Domingo, 2 Octubre, 2011 - 08:38

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Era cierto y es cierto. El pasado 26 de marzo, la portada de PERFIL fue encabezada con este titular: “El Gobierno negocia un pacto secreto con Irán para ‘olvidar’ los atentados”. En pocas horas, una avalancha de indignadas reacciones se sincronizó para defenestrar la revelación.

 En lugar de desmentir claramente lo que yo destapé, el coro militante hizo asesinato de carácter. Seudoperiodista, agente de los servicios iraníes, hombre del Mossad, peón de “la embajada”, títere de la CIA. Las invectivas, enojadas y empapadas de odio, vinieron desde la Cancillería hasta la AMIA, pasando por la lubricada máquina mediática del Gobierno. La primicia, hay que admitirlo, era pesada de digerir. Revelaba duplicidad oficial en sus políticas de captación y/o neutralización de los judíos argentinos y –sobre todo– de su presa codiciada, lo que percibe como todopoderoso lobby judío norteamericano.



La reacción no sólo fue mediática y política. El fiscal especial de la causa AMIA despachó seis misiones policiales a mi casa y a mi oficina exigiéndome que me presentara en fecha y hora ordenadas por él, para aportarle todas las “pruebas” de mi artículo. Como yo estaba en Europa, concurrí a la mencionada fiscalía el 28 de abril. Tuve que explicarle a Alberto Nisman que no podía exigirme revelar las fuentes de mi información, pero le expliqué con pelos y señales que el Gobierno había decidido cambiar su política con Irán, tras el viaje casi secreto de Héctor Timerman a Siria, donde se reunió con el dictador Hafez el Assad el mismo día que el déspota recibió al colega iraní de Timerman. La primicia mundial que publicó PERFIL fue seguida de otra el 23 de julio, cuando revelé los detalles del pintoresco ofrecimiento de “diálogo” de Irán a la Argentina (“Las condiciones que pone Irán para negociar”, págs. 14 y 15).



Tras estos dos informes, que mostraban el perfil oportunista y zigzagueante de una administración en la que coexiste el disco rígido “antisionista” de los años 70 con un pragmatismo impúdico para seducir a Occidente, hubo silencio. Confusa, desinformada, carente de riguroso análisis político y reducida a cero su capacidad de hacer inteligencia, la comunidad judía argentina, proverbialmente enfrentada y dividida entre AMIA y DAIA, trotó obedientemente tras el Gobierno. La Presidenta no sólo proclamó ante la ONU que recibía con agrado la “oferta” iraní, sino que –para hacer méritos con la teocracia de los ayatolás– le ordenó al emisario argentino en el organismo que se quedara en la Asamblea General escuchando cómo el presidente iraní, Mahmoud Ajmadinejad, negaba el Holocausto y banalizaba hirientemente los 3.000 asesinatos perpetrados por Al Qaeda en Nueva York el 11 de septiembre de 2001. La obsecuencia exhibida por la Argentina no sirvió para nada. Ajmadinejad ni siquiera mencionó el caso AMIA y dedicó su discurso a su rutinario antisemitismo. No habló de la oferta de “diálogo” por la sencilla razón de que tal diálogo jamás fue propuesto. Sólo Cristina y Timerman creen (o fingen creer) en él.



Aunque la dirigencia judía se niega a aceptar el peso de estos hechos, el famoso “ofrecimiento” iraní es un chiste. Rechaza y niega todo lo que se investigó en la Argentina tras las 85 muertes del 18 de julio de 1994 y advierte que jamás extraditará a los jerarcas del régimen acusados por la Argentina, a la que le ofrece ayuda para hallar a “los verdaderos culpables”. Ante esta macabra farsa, Cristina Kirchner responde en la ONU que no puede negarse a aceptar el “diálogo” con Irán. Además, apoyada sólo en su memoria y sin documentarse como corresponde, dice ante el mundo que si el régimen de Teherán no tiene confianza en la Justicia argentina, “podemos seguir el modelo de Lockerbie y elegir una corte en un tercer país, de mutuo acuerdo, para encontrar lo único que buscamos, que es justicia”. Otra vez la improvisación. El juicio a los terroristas que hicieron volar en pedazos el vuelo Pan Am 103 que sobrevolaba la ciudad escocesa de Lockerbie en diciembre de 1988 se desarrolló en Holanda a pedido de Libia, cuyo gobierno había organizado el salvaje atentado (270 muertos), pero fue llevado adelante por jueces escoceses y bajo la ley escocesa. Es inexplicable que la Presidenta se maneje con desprecio tan flagrante a la verdad de los hechos históricos. ¿Aceptaría Irán que el juicio por la AMIA lo condujeran jueces argentinos en un tercer país? ¿De qué “diálogo” habla entonces, y para qué menciona el antecedente de Lockerbie, inaceptable para Irán?



