Sábado, 1 Octubre, 2011 - 19:50

De domingo a domingo
Cristina endulza la oreja de los votantes y apunta a disimular la crisis, pero los mercados desconfían

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Mientras la economía mundial se desinfla, los Estados Unidos y Europa ponen parche sobre parche para ver cuánto pueden aguantar, China se repliega y Brasil se blinda, el precio de la soja cae 100 dólares en un mes y la Argentina no deja de perder reservas, la presidenta de la Nación emplea a diario todo su arsenal oratorio, que en tiempos electorales oscila entre lo nacionalista y lo melancólico, para acaramelar los oídos de los votantes, justamente con la música que ellos más quieren escuchar.

Algunos dicen, con buena parte de razón, que las primarias fueron ganadas por Cristina Fernández gracias a la economía, pero no hay que dejar de lado como ingrediente muy importante esa veta de locuacidad que al argentino medio tanto le gusta y que la Presidenta interpreta como nadie: somos los mejores del mundo, las fuerzas opresoras y los poderes concentrados no nos dejan despegar, pero por suerte aquí está el Estado que llegará para salvarnos.



Este libreto tan particular, que deja notoriamente de lado a las instituciones y que sirve de algún modo para entronizar el piloto automático hasta que llegue el 23 de octubre, tiene como característica central la apelación entusiasta que une el orgullo por la camiseta, con la grandiosidad de las obras y con el fetichismo tan argentino de tener a mano un salvador providencial. Además, incluye la repetición permanente de muchas medias verdades que pocos se animan a refutar y que son amplificadas a diario por funcionarios y medios propios.



El discurso presidencial que se emitió por cadena nacional hace tres días, la tarde en que Cristina apretó los dos botones que empezaron a poner en régimen la central de generación atómica Atucha II para que entregue energía a pleno recién en 2013, fue una buena muestra del poder de su carisma oratorio. Tonos de arenga, pausas para distender y generar suspenso y a veces algún quiebre emocional fueron, desde las formas, las armas que utilizó puntualmente para armar un relato bien redondo a la medida y el gusto del argentino medio.



Entre otras cosas, la Presidenta habló del logro de haber "recuperado la decisión de que el país debe gobernarse a sí mismo" y del impulso vivificador de obras grandiosas, como la misma Atucha o Yacyretá; llamó a los obreros de la central nuclear o del astillero Storni "custodios de la soberanía nacional"; destacó que se haya reparado un submarino sin "tener que llevarlo a Brasil" y fustigó las "injerencias externas para que la Argentina no tenga desarrollo nuclear", un esfuerzo "que ha sido pionero en América latina".



También se alegró que 88% del gasto de Atucha II hayan sido "insumos y suministros argentinos y mano de obra de trabajadores argentinos", junto al "orgullo" de ser el segundo país, después de China, "que más ha hecho crecer su economía en todo el mundo".



Pero, más allá de tanta epopeya y quizás para darle la razón a Mirtha Legrand, quien ponderó su innegable habilidad escénica, tanto empalago del auditorio le sirvió a la Presidenta para no decirle al auditorio también algunas cosas complicadas: cuánto costó la obra (se calculan U$S 7.500 millones en un cuarto de siglo), cuál es el grado de antigüedad de su tecnología y en qué estado de retroceso se encuentra el sentimiento generalizado en el mundo, en relación a los proyectos de electricidad generada por usinas nucleares, tras el desastre de la planta de Fukuyima, en Japón.



Pese a estas cuidadas omisiones, el dominio de la agenda y la seguridad en la transmisión es tan abrumador que, a tres semanas de las elecciones, al Gobierno no le hace cosquillas siquiera ni la inflación, ni la inseguridad, ni la corrupción. Es Cristina, desde ya, quien interpreta mejor que nadie los deseos de buena parte de la sociedad. Ella sabe qué botones apretar y está bien claro que lo hace mucho mejor que los opositores de ocasión, quienes o bien pretenden convertirse en una copia devaluada del mismo libreto o no se animan a explicitar una verdad diferente ante el electorado.



En sus peleas, casi todo el arco opositor se ha pasado buena parte de la semana culpándose los unos a los otros de ser "funcionales" a la reelección presidencial, sin hacerse cargo que, ante los votantes, no hay nada más funcional que la falta de ideas para encarar un proyecto de contraste.



No hay que descartar que, en su mediocridad, algunos de ellos se hayan replegado especulando con que la situación internacional obligue al Gobierno y no a ellos a realizar un ajuste de políticas y de bolsillo.



Más allá de la jabonosa barranca internacional, las señales del mercado local intuyen que el Gobierno se ha cebado con el modelo y notan que ha perdido muchos de sus fundamentos en el camino. Por eso, apuestan a que algo va a ocurrir después de octubre, incluida la posibilidad de que se registre una profecía autocumplida.



Por ejemplo, durante setiembre, el dólar a nivel global subió casi 7 por ciento contra el euro y deprimió muchísimo el precio de las materias primas (oro y petróleo perdieron 11 por ciento), aunque sobre todo las que más le importan a la Argentina (soja a U$S 439, pero también trigo y maíz).



Los expertos evalúan que los granos deberían resistir mayores caídas, pero para el país el valor de cotización no es inocuo, ya que el golpe le puede llegar a dos puntas: menos dólares comerciales y menos ingresos para el Tesoro.



Las estadísticas casi cerradas indican que durante 2011, el complejo sojero habrá generado exportaciones por unos U$S 22.000 millones, de los cuales casi $ 30.000 millones serán ingresos fiscales por retenciones, una base importantísima del gasto público y sostén principal de muchos subsidios.



