Domingo, 4 Septiembre, 2011 - 09:31

Pitito

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A los que aún, tantos años después, mantienen el fuego. Me acuerdo la tentación de risa que me dio cuando recibí el dibujo de Miguel Rep. Corría abril del 2001. Domingo Cavallo acababa de asumir como ministro de Economía y tenía el 70 por ciento de imagen positiva.

Nosotros, como de costumbre, no le creíamos nada –como muchos de nosotros no les creímos ni a los anteriores ni a los que siguieron, no sé si me explico–. El superministro hacía malabares para explicar que no iba a devaluar sino a aplicar una canasta de monedas. Y no se entendía un cuerno. Entonces, se nos ocurrió una idea muy sencilla: la tapa que ilustra esta doble página. Poner un dibujo de Cavallo así, como Dios lo trajo al mundo, con el título obvio: “El rey está desnudo”. Lo que me dio risa cuando recibí la ilustración era que Rep le había dibujado un pitito muy chiquitito. Entré a la oficina de Lanata. Che, a vos te parece poner al superministro con un pito tan chiquito. Nos tentamos de risa. Vida hay una sola y avanti. Era bárbaro ese espíritu que transmitía Jorge. Ma sí. Vamos para adelante. Eso de andar pisando huevos es para otros. No digo que a veces no daba vértigo. Pero estaba buenísimo.



El gobierno de De la Rúa era una cáscara de nuez en altamar: no tenía el cincuenta por ciento, no controlaba el Parlamento, ni las gobernaciones, la fuga de capitales era enorme, todos los días decenas de miles de argentinos caían bajo la línea de pobreza. Nada que ver con el todopoderoso gobierno actual. A nadie se le ocurría, al estilo del heroico Randazzo, que ese tipo de tapas fuera a “atentar contra la democracia”.



Cuando dejé el puesto de conducción que tuve en esta revista durante los primeros años, un grupo de compañeros me regaló un póster donde se reunían en miniatura todas las tapas que habíamos publicado. En la primera denunciábamos los aviones que tenían los funcionarios –algunos de los periodistas que trabajaron en esa investigación hoy se dedican a defender a los funcionarios con aviones (nada personal: vida hay una sola)–. En la segunda, denunciábamos los sobres que recibían los jueces federales. En la séptima publicábamos en primicia exclusiva uno de los secretos mejor guardados del país: la declaración jurada de Menem. En un rápido pantallazo se ve la tapa donde describía que Gostanián se quedaba con toda Punta del Este, o que Corach se había comprado un piso en el Kavanagh. Y mucho más adelante, la tapa que le dedicamos a la asunción de Fernando de la Rúa. El país estaba esperanzado. Era el final del menemismo. Muchos de nuestros lectores habían votado al nuevo presidente. Nosotros ilustramos con el momento de entrega de la banda, de Menem a De la Rúa, y el título “El Pacto”. Tres meses después, con la tapa “¿Qué le pasa a Graciela?” –una denuncia de tráfico de influencias en el PAMI– producíamos la primera crisis en el gobierno de la Alianza.



Una sola vez nos acusaron de desestabilizadores, casi al estilo del valiente Randazzo –cada país tiene los héroes que se merece, ¿no?–. En octubre del 2000, Carlos “Chacho” Álvarez había renunciado a la vicepresidencia de la Nación. No teníamos tapa, como es lo habitual. Estábamos reunidos tres o cuatro de nosotros y un periodista contó que en las cercanías de Álvarez se decía que De la Rúa había pagado la coima del Senado. Inmediatamente armamos la tapa. La volanta decía “Lo que Chacho dice en privado pero (todavía) no en público”. Y el título, en letras azules gigantes sobre un estridente fondo rojo: “De la Rúa pagó la coima”. El ministro del Interior, Federico Storani, sostuvo que era una operación desestabilizadora. Esa noche, en Día D, Paenza –Lanata estaba de vacaciones– le respondió: “Así no, Fredi, así no”. La semana siguiente, Storani fue al programa y, fuera de aire, bromeó con Paenza: “Así sí, Paenza”.



En esos meses, entre los periodistas de economía había una discusión –a veces velada, a veces más abierta– sobre si correspondía o no difundir los alarmantes datos de fuga de depósitos. Era una información clave sobre lo que estaba ocurriendo en el país. Quienes no querían difundirlos –los medios más grandes, en general– sostenían que hacerlo era desestabilizador: a medida que más gente supiera que los bancos estaban en problemas se aceleraría una corrida y terminaría todo por los aires. Nosotros –Zloto, en este caso– decidíamos informar lo que estaba pasando. Si había corrida, la culpa no era nuestra.



Lástima que, entonces, no estaba Randazzo para pedirnos “acsoluta” objetividad, como lo hizo el martes en su notable conferencia de prensa, porque nos hubiera dado un poco de risa. (Tampoco nos hubiera dado para denunciar un grave ataque a la libertad de prensa, porque cada cosa tiene su dimensión y no es cuestión de hacer papelones.)



En cualquier caso, cuando lo veía el otro día a Randazzo patalear contra los medios “monopólicos” que desestabilizan la democracia, pensaba varias cosas. Una, el hombre no tiene idea de lo que es el periodismo duro: esto, al lado de lo que soportaron Menem, Duhalde y De la Rúa, es juego de niños. Dos, ni él se da cuenta de lo parecido que es a otros personajes que, encaramados en el poder, en dictadura o en democracia, quisieron controlar lo que se publica o exigir, en tono admonitorio, cien por ciento de objetividad. Tres, qué divertido y expresivo se pone el poder cuando es poderoso: adquiere otro talante, otro tono, los tipos se sueltan, se revelan en toda su riqueza. Cuatro, qué pena que tantos buenos colegas, en esta época, hayan optado por dejar de divertirse y justificar, justificar, justificar.



Y una última cosa pensé: lo fugaz que es todo en la vida. Un día antes me había tocado dar una charla para los alumnos del Taller Escuela Agencia: chicos jóvenes que cometen el error de querer ser periodistas. En medio de las críticas habituales al Gobierno, deslicé una frase que, luego, algún medio oficialista intentó utilizar con el escaso talento de siempre. Dije: “Cristina está pasando por un momento brillante”. Como lo creía entonces, hace sólo dos días.



Después lo vi a Randazzo por tele.



Y pensé: claro, lo brillante –por definición– es fugaz, efímero, sólo un momento, como dice Vicentico.

Si todo se va a poner tan lindo como lo augura la conferencia de prensa de Randazzo, entonces no se vayan que todavía falta lo mejor.



Eso también pensé, antes de ponerme a ver las tapas históricas de Veintitrés.



Ni un elogio cabía allí. A nadie. Así de jodidas eran esas tapas.



Es que para elogiar hay otra gente.



Hace cola.



Sobre todo cuando los fulanos ganan elecciones.



Pero nosotros no estábamos –no estamos– entre ellos.



De jodidos, nomás.