), gana en seis distritos (Capital Federal, Santiago del Estero, Santa Fe, Misiones, Chubut y Entre Ríos); los conservadores, en tres (Mendoza, Corrientes y San Luis) y el bloquismo en San Juan. El peronismo pasa de ocho a 52 legisladores en Diputados.



Tras ocho largos años, vuelvo a votar, no una, sino tres veces, en 1973. El 11 de marzo, la fórmula Cámpora-Solano Lima (Frente Justicialista de Liberación) obtiene el 49,5%, seguida por el binomio de la UCR (Balbín-Gamond), con el 21,29%. En Capital Federal hay que votar de nuevo, semanas más tarde, el 15 de abril, en la segunda vuelta realizada en quince distritos, para elegir doce gobernadores y catorce senadores nacionales, uno de los cuales era el tercero de los legisladores porteños a la cámara Alta, porque el 11 de marzo el peronismo tuvo mayoría sólo para los dos primeros. Perón ordena que su candidato sea el nacionalista de extrema derecha Marcelo Sánchez Sorondo, cuyo principal colaborador era entonces Juan Manuel Abal Medina (padre del actual secretario de Medios de Cristina Kirchner). Si en la primera vuelta el peronismo logra 645.776 votos contra 385.292 de la UCR, el 15 de abril el radical Fernando de la Rúa (35 años) triplica el primer resultado, con 934.831 votos (54,1%), derrotando a Sánchez Sorondo, que araña, con el aval de Perón, 791.560 votos. Mi tercer sufragio de ese 1973 es en las presidenciales del 23 de septiembre, luego de que el peronismo eliminara en sólo seis meses a Cámpora, Solano Lima y Lastiri. Plebiscitados, Perón y su tercera esposa María Estela Martínez, reciben el 61,85%, contra la fórmula Balbín-De la Rúa de la UCR, con el 24,42%.



No volvería a votar durante los próximos doce años. El 30 de octubre de 1983, mientras concluye mi exilio ya en su etapa final en México, el cónsul adjunto de la Argentina, Ricardo Insúa, sella y firma mi libreta para “justificar” mi no emisión del voto.



Después, ya será en democracia, empezando por el inolvidable plebiscito convocado por el presidente Alfonsín el 25 de noviembre de 1984 para legitimar la paz definitiva con Chile por el Beagle, las legislativas de noviembre de 1985 y septiembre de 1987, la presidencial del 14 de mayo de 1989 (Menem-Duhalde, Angeloz-Casella), las legislativas de 1991, 1993 y 1994, la presidencial del 14 de mayo de 1995 (Menem-Ruckauf; Bordón-Álvarez; Massaccesi-Hernández), la porteña de 1996 y la legislativa de 1997, la presidencial del 24 de octubre de 1999 (De la Rúa-Alvarez; Duhalde-Ortega), la porteña de 2000, la parlamentaria de 2001, la presidencial del 27 de abril de 2003 (Menem, Kirchner, López Murphy, Rodríguez Saá, Carrió) y las porteñas, legislativas y presidenciales de 2003, 2005, 2007 (Cristina-Cobos; Carrió-Giustiniani, Lavagna-Morales) y 2009.



Si descuento el plebiscito de 1984, una elección diferente, emití 24 veces mi voto entre 1965 y 2011. En 46 años, haber sufragado cada casi dos años no es un mal promedio. Pero antes de la democracia y desde ella, han sido votos de escasa calidad en varias ocasiones, los del país y los míos. No estoy orgulloso de mi decisión en algunos de ellos, así como nunca pude sacarme la pena de no poder votar el 30 de octubre de 1983.



Hoy, 23 de octubre de 2011, archivaré mi vieja libreta, bastante bien conservada, pese a los años, los exilios, el traqueteo del envejecimiento y los olvidos. No sé, en verdad, si la jubilación de ese librito es el augurio de tiempos mejores o señala el comienzo de épocas más lúgubres. La verdad, no lo sé.
Fuente: 
Perfil.