Domingo, 25 Septiembre, 2011 - 08:48

Dios, el gigante y el dinero

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El poder económico suele generar reacciones impresionantes por parte de quienes privilegian cuestiones materiales antes que cualquier otro valor. En el año 2006, Dios se rindió ante el dinero. Desde hace tiempo, muchos fanáticos hablan del Dios Google.

Si esto es así, si se trata de una divinidad, hay que decir que su poder no es absoluto. Para ganar más adeptos, y hacer más negocios, Dios Google quiso ingresar a China. El gobierno le puso una condición clara: debía aceptar la supervisión de sus contenidos. Así fue como Dios Google abandonó las tablas de la ley y se hincó. Si usted escribe en el buscador, en este momento, Dalai Lama, encontrará 32 millones de vínculos. Tiene suerte. Si viviera en China e hiciera la misma operación, encontraría apenas tres vínculos. Está claro que una empresa como Google no se puede dar el lujo de obviar el mercado chino. ¿No se puede? ¿No era Dios?



Frente a la rendición de Dios, la decisión del gobierno argentino de ignorar completamente la visita del Dalai Lama –un disidente, Premio Nobel de la Paz, para más datos– es un hecho menor. Todo el capitalismo del mundo hace negocios en China y suele aceptar sus condiciones: hay que ser infantil para pedir que sólo la Argentina tenga una posición ética y humanista frente a una dictadura que lleva décadas en el poder.



Así ocurre con las dictaduras: los gobiernos de todo el mundo, las empresas de todo el mundo, los ciudadanos que viven bajo su poder, suelen negociar con ellas, adaptarse o aplaudirlas. Es raro que las enfrenten. Sólo se da en casos excepcionales, o cuando los dictadores quedan demasiado aislados, o en su ocaso, o treinta años después.



Cuando Cristina estuvo en China, de todos modos, hizo un elogio muy revelador de sus convicciones: “Ustedes han tenido la suerte que nosotros no, de la perseverancia en el tiempo de un mismo proyecto político-económico”.



Sea como fuere, lo ocurrido con China en las últimas décadas interpela a las convicciones más profundas, aunque ese contraste no necesariamente sea obvio. El fantástico crecimiento que se dio en ese país sacó de la pobreza a cientos de millones de chinos y a cientos de millones de personas en el resto del mundo. Ha sido la transformación social más radical que sufrió el planeta, como mínimo, desde la revolución industrial. La caída de los niveles de pobreza en la Argentina, por ejemplo, tiene una de sus causas centrales en China, y eso ocurre en casi todos los países del tercer mundo. Pero ese fenómeno tan justo y tan alentador se dio en un proceso que fue en contra, decididamente en contra, de dos utopías del siglo XX: la democracia –y con ello el respeto a los derechos humanos– y el socialismo.



China creció como creció, y salvó de la pobreza a cientos de millones en todo el mundo, pero es un país donde los disidentes son perseguidos, encarcelados, exiliados, prohibidos, humillados. Y, además, lo hizo gracias a que –primero– rompió el bloque socialista acordando con los Estados Unidos en los años setenta, y luego se abrió al capital privado multinacional y abandonó los sueños de igualdad. Ese país que crece y crece es una dictadura profundamente desigual, con altos niveles de corrupción –admitidos por el mismísimo Partido Comunista– y degradación ambiental.



Durante décadas, cientos de miles de militantes dieron su vida por la democracia y el socialismo, los dos sistemas que, presumiblemente, iban a instalar lo más parecido a la justicia en el reino de los hombres. Unos privilegiaban la democracia sobre el socialismo, otros a este sobre aquella. Y hete aquí, sorpresas te da la vida, que el cambio social llegó de la mano de un sistema que unifica lo peor de cada casa: la dictadura con el capitalismo, y no cualquier capitalismo ya que, dadas las condiciones laborales denunciadas por todos los organismos internacionales, es bastante salvaje.



Así de incómoda es la vida.



Para agregar elementos conflictivos a este panorama, esa dictadura va a ser la mayor potencia económica del mundo acá nomás, en el 2020, como calcula en su última edición The Economist, casi duplicando a los Estados Unidos.



Los defensores a ultranza de los derechos humanos, o de regímenes laborales que no explotan a los trabajadores, o de la libertad de prensa, no tendrán ningún dilema frente a este panorama: a los derechos de las personas se los defiende siempre, no importa lo bueno que sea un gobierno en otros ámbitos.



Pero les va a ser difícil esta vez porque el poder es tan grande, y será tan hegemónico que no sólo el Dios Google, o Cristina, o Macri: el mundo entero se rendirá a los pies del nuevo Amo del mundo, no importa los derechos que pisotee. Además, como el avance social es dramático, ahí está el argumento a flor de piel para ignorar los pequeños detalles que China deja en el camino. Da la impresión de que quienes se conmuevan por los disidentes encarcelados, por las torturas en las cárceles, por los confinamientos, serán arrasados por el poder del dinero y del poder.



En defensa del gobierno nacional hay que decir que se trata de una política internacional coherente. Antes de ignorar al Dalai Lama, Cristina –a tono con los principales líderes del mundo que sumaban sus propios elogios– había dicho sobre Muammar Khadafi: “Yo y el líder de la nación libia hemos sido militantes políticos, desde muy jóvenes, hemos abrazado ideas y convicciones muy fuertes y con un sesgo fuertemente cuestionador del statu quo que siempre se quiere imponer para que nada cambie y nada pueda transformarse”. Y esta semana, agregó sobre Napoleón: “Napoleón fue un personaje revolucionario. Es un personaje que me gustó mucho. Sé que mañana me van a matar, pero Bonaparte me gusta. Siempre desde la izquierda nos acusaban de bonapartistas. La figura de Napoleón me parece increíble”.



Pero el mundo entero es así.



En todo este panorama, hay una pequeña luz al final del túnel. Dios, en realidad, se reconcilió consigo mismo: Google, a mitad del año pasado, resolvió levantar la censura y habilitar el funcionamiento libre de su buscador en China. Pero la luz no es muy potente: el gobierno ya había encontrado su propia tecnología para controlar el flujo de información por esa vía.



O sea: el Partido Comunista era más que Dios.



Pero el Partido Comunista era Capitalista.



Y gobernaba un país desigual al que Europa occidental le está pidiendo ayuda.



O sea: renuncio. Es imposible entender algo cuando Dios se rinde, luego es vencido por comunistas que son capitalistas.



Y pensar que alguna gente saca conclusiones lineales de todo este lío.
Fuente: 
VEINTITRES.