Domingo, 25 Septiembre, 2011 - 08:19

Genealogía de la crispación

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Gino Germani (1911-1979), el fundador de la carrera de Sociología en Argentina, se quejaba porque decía que cuando gobernaba el peronismo lo discriminaban por gorila y cuando había golpes militares lo perseguían por comunista.

El era un liberal de izquierda, algo muy habitual en el hemisferio norte y muy poco comprensible en el sur. Cansado, en la dictadura de Onganía terminó yéndose a enseñar a Harvard.



Salvando las monumentales distancias, a veces a Editorial Perfil le sucede algo parecido. Un ánimo superador la lleva siempre a estar en una posición incómoda.



Habiendo sido la única empresa de la comunicación vigente que durante la dictadura tuvo a su director encarcelado en El Olimpo, luego de que un decreto de la Junta Militar ordenara su arresto junto a la clausura de su principal publicación, hoy es acusada de filoprocesista.



Habiendo sido la más crítica del gobierno de Menem, cuando en 1998 lanzó el primer diario PERFIL se la acusó de menemista por haber criticado a De la Rúa cuando era la esperanza antimenemista.



Habiendo sido los primeros y más críticos del kirchnerismo, cuando llegó la controversia de la Ley de Medios el diario Clarín publicó que PERFIL habría sido cooptado por el kirchnerismo y meses después, en el comentado debate entre periodistas por el lanzamiento del libro El dueño, de Majul, al defender una posición de Víctor Hugo Morales, Majul me inquirió: “¿Es cierto que PERFIL se hizo kirchnerista’”.



Pasada cierta cantidad de tiempo, las sospechas y acusaciones se confirman infundadas, pero vividas en cada momento resultan tediosas. Y cada vez más aburridas, porque el paso de los años debería hacer que la trayectoria ya fuera suficiente prueba de autenticidad.



Los Premios Perfil a la Libertad de Expresión nos crearon una nueva fuente de conflictividad. Mientras el Gobierno no había declarado su guerra a Clarín y PERFIL era el único medio que estaba discriminado con la publicidad oficial, no hubo problemas. Se le otorgó un año al ex director del Buenos Aires Herald, Robert Cox, y el año previo al director del diario Río Negro, Julio Rajneri. Pero a partir de que se pretendió dividir al periodismo entre “militantes” y “hegemónicos” y este premio se orientó a construir puentes de respeto profesional en la disidencia ideológica, comenzaron los inconvenientes. El protocolo se basó en buscar dos figuras de méritos técnicos indiscutibles pero con lecturas de la realidad muy distantes: el año pasado el Premio a la Libertad de Expresión lo compartieron Víctor Hugo Morales y Joaquín Morales Solá, y este año, Horacio Verbitsky y Beatriz Sarlo.



Los dos años que llevamos haciendo esto sólo cosechamos dolores de cabeza. Amigos y colaboradores que se enojan con nosotros por haber premiado a uno, y otros amigos y colaboradores que se enojan con nosotros por haber premiado al otro. Las discusiones comienzan incluso antes de su otorgamiento, cuando dentro del Comité Editorial de Perfil se debaten los fundamentos de nuestra elección. Uno de nuestros principales columnistas llegó a ironizar: “¿Y el año próximo se lo darán a Barone (de 6, 7, 8)?”.



Disidencias acaloradas por la elección de los premiados hay varias todos los años, pero también viene habiendo desacuerdo hasta con la metodología misma. Uno de los miembros del Comité Editorial me escribió un mail de protesta diciendo: “El riesgo de premiar a dos exponentes que están en las antípodas es perpetuar la división, el fraccionamiento, de la Argentina; no nos lleva a una instancia superadora sino que más bien nos deja en el medio de esas posiciones extremas. Eso en el mejor de los casos, porque también ese gesto puede ser interpretado como una estrategia para desentendernos del conflicto”.



La entrega no está exenta de complicaciones: uno de los premiados anteriores declinó nuestra invitación para que le entregara el premio a Verbitsky “porque nunca hizo su autocrítica por Montoneros”. Lo mismo en sentido opuesto: ministros y secretarios de Estado relacionados con la temática del premio declinaron venir a entregarle el premio a Verbitsky, pero en ese caso su incomodidad era con la posición de Perfil respecto del Gobierno.



El problema no es sólo nuestro. Tampoco es fácil para aquellos que reciben los premios, a quienes también su frente interno les recrimina por juntarse con “esa (otra) gente”. Hace falta mucha valentía para que un periodista cuyo pensamiento esté en sintonía con las acciones del Gobierno venga a recibir un premio de Perfil después de haber sido esta editorial la vanguardia en la publicación de informaciones negativas sobre Schoklender-Madres de Plaza de Mayo y Zaffaroni, sabiendo además que lo seguirá siendo con todos los temas críticos.



Valoro la señal de concordia que Horacio Verbitsky emite al aceptar un premio de quienes para muchos de sus amigos son “una usina de desinformación” (ver en página 91: “El periodismo tiene que empeñarse en subir sus estándares de calidad”).



