Domingo, 9 Octubre, 2011 - 11:13

Atenazados

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A sólo dos semanas de las elecciones, el sindicalismo continúa embretado por sus conflictos internos y a la vez expectante sobre el rol que tendrá en el universo político local después de los comicios.

No obstante, no reina precisamente el optimismo en los espíritus de los dirigentes, quienes están convencidos de que si confirma la performance de las elecciones primarias, el Gobierno verá fortalecida la posibilidad de someterlos.



Claro que, también conocedores del paño político durante décadas, contabilizan a su favor la necesidad que seguirá teniendo el Gobierno de mantenerlos ubicados de su lado para que no se agiten las aguas en los próximos cuatro años de gestión.



En ese aspecto, entonces el intercambio de favores por necesidades mutuas vuelve a necesitar de una ratificación. Y en tal toma y daca, una importante porción del gremialismo peronista considera que Hugo Moyano es la prenda de canje con la administración "cristinista".



Hasta los momentos más recientes, después de varios cónclaves cruzados de los referentes de los grupos en que está dividido el mundo sindical, el acuerdo fue dejar seguir a Moyano al frente de la CGT hasta el final de su mandato, a mediados de 2012, y entonces colocar una figura de recambio.



Entre los nombres que circulan desde temprano para ocupar el sillón mayor de la CGT figuran el del metalúrgico Antonio Caló y el del estatal Andrés Rodríguez, a los que últimamente se sumó el del mecánico Ricardo Pignanelli.



Puede haber algunos más, pero en principio estos tres son los potables en estos momentos por su afinidad con la Casa Rosada y la prudente distancia que los separa de Moyano y los mantiene cerca de los otros grupos.



Pero en este debate sobre oficialismos, oposiciones, lealtades y sucesiones, nada original por cierto en la historia del sindicalismo peronista, también se escucha, y fuerte, al protagonista central de la historia.



Moyano caminó por todos los andariveles en los últimos días, yendo desde la crítica y la advertencia hasta la ratificación de su fe oficialista.



En este nuevo capítulo, primero lanzó un contundente apoyo al dirigente ferroviario Rubén Sobrero cuando lo metieron preso y pegó con rudeza cuando advirtió que en el país "los únicos que van presos son los sindicalistas".



En el medio volvió a hablar en una universidad privada y criticó a quienes desde el Gobierno se pronunciaron contra Sobrero. Incluso fue un poco más allá y alertó, sin dar nombres, sobre el riesgo de una hipotética injerencia de un poder del Estado en otro.



Pero hacia el fin de la semana firmó un documento de apoyo a los "logros importantes" del Gobierno, en conjunto con su colega oficialista de la CTA Hugo Yasky.



Moyano ajusta y afloja las riendas según su situación y, por supuesto, su conveniencia, mientras siguen rodando versiones y operaciones para decidir su futuro. Y al mismo tiempo mantiene activos los mecanismos de presión de su sindicato, volviendo a encender las luces amarillas y avisando que tiene el suficiente poder de fuego para desarrollar conflictos de envergadura en caso de que no se contemplen sus demandas.



Sin ir más lejos, hubo dos ejemplos al respecto. Uno en el área de una empresa de catering en el aeropuerto de Ezeiza, que abastece de alimentos a los aviones, por reclamos de encuadramiento sindical y salarial. El otro, en canteras de Tandil que cesarán su actividad y donde los camioneros reclaman que se garanticen sus fuentes laborales.



Pero al mismo tiempo, el conjunto de los gremialistas mantiene su mirada en otras cuestiones que atañen a todos, más allá de sus diferencias políticas generalmente coyunturales.



Un caso es el Impuesto a las Ganancias, que cada vez alcanza a más trabajadores. Días pasados fracasó un intento de un sector de la oposición en la Cámara de Diputados para abordar una modificación, elevando el mínimo no imponible a partir del cual se aplica ese tributo.



En ese marco, se estarían escuchando en algunas organizaciones voces de queja por la incidencia de ese impuesto en los haberes, que se ven más afectados a partir de la aplicación de los aumentos firmados en la última ronda de paritarias.



Otro caso es el aumento de los precios, que lógicamente también devora sin piedad los sueldos.



De tal manera, la combinación de Impuesto a las Ganancias e inflación produce un ácido cóctel que puede convertir en polvo las mejoras pactadas en las negociaciones salariales.



Y así, hay gremialistas que ya están empezando a analizar, de manera individual o conjunta, reclamos y acciones para al menos neutralizar efectos negativos, pues perciben presiones -tanto potenciales como reales, tanto desde arriba como desde abajo- que podrían comenzar a atenazarlos con intensidad.
Fuente: 
Agencia DyN.