Sólo por esto, el Gobierno le ordena al pobre Argüello que se quede a rendirle pleitesía a Ajmadinejad. ¿Para eso despachó a Nueva York a cuatro dirigentes de la comunidad judía y a cuatro militantes kirchneristas que configuran hoy la quinta columna dentro de la colectividad? ¿Para escuchar los desvaríos fundamentalistas del déspota iraní? ¿Puede Cristina cortejar a los judíos y al régimen de Irán simultáneamente y pretender ser creíble? Los balbuceos de Argüello dieron vergüenza: “En los últimos años, y como producto de la negativa cerrada de Irán a colaborar con el proceso judicial llevado adelante con relación al atentado terrorista contra la AMIA, la banca argentina quedaba desierta cuando Ajmadinejad tomaba la palabra. Hoy voy a estar en la banca cuando hable, como consecuencia del discurso que pronunció ayer la Presidenta. Ellos han dado señales de querer colaborar (sic) con la causa y la Argentina está lista para contribuir en todos los terrenos a que se haga justicia y se encuentre, juzgue y condene a los responsables del atentado”.

¿Cuáles son las señales de querer colaborar? Luis D’Elía, el cuadro político preferido de Irán en la Argentina, no cree que haya ahora un cambio proislámico en la política exterior argentina. “Si uno mira la procedencia ideológica de Cristina, no hay cambio. Ella viene de lo que es la izquierda nacional y popular, viene de la Juventud Peronista de los 70, esa JP que tenía fuertes lazos con Yasser Arafat y la visión de la OLP. Lo veo como una ratificación de lo que siempre pensó Cristina”, explica. Para D’Elía, “dialogar con Irán es muy bueno. Cuando Cristina dice que se haga un juicio en un tercer país es porque en Argentina no se dan las garantías (sic). De alguna manera, está diciendo que si, quizás, hay alguna duda en el expediente, está bien que haya juicio en un tercer país. Irán pide diálogo y Cristina dijo ‘hablemos’, eso es muy importante”.



La semana en que Cristina habló en la ONU, Timerman se hizo el tiempo para participar de una “misa ecuménica” por la salud de Hugo Chávez. Estrella del curioso evento espiritual fue el actor Sean Penn, famoso por vivir embelesado por las dictaduras tropicales. Para cumplir, Timerman se costeó hasta la iglesia de Riverside, a la altura de la calle 121 Oeste de Manhattan. Allí oró junto al canciller de Chávez, Nicolás Maduro; el presidente boliviano, Evo Morales, y el canciller cubano, Bruno Rodríguez, quien luego pidió por la recuperación de Chávez desde el púlpito. Desde La Habana, el venezolano dijo por teléfono a los fieles que su cáncer es “algo maligno que se está convirtiendo en benigno”. Al terminar el oficio, Timerman pidió sacarse una foto con Penn.

Los acompañantes de la comitiva judía de Cristina Kirchner en Nueva York también fueron ecuménicos y aceptaron sentarse a una misma mesa, en pie de igualdad, absurdamente citados por el Congreso Judío Mundial. Allí cordializaron Angel Barman, de la AMIA; Aldo Donzis, de la DAIA, y el representante de una entidad que, pese a llamarse Familiares y Amigos de las Víctimas de la AMIA, hoy no representa a más de cinco o seis de los 85. ¿Seudoperiodismo?
Fuente: 
Perfil.