Domingo, 28 Agosto, 2011 - 09:03

Milagro en Medellín: hay vida después de los narcos

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Una ciudad que se ha convertido en ejemplo para la región. Del imperio de Pablo Escobar al resurgir de la sociedad civil. Matemáticos que revolucionaron la política. La lucha de Juanes y la Virgen de los Sicarios.

Una sola persona tenía, en Medellín, las llaves de la puerta del Infierno. Y marcó la historia de este sitio como sólo los locos, los héroes o los asesinos pueden hacerlo. Hay, en Medellín, una historia antes y después de Pablo Escobar. Y hay también otra historia, la que aún perdura, de una pelea: la que libran un matemático y un cantante, tratando de cerrar aquella puerta para siempre.


 


Pablo Escobar, según las revista Forbes, fue el séptimo hombre más rico del mundo; llegó a acumular una fortuna superior a los tres mil millones de dólares. Fue abatido en 1993, pero el eco de su muerte provocó otras muertes: entre 1992 y 2002, la ciudad registró 42.393 víctimas mortales. “No dejó gobernar a tres presidentes –describía la revista Semana de Bogotá en el momento de su fallecimiento–. Transformó el lenguaje, la cultura, la fisonomía y la economía de Medellín y del país. Antes de Pablo Escobar los colombianos desconocían la palabra sicario. Antes de Pablo Escobar, Medellín era considerada un paraíso. Antes de Pablo Escobar, el mundo conocía a Colombia como la Tierra del Café. Y antes de Pablo Escobar, nadie pensaba que en Colombia pudiera explotar una bomba en un supermercado o en un avión en vuelo. Por cuenta de Pablo Escobar, hay carros blindados en Colombia y las necesidades de seguridad modificaron la arquitectura. Por cuenta de él, se cambió el sistema judicial, se replanteó la política penitenciaria y hasta el diseño de las prisiones, y se transformaron las Fuerzas Armadas. Pablo Escobar descubrió, más que ningún antecesor, que la muerte puede ser el mayor instrumento de poder”.


 


Llegó a Medellín a la noche, después de un vuelo insoportable por Lima y Quito, y mientras el auto avanza por la calle 10 no puedo quitarme el silencio de encima. En esta ciudad no hay ruidos. Hay una paz extraña, silenciosa y molesta. El silencio es tal que hasta se escucha el siseo de los neumáticos del auto, avanzando por la calle mojada. Cuando una moto se pone a la par del auto recuerdo la cara de Daniel Samper, periodista, hermano de quien fuera presidente de Colombia contándome, con el rostro lívido, que así mataban los sicarios: acercándose en una moto al auto de la víctima. Ahora los motociclistas llevan un chaleco fluorescente con el número de placa tatuado en la espalda, y el número otra vez en la base del casco. Medellín está en el centro exacto del Valle de Aburrá, rodeada por la Cordillera Central de los Andes, y la ciudad es una especie de eterna montaña rusa que ha crecido de forma vertical, llena de curvas, laderas, calles empinadas y conductores suicidas. Esta ha sido la capital mundial de la cocaína (dudoso honor reservado ahora para México DF) y la sede, en 1968, de la Conferencia de Obispos que dio nacimiento a la Teología de la Liberación. Aquí hay vírgenes en cada esquina y hay también palabras que no se pronuncian:


—Ese… ya sabes a quien me refiero –balbucea un ex alcalde de la ciudad que nunca, en dos horas de entrevista, menciona el nombre de Pablo Escobar.


 


Aquí hay turistas que se sacan fotos en la tumba del que no puede mencionarse, en el cementerio de Montesacro, donde los sepultureros cuentan que “las personas más humildes le dejan cartas a Escobar pidiéndole milagros”. Le dejan cartas al Patrón, dicen. Por treinta dólares venden aquí buzos a modo de souvenir con la leyenda “Pablo Escobar, un amigo de un amigo de un amigo”, y por una suma superior, si se cuenta con algunos contactos, puede contratarse el narco tour: una recorrida por la Hacienda Nápoles, hoy del Estado, donde el Patrón reunió en vida más de doscientas especies de animales exóticos, hipopótamos, jirafas, elefantes, cebras y avestruces. Aún  hoy existen las 500 casas que el Patrón mandó construir en el sector centrooriental de la ciudad,en el barrio que lleva su nombre.


