Domingo, 16 Octubre, 2011 - 09:24

El presente y el futurismo

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Cambios y records posibles para el domingo próximo. El veredicto que puede venir y su significado. El futurismo agorero y crítico. Un “negacionismo” autóctono. Puntos suspensivos que hablan del kirchnerismo. Las izquierdas acá y en el vecindario. Y algo sobre crímenes, pecados y ambiciones legítimas.

Las Primarias Abiertas signaron un pronóstico unánime sobre la sustancia de los resultados del domingo próximo. Sin embargo, permítase al cronista una redundancia, el escenario poselectoral depende de la cabal expresión de la soberanía popular que todavía está latente. Las variaciones que puedan darse en el escrutinio nacional, en la formación del Congreso Nacional, en las provincias que eligen gobernador son esenciales y están a la espera de su dilucidación. Una ventaja abren las Primarias al análisis: sus números habilitan ejercicios prospectivos factibles sin necesidad de transgredir la veda para divulgar encuestas.



Vayan algunos ejemplos, para ilustrar el concepto. De confirmarse las tendencias de las PASO, es probable que se registren varios records de la historia institucional reciente. Hablamos desde 1983 a hoy, serie que se toma por su inédita continuidad y cercanía en el tiempo. Se redondean algunas cifras, para no recargar la lectura dominical con detalles. Reseñemos.



- Si es reelegida la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el Frente para la Victoria (FpV) será la única fuerza política que acollare tres mandatos presidenciales consecutivos.



- En tal caso se empardará un logro de estabilidad política del menemismo: dos sucesiones presidenciales prolijas, ejercitadas en tiempo y forma. Los dos gobiernos radicales acortaron su mandato, tabla de salvación a la que también debió acudir el presidente provisorio Eduardo Duhalde.



- Si CFK supera el 51,7 por ciento de los votos válidos emitidos mejorará la mejor marca previa, lograda por el presidente Raúl Alfonsín en 1983.



- Si el FpV logra primera minoría en 23 de los 24 distritos alcanzará el record de Carlos Menem en 1995.



- Si el segundo no excede los 22 puntos porcentuales será el challenger menos votado de la etapa. La distancia con el triunfador también puede ser la más grande.



- Entre 1983 y 1999 el radicalismo quedó primero o segundo, con una sola excepción. Fue en 1995, cuando el Frepaso lo desplazó al tercer lugar. Desde 2003 no consigue el subcampeonato. Si tampoco llegara el día 23 enlazaría una serie deprimente, constante y única.



- Si la UCR no reconquista alguna gobernación quedará con su peor acumulado: sólo dos, como en 1987.



- Si el peronismo, en su variada oferta, conserva todas las provincias que pone en juego dentro de siete días, gobernará 17. Hay que remontarse a 1987 para encontrar una primacía similar. Una salvedad debe hacerse: en aquel entonces ni la Ciudad Autónoma ni Tierra del Fuego elegían su gobierno local.



- Una comparación referida al socialismo tiene sus bemoles porque integró la Alianza, como coalición que llegó a la Casa Rosada. Pero, habida cuenta de su rol secundario (o terciario) en ese armado, su performance puede ser la mejor en presidenciales, lo que sería más llamativo si accede al segundo puesto.



Todas esas perspectivas pueden convalidarse, cualquiera puede quedar en agua de borrajas. Algunas dan la sensación de ser irremisibles. Habrá que ver y contar.



La corroboración (y, aun, la cercanía) de tantas novedades alude a cambios sustantivos en el sistema político y en las preferencias populares. Datos sólidos, surgidos de la máxima expresión de la voluntad popular y no de especulaciones o dictámenes sesudos.



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La realidad efectiva: Cuando prolifera el futurismo en variopintas miradas “anti-K” o “no-K” es sugestivo detenerse un poco en lo tangible, en lo que hay. El kirchnerismo es una novedad potente en la saga democrática. La estabilidad política y económica aunada a la preeminencia sobre partidos alternativos validan lecturas menos despectivas, menos ansiógenas, más consistentes que las que expresa el discurso dominante en ciertos medios y en algunos (cada vez más circunscriptos) ámbitos académicos. Variables económicas e ideológicas confluyen para explicar su potencia, que no obliga a nadie a sumarse a sus filas pero que no es serio soslayar en ningún análisis y menos en “las mesas de arena”.



