Domingo, 28 Agosto, 2011 - 08:52

Sintonías

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El dial era una autopista repleta de sorpresas y gratificaciones. Sobre todo, si ese cuadrante luminoso formaba parte de un tablero que uno manejaba con displicencia. Recorrerlo y detenerse donde uno quisiera era un zafarrancho de libertad.

Todos los gustos, las más variadas inflexiones, los tonos discrepantes o complacientes, la voz subyugante o hiriente. La radio ha sido durante décadas un espacio de albedrío protegido de los desmanes autoritarios. Allí uno elegía dónde quedarse o de dónde irse: no hay manipulación viable si la diversidad es grande y fehaciente.


Empecé a disfrutar de la acariciante fantasía de ser dueño de mis elecciones con mi primer auto, un Renault 16 que compré en Venezuela en 1975, al comienzo del exilio. En la radio de ese auto francés me encantaba “zappear” entre emisoras de géneros tropicales y divertidos debates periodísticos en ese tono elevado y crepitante que caracteriza el habla de los venezolanos. Después, viviendo en la calle 43 de Manhattan, fue innecesario tener auto en Nueva York, pero los alquilaba para transitar rutas ambiciosas, desde Nevada hasta Michigan. Recuerdo que una vez, atravesando en auto el valle de Napa, me maravilló escuchar en una radio del norte de California una entrevista a Eduardo Galeano, que en cuidadoso inglés despotricaba contra el imperialismo yanqui. Encontrar programas de jazz transmitidos por radios de Nueva Orleans mientras deambulaba por Luisiana me supo a epifanía. En el departamento neoyorquino, a metros de la Segunda Avenida, escuchábamos siempre la “all news”, la WINS 1010. Durante aquellos años fui devoto radioescucha de All Things Considered, el formidable programa periodístico de la National Public Radio de los Estados Unidos, ejemplo de audacia formal, libertad política y excelencia profesional. En el Volkswagen Golf que tenía en México saltaba de emisoras musicales plagadas de rancheras o boleros a buenas estaciones comprometidas con las noticias.


Escuchar radio en la ruta siempre era fascinante. Hacerlo hoy desde la computadora añade otro goce. Volcado casi totalmente a la música clásica, me seduce la King FM de Seattle, donde me hice seguidor inveterado de Maxine Frost, una voz aterciopelada increíble que me lleva de Mozart a Stravinsky y de Mahler a Rachmaninoff, con firmeza y armonía asombrosas. No le soy totalmente fiel, porque recaigo con frecuencia en WNYC, radio pública de la Gran Manzana, cuyos noticieros son una preciosura periodística y cuya programación musical es de pasmosa sofisticación.


En la Argentina el principal atractivo que me estimula a manejar el auto por las llanuras nacionales es retomar mi relación confidencial con voces y climas que surgen de ese dial ahora digitalizado. El aislado compartimento del auto asegura una relación única y poderosa con la radio. Pero lo que derrama el dial de cabotaje es cada vez más deprimente. Pese a los zarpazos seudo regulatorios del comisariato mediático estatal, abundan ahora las radios robot, carentes de noticieros, locutores y hasta de conductores. Sólo disponen de un operador que pone en el aire un enlatado infinito. Es lo que pasa con una fantasmagórica Urbana, una FM que emite con inusual potencia desde el 89.5 porteño, en una especie de spanglish. ¿De quién es y por qué tiene permiso? Como habitante profesional de los sábados a las 10 en radio Identidad (FM 92.1), me da furia y envidia advertir la fuerza de señales de sospechosa legalidad y nulos contenidos. Desde cualquier parte del mundo y por Internet deleita escuchar la uruguaya AM 580 Radio Clarín (sin relación con el grupo argentino homónimo), 24 horas diarias de tango y música nativa oriental, en base a una discoteca insuperable (tiene todo Gardel, nadie dispone de más temas y nadie los emite tanto).


Otro rasgo que impresiona al recorrer morosamente las opciones locales es la procacidad y guaranguería que campean en muchas emisoras porteñas, dominadas por astracanadas sin límites. No asombra escuchar en la radio de los taxis a media mañana ruidosos y patéticos debates sobre delicias y riesgos del sexo anal, o inconveniencias de los penes con prepucio. Ni siquiera es sexología; esos programas parecen el recreo de una escuela secundaria en un día de hirviente primavera.


En materia política, impresiona lo que sucede desde hace pocos años. En la media mañana es posible pasar de una radio a la otra sin salir de la misma tónica oficial. Si se arranca por AM 530 (la radio de “las Madres”), la secuencia es casi homogénea: kirchnerismo puro en las AM 590, 750, 870, 1030 y 1190. Inadvertido para casi todos, en la otrora poderosa franja de la AM el espacio ocupado por el Gobierno se esparce como mancha de aceite, una colonización notable de contenidos y de espacios.


Hay pequeños pero valiosos espacios de pluralidad, no cacareada sino fehaciente. En Radio de la Ciudad, emisora del Gobierno porteño, por ejemplo, tiene su espacio el programa de izquierda revolucionaria de Herman Schiller, quien no podría tener su audición propia en la radio de “las Madres”. Hay ciclos de contenidos plurales en La Red, en Mitre, en algunos momentos selectos de Continental y en ciertos destellos ocasionales de La 10.


Territorio de posibilidades y matices, ámbito de tonos tenues y palabras fuertes, reservorio de silencios clamorosos y gritos espectrales, la radio ha sido escuela, taller y laboratorio, al menos en mi experiencia. Enferma la peste unanimista que hoy pilotea la imposición del discurso único del Gobierno, astuto para advertir la potencia del medio radial, a cuya conquista se abocó sin tardanza. No es lo único llamativo; asombra el espacio ganado por el mal gusto y el irrespeto disfrazados de “transgresión” juvenil y progresismo cultural. Discurso único y mediocridad seudo libertaria son letales para un medio donde la libertad responsable y la altura de miras eran vigas centrales. A la radio hay que defenderla de las dominantes aves de rapiña.

Fuente: 
Perfil.