 


—El enviciaba a los ricos para darles dinero a los pobres –dicen todavía sus acólitos cuando escuchan la letra de los narcocorridos. “Esta es la historia de un hombre al que  buscaba la ley –canta La Furia Norteña– por traficar con la droga, de los narcos era el rey. Fue el personaje más duro del Cartel de Medellín, era el hombre más buscado hasta que llegó su fin”.


 


La Iglesia de la Virgen de Sabaneta, en el conurbano de Medellín, reúne todos los martes a miles de fieles que se agolpan en misa. Es la Virgen de los Sicarios, a la que acudían en busca de puntería y escape sin peligro alguno. Niños rezándole a la Virgen con balas en la mano y escapularios en el cuello y en los pies. Ya nadie lava las balas en la pila de agua bendita, y la Virgen debe haber terminado en el psicoanalista; ahora simplemente rezan, y avanzan lentamente, en una fila interminable, mientras doblan las campanas.


 


Paisaje después de la tormenta. En 2002 los cultivos de coca y amapola en Colombia llegaban a 300 mil hectáreas. Hoy son menos de cien mil, en la zona sur del país donde todavía operan algunos focos guerrilleros. La muerte de Pablo Escobar dividió la influencia de los carteles y la presión norteamericana en la región formó un tapón que desvió el tránsito de la droga a México y Centroamérica. La muerte se dividió, pero no desapareció del todo: miles de familias desplazadas, guerrilla que se mimetizó con los grupos narcos, paramilitares que hicieron fortunas con el río revuelto y fragmentación  social en las comunas de Medellín que aún enfrentan las consecuencias de convivir con el residuo de los carteles: los más pequeños pero no menos peligrosos “combos” o “bandas”. Cada “combo” opera con veinte o treinta “pelados” (muchachos) que viven de la extorsión al transporte público (cobran unos 20 dólares diarios por cada bus), por supuesta “protección” a las tiendas y por provisión de drogas a los dealers minoristas. Las bandas paramilitares llegaron a un acuerdo de “pacificación” con el Estado, lo que determinó el desembarco de cuatro mil paramilitares en la ciudad tratando de volver a integrarse a la vida civil. La solución política a la “mano de obra desocupada” guarda una lejana similitud con la implementada en Sudáfrica después del apartheid, y fue la denominada “justicia transicional”: el Estado decidió amnistiar todos los delitos a cambio de recibir información sobre la suerte de las víctimas; así pudieron exhumarse cientos de desaparecidos y se instruyeron procesos contra los políticos civiles que colaboraron con la represión paramilitar. Más de cuarenta senadores, concejales, gobernadores y funcionarios políticos del ex presidente Alvaro Uribe terminaron en la cárcel. En el caso de los represores, la confesión los eximía de una condena a prisión superior a los ocho años. En 2010 la policía de Medellín identificaba 123 estructuras criminales con una estructura de unos 3.600 hombres. La Comuna 13 fue uno de los epicentros del delito en la ciudad, comparable a una “zona liberada”; allí es habitual ver a los chicos jugando a dispararse con palos como si fueran armas.


 


—No es muy alentador ver a los niños de 7 u 8 años jugando a los guerrilleros y los paramilitares. A los 9 años las armas de palo son reemplazadas por armas de verdad –afirmó a PERFIL una monja que trabaja en la comuna.


 


En los últimos veinte años la violencia cobró en Medellín unas setenta mil vidas. En 1981 había 381 homicidios cada cien mil habitantes, seis mil fueron los muertos en 1991, pero en 2007 la cifra bajó a 26 cada cien mil. ¿Cómo se fueron entornando las puertas del Infierno hasta casi cerrarse? ¿Que pasó con las estadísticas de Medellín, que se volvieron locas?


