Sábado, 15 Octubre, 2011 - 19:45

Panorama Laboral
Entre freno, acelerador y viraje

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A pocos días de las elecciones, Hugo Moyano volvió a hacerse escuchar, con palabras de advertencia para el Gobierno. Por un lado, dijo que se vienen tiempos difíciles para la Argentina en el contexto de una crisis mundial. Por otro, tras calificar a la Presidenta como "dura", aseveró que "gobernar no es mandar, gobernar es persuadir. Mandar es obligar y a mí no me gusta que me mande nadie".

Una tercera frase también contuvo su alerta: dijo que será "más complicada la discusión salarial con los empresarios" en el próximo período.



Todas las circunstancias aludidas forman parte del planeta Moyano, tanto en lo referido a su situación política particular como al panorama general en materia económica y laboral, aspectos ambos que están interrelacionados.



En cuanto a su caso, los indicios recogidos hasta el momento marcan que por ahora Moyano podrá esperar sentado en el sillón principal de la CGT el cumplimiento de los plazos estatutarios de la central sindical, hasta el día de la renovación del cargo mayor.

Pero hasta entonces el jefe de camionero y cegetista, sus acompañantes y sus transitorios adversarios deberán seguir -desde la entidad madre y desde sus propias organizaciones- surfeando la coyuntura política y económica, en cuyo marco aparecen varios signos de interrogación.



En las últimas semanas se multiplicaron los debates acerca de la continuidad del crecimiento económico local en los actuales niveles.



Y volvieron a encenderse luces de alerta que desde hacía muchos años estaban apagadas, como, por poner un ejemplo, la posibilidad de un freno en la producción de la industria automotriz, con las consiguientes consecuencias para los trabajadores. Ya estaba prácticamente archivado el recuerdo de las suspensiones o de las vacaciones anticipadas, pero ahora ese fantasma volvió a escena.



En otro andarivel, pero al mismo ritmo, se vuelve a desarrollar el debate sobre los salarios, afectados por los aumentos de precios y por tributos como el Impuesto a las Ganancias, con ribetes de inconstitucionalidad a la hora de interpretar que es un recorte feroz a los sueldos, que el Fisco, de hecho en esta cuestión, coloca en un incorrecto pie de igualdad con, por ejemplo, los dividendos de una empresa.



Otro punto imposible de no abordar permanentemente es el desempleo y sobre todo el subempleo, que, como siempre, se sospecha que están en niveles superiores a los que cantan las estadísticas oficiales, en duda desde hace bastante.

En ese mismo marco tampoco puede esquivarse el abordaje de un flagelo que es una mancha indeleble en la historia laboral y económica argentina, como el empleo en negro.



Ya es inconcebible, y por tanto inaceptable, que casi cuatro de cada diez trabajadores argentinos -y en este caso solo contemplando las estadísticas oficiales, con la ventaja que ello significa otorgar a una posible minimización del problema- cobre su salario al margen de la ley, con consecuencias negativas para las arcas fiscales pero ante todo para el empleado, desprovisto de toda protección de la seguridad social.



"El trabajador en negro es un desaparecido social", fue la frase que acuñó y dejó para la historia del trabajo en la Argentina el abogado laboralista de la CGT y diputado nacional Héctor Recalde.



Ese solo ítem es suficiente para, acá y en cualquier lugar del mundo, considerar que una economía -basada obviamente en decisiones políticas- tiene severas fallas, y que el concepto de equidad y bienestar general está gravemente herido.



En una sintonía similar, y sin poder ser despegadas de todas las otras cuestiones, se han transformado en omnipresentes la pobreza y la indigencia, dramas sobre los cuales las estadísticas juegan a bajarlos por efecto de una arbitraria línea divisoria que absurdamente se mide en centavos.

Desde el universo gremial dicen que han tomado nota nuevamente de estas variables, que en realidad ya son una rutina, y van analizando cómo actuar ante ellas. En esta ocasión la cuestión tiene ribetes especiales, habida cuenta de que, como se especula, el Gobierno conseguiría un rotundo aval en las urnas en las próximas jornadas y él es el que en definitiva decide las políticas para el país.



A partir de allí la historia de las relaciones podría no ser la misma (señales ya hubo, por cierto), lo cual contaría con el dato adicional -y preocupante- de la crisis planetaria.

En estas circunstancias las potencias son los pasajeros de primera del Titanic y ocupan rápidamente los botes de salvataje, mientras los viajeros de primera y segunda quedan librados a su suerte y a sus propias habilidades, por más que los discursos quieran expresar lo contrario.



Y entonces, una posible degradación de las relaciones con el Gobierno, con el agregado de la histórica y recurrente propuesta global de "salvémonos nosotros y después sálvese quien pueda" digitada desde los centros del poder mundial y la posibilidad de que los coletazos puedan volver a sentirse por estas latitudes -más allá de las reconocidas condiciones argentinas más favorables que en otras épocas-, permite especular con que los hasta ahora relativamente contenidos movimientos sindicales podrían empezar a mostrar alguna brusquedad.



Ello, por supuesto, dependerá de la intensidad de los eventuales efectos de los sismos externos, de los remezones internos y de las relaciones políticas promovidas desde el oficialismo. En este marco, el Gobierno también se encuentra ante una encrucijada, pues en caso de crisis es una cuestión de manual que es conveniente tener a los gremios de su lado que en la vereda de enfrente.



En definitiva, recién entonces se verá si los sindicalistas continuarán con rítmicas presiones a freno y a acelerador (aunque en realidad en estos años han apelado más al primer mecanismo) o decidirán imprimir algún viraje áspero a su hasta ahora cauteloso andar.
Fuente: 
DyN