Nunca nadie contribuyó tanto a reducir los riesgos judiciales del ejercicio del periodismo como Verbitsky y su equipo del CELS, quienes obtuvieron la abolición del desacato, la despenalización de calumnias e injurias y ahora van tras conseguir que se limiten las indemnizaciones económicas abusivas.



También tuvo mucho coraje Beatriz Sarlo. Al exponerse junto a Verbitsky y con la mayor visibilidad que genera esta paradoja, termina provocando un nuevo revisionismo crítico de cada detalle de su historia. En un reportaje a la revista Noticias luego de recibir el premio, se anticipó a futuras acusaciones dejando constancia de que cuando ella tenía 11 años su padre fue comando civil en la Revolución Libertadora que derrocó a Perón en 1955. “Es lo último que me faltaba decir en público”, se atajó.



Y el año anterior, y más allá de las críticas posteriores de Víctor Hugo a los medios de Editorial Perfil, fue entonces un gesto de caballerosidad de su parte recibir el premio junto a Joaquín Morales Solá. Y, viceversa, lo mismo vale para Morales Solá, siendo el periodista más acusado por 6, 7, 8 y los programas afines al Gobierno, recibirlo junto con Víctor Hugo, quien simpatiza con el llamado periodismo militante.



Deshistorizar. Aquel que no se deja contaminar por la parte del otro donde pueda haber alguna parte de razón muere de obsolescencia. El método del “ojo por ojo” no lleva a ningún lado y la recíproca indiferencia embrutece.



Al calificar al periodismo como un “dispositivo productor de subjetividad”, el Gobierno siguió la lógica de Agamben en su libro Qué es un dispositivo. El filósofo italiano, que dio una conferencia sobre el tema en la Universidad de La Plata en el año 2005, continúa la idea de Hegel sobre la existencia de dos religiones, la natural reservada a Dios y la positiva reservada a los pastores que construyen y controlan las reglas que instituyen el sistema de creencias humanas. Y dado que todo dispositivo productor de subjetividad (la Iglesia, la escuela, la familia y otras instituciones) guarda siempre algún contenido de sacralidad en el sentido de la religión positiva de Hegel, la única forma de erradicar aquella creencia y de transformar lo que era vivido como algo natural en algo sentido como un acto de imposición violenta es profanarlo, quitarle esa aura sacra. El periodismo militante sería –metafóricamente– una forma de profanación del periodismo, un contradispositivo tendiente a quitarle su careta de independencia y objetividad.



El periodismo no puede menos que reflexionar con las críticas que recibe, y si les recomienda a los políticos que, en lugar de quejarse, usen la crítica de los medios para mejorarse a sí mismos, no puede menos que tomar lo que prescribe para los otros.



Reflexionar es una forma de flexionar las perspectivas propias hacia las ajenas. Con ese ánimo (el eslogan de la revista Noticias de Editorial Perfil es “Entender cambia la vida”), los Premios Perfil no sólo se preocuparon por el periodismo de excelencia.



También se otorgaron cuatro Premios a la Inteligencia: en Humanidades y Aporte Cultural a Daniel Divinsky, en Artes a Carlos Alonso, en Política y Servicio Público a Juan Carr, y en Ciencia y Tecnología a Alberto Kornblihtt.



Pero los periodistas tenemos más responsabilidad que nadie en la calidad de nuestra propia profesión. Kornblihtt –quien en mayo de este año fue electo miembro de la Academia de Ciencia de los EE.UU.–, al recibir su premio, nos recordó a todos que “la inteligencia puede ser un valor, pero no basta. No basta porque la inteligencia se puede aplicar para distintos fines: tanto para el bien como para el mal”.



Al terminar la ceremonia me perdí “la guerra de nervios” entre Verbitsky y Sarlo que relata la revista Noticias en su nota de tapa de esta semana. Me quedé cambiando opiniones con Kornblihtt sobre el significado que cada uno de nosotros le atribuía a la inteligencia, desde emocional hasta matemática. El de Perfil, de ingenuo helenismo, es que quien realmente sabe lo bueno hace lo bueno. Norma Morandini, columnista de la revista Noticias en los años 90, se me acercó antes de los premios para hablarme de la ingenuidad como fuerza política en Hannah Arendt, y eso me trajo el recuerdo de lo que decía el maestro de periodistas Ryszard Kapuscinski: “Para ser un buen periodista primero hay que ser una buena persona”.



Aniversario. Este diario celebra en esta edición su sexto año de vida desde que fuera relanzado el 11 de septiembre de 2005. Superó ya el fantasma de cierre que portaba desde su fracaso como diario de todos los días en 1998, logrando consolidar su espacio como diario de fin de semana.



Le queda ayudar a que en la Argentina se vaya tolerando mejor a los liberales de izquierda como Gino Germani, porque también desde esa subjetividad liberal de izquierda escribe PERFIL.
Fuente: 
Perfil.