 


—La violencia encierra, rompe los vínculos. Cuando hay violencia sólo nos relacionamos con los que se nos parecen, porque funciona el miedo. Y eso es fatal para construir ciudadanía. Tenemos que volver a encontrarnos en el espacio público –dijo a este diario Sergio Fajardo, el alcalde que en cuatro años dio vuelta la ciudad como un cubilete.


 


Un matemático que abrazó la política a los 40 años y un cantante popular de treinta y pico, que algunas veces trabajaron juntos y otras no, fueron los motores de este cambio.


 


El trovador. Juan Esteban Aristizábal tiene 39 años, tres hijos, el pelo mordido por una cortadora de césped y ojos marrones un poco tristes. Es enjuto, y dice la palabra “hermano” cada diez palabras. Juanes lleva vendidos 14 millones de discos en el mundo, ganó 17 Grammy, fue nombrado una de las cien personas más influyentes del mundo por la revista Time y uno de los veinte íconos globales por la CNN. Creció en Medellín escuchando tangos de Gardel y zambas de los Chalchaleros, e ingresó a la música con una banda de heavy metal cuyo nombre, en Medellín, parecía salido de un casting: la banda se llamaba Moretón. Allí, en la ciudad de los golpes.


 


Juanes con piercing, melena hasta la mitad de la espalda y rabia en la guitarra llegó a grabar cinco discos, hasta que quemó las naves y llegó a Miami con la venta de una moto y pocos ahorros. Ejerció de buscavidas y de músico de sesión hasta que la casualidad lo cruzó en Los Angeles con Gustavo Santaolalla. En 2005, en Colombia, tres personas morían por día como consecuencia de las minas antipersonales, que tanto la guerrilla como los paramilitares habían sembrado por todo el territorio. Había unos 500 niños mutilados que necesitaban prótesis que debían cambiarse a medida que crecían.


 


—Escribí la canción Fíjate bien sin ninguna pretensión. Sólo era una canción del álbum nuevo, el primero producido por Gustavo –recuerda Juanes ahora en diálogo con PERFIL.


Lo que sucedió después fue el destino: pudo encontrarse, cara a cara, con las víctimas de las minas.


—Fui a los batallones de los soldados heridos, y hablé con ellos y hablé con los campesinos y empiezo a tomar verdadera conciencia de todo esto…


—¿Te acordás de lo que dice la letra de Fijate bien?


Juanes mira hacia abajo y empieza a cantar:


—“Te han quitado lo que tienes, te han robado el pan del día, te han sacado de tus tierras y no parece que termina aquí, despojado de tu casa, sin rumbo en la ciudad, sos el hijo de la nada, sos la vida que se va”.


El explosivo de una mina antipersonal cuesta poco más de un dólar y no lleva más de cinco minutos enterrarla. Colombia ocupa el segundo lugar en el mundo en esa funesta tabla, antecedido por Camboya.


—Los encuentros con los soldados y con las víctimas de las minas me dejaron impactado, demasiado impactado. Porque, como puedes concebir, hermano, que un muchacho de 20 años, de 21 años, un soldado que está en cama sin una pierna y sin un brazo te sonría, te dé la mano y te diga: “Aquí estamos, hermano, luchando por el país…”


 


La Fundación Mi Sangre comenzó en 2006, dedicada básicamente a los niños “y a la construcción de paz en Colombia”. Llevan adelante emprendimientos productivos en las comunas, atención psicosocial y desarrollo de competencias ciudadanas en el interior, proyectos de educación para la paz a través del arte, una red de hip hoppers en la Comuna 13 con la idea de “robarle niños a la guerra”, preparan gratuitamente a estudiantes para el examen de admisión de las universidades públicas, dan clases de iniciación musical, percusión y danza.


 


—Nuestra apuesta es dar luz donde había oscuridad –dice Jeihhco,uno de los pelados que se aferra al hip hop para rechazar la violencia de Medellín.


 


Jeihhco tiene veinticinco años y un hijo de cinco. “El Perro” tiene 21 y es grafitero. Hasta hace tres o cuatro años vendía drogas a cambio de un sueldo, un arma y una moto.Ahora da clases de grafitis a otros pelados como él, a los que les pide que cierren los ojos, imaginen un lugar en paz y pinten ese color. El Perro recuerda, aún hoy, aquella noche en la que mataron a su mejor amigo: pintó un grafiti que decía “Silencio”.