El cronista elude (por una vez y sin renunciar a nada en el futuro) la enumeración de medidas, a su ver, virtuosas, notables o hasta fundacionales del actual oficialismo. La “lista de almacenero”, como la llamó un joven escritor, que tiene su contrapartida en la nómina de errores, demasías o carencias. Son re-conocidas, en promedio. A los efectos de esta nota baste decir que las políticas laborales, sociales, económicas, el crecimiento exponencial del número de jubilados y la Asignación Universal por Hijo son “realidades efectivas” que ameritan bastante más que la subestimación. El reforzamiento del Estado, que puede afiliar a la AUH a una millonada de personas en un santiamén, emprolijar el otorgamiento de jubilaciones y pensiones y recaudar impuestos como jamás se hizo son hitos consistentes que impactan en el patrimonio de millones de personas.



La legitimidad que exprese la sumatoria de votos de CFK es de ejercicio. Ahí finca el presente y la potencial evaluación ciudadana del pasado reciente. Sus adversarios no (se) dan cuenta de esas minucias. Ahora, en vez de pensar cómo construir una alternativa superadora, se engolosinan en el futurismo agorero. Brotan hipótesis acerca de cuál será la causa de la decadencia futura (imaginada inexorable, tanto como anhelada) del Gobierno. El agotamiento del “modelo”, la recesión en Brasil, un derrumbe en China, la guerra intraperonista por la sucesión... Todas esas barajas son independientes del hacer opositor, que reincide en un criterio que ejercita desde 2009: jugar sus fichas al “mundo exterior”. Y llegado el caso, a alguna forma de desdicha colectiva. Hasta ahora, se supone, no fue un camino sensato.



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Puede parecer una exageración acusar a “la oposición” y sus voceros mediáticos o cultos de negar “la realidad”. Sin embargo, algo de eso hay y, para colmo, no es novedad. Describir al peronismo como un simulacro, una impostura es una costumbre recurrente desde 1945. El menemismo no habilitó críticas de ese tenor porque era maná para los “contreras”: probaba (a su modo) que el justicialismo encarnaba todas sus críticas. El kirchnerismo resucita al “negacionismo”. Hay un declive que lleva no a cuestionarlo (lo que, huelga puntualizar, es lícito y hasta necesario) sino a señalar que “ese animal no existe”.



Es una fantasía amasada con mitos y mendacidad. Ni lo que hace es de verdad, ya que se le imputa perseguir otros fines a los proclamados o ¡a los concretados! He ahí una clave en boga. Se remacha: durante los primeros mandatos de Juan Domingo Perón esa tendencia fue dominante. “Nipo-nazi-falangismo”, como le gustaba comentar a Arturo Jauretche. Jorge Luis Borges, quién si no, escribió un cuento canónico (El simulacro) describiendo a un falso viudo que recorría pueblos con una muñeca de peluca rubia en un ataúd, recibiendo pésames y adhesiones. Los equiparaba a Perón y Eva. Un cuento notable coescrito con Adolfo Bioy Casares, Esse est percipi, propone que el fútbol y la política de masas no existen, son inventos de publicistas que los transmiten por radio ante la credulidad de la muchedumbre.



Al kirchnerismo, con cien diferencias enormes determinadas por las circunstancias de contexto, le cabe un sayo similar. Todo lo que hace, a estar a ciertas narrativas, es otra cosa que incorrecto o desacertado: es falso. Demos un ejemplo, entre docenas. Hay un cambio copernicano, formidable en materia de derechos humanos. Se reabren los juicios, se suceden las condenas. Se replica: es una falacia, sólo destinada a sumar votos. El ex presidente Néstor Kirchner, se fustiga, jamás se había involucrado en esos temas. Esas especies han sido refutadas pero, aun de existir, serían nimias, anecdóticas frente a la contundencia del avance ético e institucional. Y, llegado el caso, es doblemente interesante que alguien recorra el camino inverso al teorema de Baglini, por una vez: ser más audaz en el poder que cuando estaba en tránsito. Por último: hasta el 2003 a nadie se le había ocurrido ese camino para congregar adhesiones masivas, todas las fuerzas de gobierno eligieron otro rumbo.



