Domingo, 25 Septiembre, 2011 - 08:24

Pánico

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A la hora de escribir esto, hay una temperatura de unos 13 grados en las calles de Buenos Aires, pero presumo que muchos sienten como si estuviera nevando y un viento gélido les hiriera la piel.

Hace frío afuera y lo peor es que ellos sospechan que el rigor glacial puede aumentar en pleno verano. Ese terror a que la intemperie se convierta en una tundra helada circula y se expande en la política, en los medios, en las empresas, en los ámbitos educacionales. Miedo, sí, pánico creciente a que los resultados del 14 de agosto y los que se presumen para el 23 de octubre prologuen un largo y cruel ostracismo.



Ante la posibilidad de una soledad despiadada, muchos se aprestan a buscar cobijo. Vida hay una sola y encima es corta, murmuran, así que carpe diem, por cuatro-días-locos-que-vamos-a-vivir, no nos privemos. El terror ante la hipótesis de un frío que elimine conchabos, anule negocios, reduzca oportunidades y triture expectativas de quedarse “adentro” es hoy un factor espiritual predominante en el escenario nacional.



El contexto internacional es abominable y la silueta de una inclemente recesión en las mayores economías ha dejado de ser un vaporoso fantasma. Se vislumbra un horizonte oscuro, agravado por la ausencia de expectativas superadoras. En las crisis de hasta hace 25 años, era concebible conjeturar las supuestas ventajas de un modelo alternativo, encarnado en el bloque soviético y en variadas experiencias de tipo socialista o de rigurosa planificación estatal con gobiernos ejercidos por trabajadores. Nada de eso sobrevuela hoy. En ese contexto, en la Argentina se exagera todo lo malo de afuera y se exalta de manera voluntarista la recuperación que arrancó aquí en 2002, tras el mayor colapso de nuestra historia.



¿Cómo no comparar el clima de consumo y optimismo que se vive en este país con la taciturna y deprimente imagen de Europa y los Estados Unidos, empantanados en una chatura económica angustiante? Medios periodísticos, a los que no se podría acusar de estar bajo control del Gobierno, publican fotos de la miseria tomadas en las calles de Atenas, Lisboa, Roma o Nueva York. Motorizada por una certeza que desde la Argentina se acentúa aún más como caricatura agravada de la crisis, la sociedad local se siente preservada y bendecida y no dudan en atribuírselo a los logros oficiales.



Cuando no se quiere ver, no hay ojos ni miradas que alcancen. Vieja verdad psicoanalítica: una negación que proviene de la profunda subjetividad puede ser indestructible. Nada ni nadie la puede perforar. En esto pensaba la noche del lunes pasado, cuando salí de la entrega de los premios PERFIL en la Manzana de las Luces, un lugar que no deja de conmoverme nunca, a la vuelta del Colegio, al lado del Querandí, a metros de San Ignacio, rincones y espacios en los que se desenvolvió mi adolescencia. En la esquina de Bolívar y Alsina, a metros del edificio donde funcionaba El Cronista Comercial, mi último trabajo antes de partir al exilio en 1974, un grupo de seres humanos que desde lejos parecían oscuras sombras estaban consagrados al trabajo. Ya al llegar a la esquina, las “sombras” dejaron de serlo. Eran tres chicos que no tenían más de 10 años, abocados a romper bolsas de basura, entresacar objetos para ellos valiosos y cargarlos sobre unos inverosímiles carromatos. Esa esquina no es cualquier esquina: caminando por Bolívar menos de cien metros se abre la Plaza de Mayo, en una de cuyas puntas se alza la cada vez más cercada e invulnerable Casa Rosada. La Plaza de Mayo, por otro lado, ya dejó de ser una plaza. Dividida en dos por un vallado policial hace muchos años y cubierta de tiendas y acampes, es un territorio partido, desabrido y penoso.



No se quiere ver nada de esto. Vale la pena darse una vuelta cualquier noche de domingo a jueves por las inmediaciones del paso a nivel en el cruce de la avenida Corrientes y Dorrego. Sería un buen sitio para que Carta Abierta convocara a una de sus asambleas, en lugar de citarse en el suntuoso y protegido islote de la Biblioteca Nacional. Allí, a lo largo de 200 metros, después de las 22 y hasta la madrugada, se congregan infinidad de carros cartoneros, uno al lado del otro. En la penumbra de la noche, parecen una fantasmagoría medieval o una de esas imágenes con que solemos asociar las novelas de Charles Dickens, en el Londres salvaje y brutal de mediados del siglo XIX. Junto a esos carros, contingentes de pobres aguardan descargar lo que han cartoneado. No se los ve, son invisibles, inexistentes. Vaya el lector de esta columna y véalos. Recorra los alrededores de la Plaza de Mayo y haga su propio semblanteo.



El problema es que no se quiere ver. Prevalece un miedo pestilente: miedo a perder, a ser marginado y penalizado. Dice el sociólogo Carlos Altamirano: “Los políticos o los columnistas (sic) que dicen que con el kirchnerismo vivimos en el peor de los mundos van contra el sentido común de la personas en la Argentina”. Un pegajoso jarabe recorre cavidades y mucosas de la sociedad argentina: hay que cuidarse, no cuestionar los modos ni los objetivos de este poder. Los ejecutivos de las empresas rezan oraciones para que el modelo no se “profundice” y entretanto silencian, omiten, amordazan. Confiesa el dirigente de la industria textil Pedro Bergaglio: “Me siento halagado cuando me dicen oficialista”.



En los medios, no faltan quienes se esfuerzan por diferenciarse o, al menos, posicionarse como equidistantes. Saben que “afuera” hace frío y manotean las frazadas del poder. Lo mismo que muchos políticos. Si bien el caso de Felipe Solá es ya una caricatura de la genuflexión, no es el único que le mueve la cola al statu quo. Compiten numerosos burócratas del sistema educacional y copetudos jerarcas de la corporación judicial. Hay una especie de silencio en la Argentina de 2011, un mutismo que huele a agua estancada, una fuerte apuesta a callarse la boca ante la amenaza de ese temido invierno, unas ganas de abrigarse.
Fuente: 
Perfil.