 


El matemático. Sergio Fajardo usa jeans y suéter escote en ve, tiene el pelo revuelto y no parece un político, tal vez porque no lo sea. Sin embargo fue alcalde de Medellín (Personaje de América Latina 2007 premiado por el Financial Times) y candidato a gobernador de Antioquía en octubre próximo. En el living de su casa cuelga una bicicleta antigua de la pared y en el descanso de la entrada una camisa celeste se exhibe en una percha: es su “camisa de la suerte”. Es doctor en Matemáticas de las Universidades de Wisconsin-Madison y de Bogotá.


 


—Después de muchos años dijimos con un grupo de amigos de aquí, de Medellín,  “Nos vamos a morir diciendo cómo debería ser esto”. Nos interesaba la sociedad, la mirábamos, la estudiábamos, pero no nos animábamos a cambiarla. Llegó un momento en el que dijimos: “Es la política, nos guste o no. Son los políticos los que toman las decisiones más importantes de una sociedad”. Eso fue hace unos 12 años.


—¿Cuántos eran en aquel momento?


—Unos cincuenta. Y entonces fuimos por la alcaldía de Medellín. Empezamos a hacer política caminando por Medellín. Parábamos gente en los semáforos, repartíamos volantes. Me decían: “Los pobres votan con el estómago, usted les tiene que pagar, usted tiene que tener líderes que lleguen a los barrios”. Nosotros no le pagamos a nadie por un voto.Hablábamos un lenguaje muy distinto: “Nosotros no tenemos precio, tenemos dignidad”. Por caminar no nos cobraban. Y eso hicimos, caminar. Y vino la primera elección.


—¿Y cuánto sacaron?


—Cero por ciento –Fajardo lanza una carcajada. Está haciendo historia, y sabe que en la segunda elección se convirtió en el candidato más votado en la historia de la ciudad.


—¿Y qué dijiste?


—Tenemos que repartir más volantes.


Aquel “cero por ciento” fueron, en realidad, sesenta mil votos. El partido ganador les ofreció una pequeña parte del poder. La rechazaron.


Fajardo llegó a la Alcaldía con una idea: hacer de Medellín “la ciudad más educada”: dedicó el 40% del presupuesto municipal a educación.


—Y partimos de una premisa: “Lo más bello para los más humildes”. Era una respuesta a la política de los que compran votos, que creen que la gente vota con el estómago.Son los que sostienen la teoría de las migajas: denles cualquier cosa porque igual para ellos es ganancia.


 


En los espacios más marginales de la ciudad construyeron parques-biblioteca. No se trata de bibliotecas en el sentido tradicional, aunque las hay; allí construyeron auditorio, centros de emprendimiento, salas de computación, ludotecas, salón del barrio y la memoria, espacios para la tercera edad y un banco de las oportunidades que presta desde 200 dólares; ya entregaron 35 mil créditos con un 3,5% de cartera vencida, un porcentaje que envidiaría cualquier banco tradicional. En el proyecto Capital Semillas entregaron créditos de cinco mil dólares para pequeños emprendimientos, en paralelo con cursos obligatorios de planes de negocios, manejo de contabilidad y formación de empresas.


 


—La calidad de la educación empieza por la dignidad del espacio –asegura Fajardo–. No ha habido un solo acto de violencia en ninguno de los espacios que construimos. Lo que hicimos fue cerrar la puerta del narcotráfico, pero casi al mismo tiempo, abrir otras.


 


Le pregunto si será el próximo presidente de Colombia.Se ríe. Me dice que quiso ser un matemático o arquero del Medellín o ciclista. Que nunca se propuso ser presidente de Colombia, y que por eso tiene libertad. “Y me puedo morir tranquilo”, dice. Ahora tengo que ser el mejor gobernador de Antioquía en toda la historia.


 


Al despedirme vuelvo a mirar su camisa de la suerte colgada de la pared. Tal vez funcione.


 


*Desde Medellín

Fuente: 
Perfil.