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Izquierdas posibles, aquí y cerca: El cronista debe a una (su) lectura reciente haber refrescado la persistencia en reducir al peronismo a un espejismo, un fenómeno de manipulación debido a un monstruoso aparato de propaganda, un desvarío provisorio sin raíces ni lógica. Se trata del libro Peronismo y cultura de izquierda, del ensayista y académico Carlos Altamirano. Es una compilación de ensayos o intervenciones redactadas en distintos momentos. Su eje, la tensa relación entre el peronismo y las vertientes de izquierda, políticas o culturales. El libro es, con algunos agregados, una reedición: fue publicado en 2001. Altamirano, en el prólogo actual, incluye una reflexión digna de resaltar. Suprime un epílogo que cerraba el texto en 2001. Uno de los párrafos eliminados decía “como no sea nostálgica o paródicamente ¿quién puede decir hoy que el peronismo es el hecho maldito del país burgués? Hoy no podría suscribir, sin más. Estas palabras que reflejaban la convicción de que se asistía al fin de una época de la ideología argentina”. Y agrega: “Con la llegada de los gobiernos de Néstor y, sobre todo, de Cristina Kirchner se modificó el clima ideológico (...) una veta ideológica que me había parecido no agotada pero sí destinada a una existencia residual ha sido reactivada en estos años”. Por eso, Altamirano mocha el epílogo, el cierre de la historia. El kirchnerismo reabre el debate. Hay en esos –digámosle– puntos suspensivos más consistencia y sugerencia que en ríos de tinta que corren estos días. Aclaremos, antes de que se inicie la gritería denuncista, que Altamirano es un intelectual de izquierdas, que acaba de firmar una solicitada de apoyo a la candidatura del gobernador Hermes Binner.



El cronista estira la sugestiva elipsis del “Negro” Altamirano al que lo ligan años de respeto, sanas discrepancias y relativos acercamientos. El kirchnerismo es la izquierda posible gobernante, hoy y aquí. Nula exclusividad, el fenómeno es regional, con múltiples matices. Sus vecinos, parientes y aliados (la Concertación chilena, el PT brasileño y el Frente Amplio Uruguayo) desempeñan el mismo rol en sus respectivas comarcas. No lo son por ser “izquierda pura” (si la hubiera) ni la propuesta más radicalizada existente en cada caso. Sí porque sólo admiten, en el siempre interesante plano de lo real disponible, alternativas de gobierno que están a su derecha. Alternativas, se subraya, aptas así sea potencialmente para desplazarlas en las urnas. Alternativas, pues, con virtualidad electoral.



En la Argentina, el escenario cercano está signado por numerosos errores tácticos de los partidos de oposición, enumerados más de una vez. Pero también, y esto se dice menos, por la ausencia de un partido asumidamente de centroderecha que sincere su identidad y proponga otro modelo. El duhaldismo no alcanza a serlo, más allá de su gestualidad neo facha, porque a su líder no le da el piné. El jefe de Gobierno Mauricio Macri encarna ese espacio y desertó de la contienda. Con el tiempo se verá si esa retirada fue un acierto o una pérdida de tiempo o el primer paso de la frustración definitiva de su perspectiva electoral. Por ahora, cabe parafrasear a Alberto Cortez: cuando un (el) adversario se va deja un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de un clon imperfecto.



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Futuro abierto: El embate de los “gobernas” peronistas, restricciones alimentarias a los chanchos de la China, la inflación desatada, el agotamiento de las reservas del Banco Central... Las agorerías entretienen a opositores que subestiman o ningunean la instancia magna que se producirá el domingo.



El segundo mandato de Cristina Kirchner puede desembocar en muchos porvenires posibles, que incluye el fracaso. El futuro, empero, no está escrito y depende de muchos factores entre los que destaca la capacidad de adecuación y de respuesta del actual oficialismo, cuya potencia y legitimidad de ejercicio se corroborarán muy pronto.



En las vísperas, se lo reprende por querer “perpetuarse en el poder” como si hubiera algún líder o partido que aspire a su propia derrota. El PT lleva tres mandatos, el Frente Amplio los ansía. La Concertación sostuvo cuatro presidentes al hilo, perdió recientemente y va por la revancha.



Querer ganar elecciones, contra lo que pregona la Vulgata, no es un crimen, sino un aliciente esencial de la democracia. Ganarlas no es pecado, más bien. Perderlas tampoco... pero es una circunstancia aleccionadora que debería inducir a mirar, pensar y comprender. Conocer la realidad no fuerza a hincarse ante ella, pero es condición necesaria para cualquier modo de acción política, incluyendo el de querer modificarla.
Fuente: 
Página|12.