Domingo, 16 Octubre, 2011 - 09:01

Diferencias

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Un sofocón, una lección y algunas moralejas. Era primero un tema puntual, localizado y perfectamente manejable, pero todo se fue degenerando, de manera bien argentina, en escalada progresiva y casi imperceptible que desencadena la clausura de la frontera internacional.

 Concluyó el 20 de junio del año pasado, pero duró casi tres años y medio, desde noviembre de 2006, aun cuando ya antes del largo corte final hubo varios bloqueos parciales. Antes, el presidente Néstor Kirchner se había abrazado con los piqueteros de Gualeguaychú al participar de la asunción presidencial de Michelle Bachelet en Santiago de Chile, el 11 de marzo de 2006. Semanas después, el 5 de mayo, Kirchner declaró desde el corsódromo de la ciudad entrerriana que respaldaba como causa nacional y “una lucha de toda la Argentina” a los protagonistas del corte de la frontera.



En esa jornada enfebrecida y exasperada, Kirchner acusó al presidente Tabaré Vázquez de violar el Tratado del Río Uruguay y el entonces gobernador mendocino, Julio Cobos, que ya cocinaba activamente su patético paso al oficialismo, lo precedió, pidiendo “nacionalizar la preocupación entrerriana”. Como si fuera poco, el gobernador entrerriano, Jorge Busti, rociaba de ditirambos a Kirchner y proclamaba una inquietante y lúgubre: “Soy testigo presencial de que el presidente agotó todas las vías de la diplomacia”, mientras que el intendente Daniel Irigoyen se golpeaba el pecho y vociferaba: “Este pueblo eligió luchar”. En primera fila, escuchaban atentamente esas efusiones bélicas Cristina Kirchner, Daniel Scioli y Aníbal Fernández.



La Argentina de 2006 estaba al rojo vivo con Botnia y el corte de la frontera. Partidario, como siempre, de las concertaciones armónicas, hasta el ex presidente Raúl Alfonsín, si bien proponía acordar con Uruguay, no se privaba el 4 de mayo de 2006 de castigar a los uruguayos porque “el anterior gobierno del ex presidente Jorge Batlle avanzó de manera avasallante, siguiendo paradójicamente el ejemplo de las grandes potencias contra toda la tradición uruguaya en política internacional”.



¿Uruguay, gran potencia? Aun cuando fue en 1982 el único líder argentino en no avalar la aventura militar en Malvinas, en este caso Alfonsín zamarreaba con dureza a los orientales, alegando que “el gobierno uruguayo había ‘olvidado’ su larga tradición de defensa del derecho internacional y su cultura de la búsqueda de soluciones institucionales”.



Si desde el gobierno peronista, la dureza con Uruguay era cortante y la justificación del disparatado corte de la frontera era muy evidente, desde la oposición, Alfonsín acusaba a Uruguay por su supuesta “falta de transparencia en la forma de presentar los argumentos y hasta diría un poco de caballerosidad al aprovechar el desconcierto del lado argentino”. Pero, tres años antes de su fallecimiento, Alfonsín reconocía que Tabaré Vázquez había sido “empujado incomprensiblemente por nuestro país a una situación en la cual no tiene margen político para flexibilizar su posición” y además denunciaba que Kirchner “es también responsable de la situación. Actuó de manera condescendiente y confusa en un principio para pasar luego a una actitud desmedida”.



Cuando esta semana Vázquez anunció su retiro de la actividad política pública, tras haber revelado los entretelones de la durísima coyuntura de esos años, y admitido que su país se preparó para lo peor en el litigio contra la Argentina, muchos políticos y opinadores varios se rasgaron las vestiduras. Los comentarios de Vázquez, desnudando sus temores y preparativos, fueron un terremoto en el vecino país, porque era el candidato presidencial inexorable del izquierdista Frente Amplio, tras haber sido presidente de 2005 a 2010, a la finalización del quinquenio de José Mujica (1º de marzo de 2015),



Las palabras de Vázquez, al hacerse cargo de las consecuencias de lo que dijo, directamente son muy elevadas para el nivel de preocupaciones éticas argentinas. Tras admitir que fueron declaraciones “inoportunas”, que “pueden dañar las relaciones de su país con la Argentina, el proyecto político de la izquierda uruguaya y al propio Frente Amplio”, presentó sus excusas y sin mayores vueltas anunció su “retiro de la actividad política pública”.

En la Argentina, un país que le declaró la guerra a la OTAN hace casi treinta años, todos salieron a pegarle a Vázquez, alarmados, excitados y molestos, como si realmente nadie pudiera dudar de la conducta de un país tan mercurial, volátil e imprevisible como la Argentina. Vázquez se explicó: “Hay quienes se sorprenden, como si esto no tuviera fundamento. Hay que recordar que los piqueteros entrerrianos dijeron que vendrían a manifestar a Uruguay, que hubo quien dijo que iba a venir con dinamita, amenazaron con ocupar la planta de Botnia, los militantes de Greenpeace manifestaron en el río y tiraron al agua a un oficial de Prefectura, entre otros hechos. Todos los presidentes de la región manejaban esa hipótesis de conflicto, otra cosa es que se admitiera. Y ante esa situación, ¿qué se pretendía que hiciera el presidente de un país pequeño que está amenazado? Pensar desde lo mejor a lo peor, y pedir apoyo, un apoyo que era en lo político y en lo diplomático, pero que partía de la base de la peor hipótesis. Si no lo hubiera hecho y llegaba a pasar algo, se iban a preguntar: ¿y el presidente qué hizo?”.



Todo el episodio, en clave del asfixiante solipsismo argentino, resultó una “ofensa”, como si la Argentina fuese un país exento de antecedentes violentos e irracionales. Pero deja un par de lecciones contundentes. La primera es que el larguísimo bloqueo de una frontera internacional del lado argentino fue una gruesa ilegalidad, consentida durante mucho tiempo por la opinión pública, y avalada tácita y hasta explícitamente por el Gobierno. La otra enseñanza pertenece al mundo de los valores. Al percibir la inconveniencia de su sincericidio, Vázquez se fue de la política, en vez de justificarse y autoindultarse. ¿Alguien conoce a algún político argentino capaz de lo mismo?
Fuente: 
Perfil.