Un simple y primitivo cálculo aritmético sirve para ubicar el problema: ante la eventualidad de que toda la probable cosecha de soja del año 2012 se vendiera en el mismo día y a un mismo precio, los menores ingresos para el país, en relación a los topes de hace un mes, serían hoy de U$S 4.500 millones en dólares comerciales, lo que implica que la AFIP perdería de recaudar una tercera parte ($ 6.300 millones, al dólar de hoy).



Esta situación de baja en los precios de las commodities afectó las acciones en el mundo, pero mucho más al Merval (-17 por ciento) que en setiembre casi triplicó las pérdidas del Dow Jones (-6 por ciento) o las del Bovespa (-7 por ciento).



Si se toma todo el año, las acciones argentinas, en promedio, cayeron 30 por ciento y esto quiere decir que los expertos evalúan que las empresas locales valdrán menos porque sufrirán un parate durante 2012.



En cuanto a los títulos argentinos, si bien hay una preferencia generalizada por los llamados bonos cortos, el riesgo-país (el diferencial de rendimiento entre los bonos locales y los T-Bonds estadounidenses) se acercó a los 1.000 puntos, lo que significa un aumento durante el año de algo más de 100 por ciento (34,25 por ciento sólo en setiembre).



En cuanto a la fuga de capitales, el llamado contado con liquidación pasó en el mes de $ 4,44 a $ 4,76 (7,2 por ciento) y, en ese sentido, se calcula que setiembre pudo haber marcado una salida de unos 3.000 millones de dólares (U$S 17.000 en el año), con una caída de Reservas de U$S 1.400 millones. Ambas mermas fueron frenadas a mitad del mes por la intervención del Banco Central que vendió cerca de U$S 2.000 millones en el mercado de contado y una suma importante en dólares a futuro, casi sin tasa de interés implícita, para ser liquidados después de las elecciones.



El Presupuesto nacional ha seguido en sus primeros borradores conocidos la misma línea del "aquí no pasará nada" que el Gobierno se empeña en mantener cristalizada hasta las elecciones.



Si bien lo que ha trascendido más han sido las amenazas del actual ministro de Economía, Amado Boudou, al Congreso ("Si no llegara a haber Presupuesto, va a haber una Presidenta que se va a hacer cargo de la situación") a contramano de la tolerancia que hasta la misma Cristina exhibe, el proyecto parece bastante endeble en algunos fundamentos (inflación de 9,1 por ciento; dólar promedio en $ 4,40; superávit fiscal de 2,2 por ciento del PIB), aunque con la expectativa de un crecimiento más a tono con las perspectivas mundiales: 5,1 por ciento. La técnica no deja de ser repetida: subestimación de variables, para que después todos los excedentes queden a merced de la lapicera reasignadora del Ejecutivo, algo que los opositores, en su desorientación, apenas marcaron.



Sin embargo, la frutilla del postre aparecerá después del 23 de octubre, ya que al instrumento presupuestario le falta una pieza legislativa clave que se trata de esconder, pero que hará falta para reencauzar cualquier situación: la Ley de Emergencia Económica que vence el 31 de diciembre.



En esta oportunidad la oposición estará otra vez en una disyuntiva, ya que si bien el país no para de crecer, lo que el Gobierno promociona a diario y que dejaría sin argumentos a la situación de "emergencia", lo cierto es que el argumento previsible para la prórroga será la coyuntura internacional y la necesidad de tomar decisiones de urgencia en materia de renegociación de los contratos de empresas de servicios públicos, de regulación de precios de la canasta básica, de la disposición de fondos para programas sociales, del reordenamiento del sistema financiero y de la normalización de la deuda pública en default.



Este último punto será crítico para 2012, ya que el Presupuesto prevé la necesidad de conseguir algunos fondos a través de nuevo endeudamiento, un procedimiento que el país no utiliza porque está raleado de los mercados, situación que es alabada a diario en los discursos por los funcionarios. Si bien se prevé seguir pagando deuda con Reservas, ya no quedan tantas "de libre disponibilidad" para atender vencimientos y es probable que haya que salir a tomar fondos internacionales.



Cómo hacerlo sin avanzar en el reconocimiento de los impagos con el Club de París y con los holdouts que aún mantienen sólo en EE.UU. U$S 3.000 millones sin canjear es el grave problema que tiene el Gobierno. Sobre todo, porque desde el otro lado se conoce al dedillo el desfiladero en el que está entrando la economía y se aprietan los torniquetes en consecuencia.



Lo que pasó en el FMI con las críticas al INDEC es el resultado de lo que se cree ha sido una desaprensiva actitud de mantener la situación de subestimación estadística contra viento y marea. Allí, se interpretó que la misión que pasó este año por Buenos Aires fue usada para ganar tiempo, la misma estrategia que ha impedido hasta ahora avanzar con las países acreedores.



Por eso, la Administración Obama ha metido púa en el Banco Mundial y el BID, donde vota en contra de nuevos créditos para la Argentina. La situación en estos dos organismos es sólo retórica, ya que el financiamiento saldrá igual porque los EE.UU. no son mayoría y está claro que se trata sólo de un aviso de alerta de lo que se puede venir, si no se encarrilan las cosas, en el Club de París, donde se necesita de votación unánime y en el G-20, donde la Argentina sigue siendo la oveja descarriada.



Ni que decir si la evaluación del GAFI que comenzará el 24 de octubre le suma una mala nota al país en lavado de dinero. Todo este grave panorama le servirá seguramente muy bien al chauvinismo criollo para denunciar una conspiración internacional que está a punto de saltarle a la yugular a la Argentina. Aunque, como dijo la Presidenta, quizás para preparar el terreno: "La maquinaria argentina cuenta con el mejor combustible que tenemos: el pueblo argentino y su fuerza".
Fuente: 
DyN