Domingo, 21 Agosto, 2011 - 09:45

Dios, ¿será peronista?

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Un extraño misticismo invadió los últimos meses de la política en la Argentina. Las paredes de la Capital y la provincia de Buenos Aires están tapizadas –sí, literalmente– por mensajes que firma un tal D-S. Y no se trata de leyendas sobre cualquier cosa, tipo Coca Cola refresca mejor, o el que no salta se va a la B o votame porque si no se va todo al tacho.

No. Dicen: “Gracias por creer”. Y firma: D-S. Es difícil entender qué tiene que ver eso con la política, sobre todo si se tiene en cuenta que en la tradición religiosa judía, a Dios –perdón, pero soy agnóstico– no se lo puede nombrar y, entonces, la fórmula más común para referirse a él por escrito es esa: D-S. O sea, alguien nos quiere convencer, o sugerir, que hay algún parentesco, al menos lejano, entre los dos D-S que nos agradecen por creer. Esto es: Daniel Scioli y –otra vez, con perdón, no sea cosa que me parta un rayo– Dios.



No es esa la única manera de referirse a “el que todo lo puede”. En la tradición religiosa también se lo llama “Él”. Entre los sabios hay debates, como en todos lados, sobre la causa que impide nombrar a Dios –última vez que lo hago, aunque sea por cábala–. En general, la versión oficial sostiene que el ser humano es tan pequeño en comparación con el susodicho, tan insignificante, tan efímero frente a su eternidad, ignorante ante su sabiduría, impuro ante su grandeza, que ni siquiera puede tener el tupé de llamarlo como verdaderamente se llama. Mencionarlo es un acto de soberbia inmerecida. Por eso, se apela a subterfugios. Mejor llamarlo D-S. O “Él”, que son referencias a lo más enorme y todopoderoso.



Para colmo, hasta el trotskista, y por lo tanto ateo, Partido Obrero se sumó en parte a este espíritu, como decirlo, litúrgico, y reclamó humildemente “un milagro para Altamira”. D-S, que es generoso incluso con los que no creen en Él, con quienes no son peronistas, por una vez, se lo concedió.



Y el milagro se hizo: Altamira, como Lázaro tantos años antes, anduvo.



Ya lo sé: si el que está leyendo esto es uno de los pocos lectores kirchneristas que tiene este semanario, debe estar pensando algo así como “Tenembaum, dejá de hacerte el piola. Justo ahora te ponés a hablar de Dios. Reconocé que perdiste. Criticaste y criticaste y ahora, ¿de qué te vas a disfrazar? ¿O vos sos de los que piensan que los pueblos se equivocan?”. Sería largo meterse en ese terreno, empezar a divagar sobre las historias de las mayorías y la equivocación de creer que las personas que piensan diferente a tal o cual gobierno –o que se concentran en marcar lo que perciben como defectos graves– ganan cuando ese gobierno pierde y viceversa. Pero está claro que la victoria fue abrumadora y que la percepción de la mayoría de la gente sobre el Gobierno es un mérito innegable de este. La Argentina está en tiempos en que todos los gobiernos, de todos los niveles e ideologías –Cristina, Macri, Binner, Insfrán, Scioli, tanta gente distinta entre sí–, sintonizan con la mayoría de los pueblos que gobiernan y eso quiere decir que deben estar haciendo las cosas muy bien, mucho mejor que en otros tiempos, ellos u otros. Pero el tema me aburre. Volvamos al creador del Universo.



Los números de Cristina en la última elección son impresionantes. Pero, si se suman todos los votos peronistas, esto es, también los que recibieron Eduardo Duhalde y Alberto Rodríguez Saá, el resultado supera... el setenta por ciento del total. Una vez más: en sus diversas variantes, los herederos de “el General”, “el Pocho”, “el tirano prófugo” –cuyo nombre también fue prohibido, como el de D-S– lograron algo que ni Él pudo hacer en vida: ¡un setenta por ciento de los votos! En la Capital Federal, territorio antiperonista por excelencia, donde incluso “el fundador del Movimiento” fue derrotado en 1973, los votos que se dirigieron a sus discípulos fueron más que el sesenta por ciento.



Hay múltiples formas de tratar de entender qué es lo que pasa, de acercarse mínimamente a un análisis frío, más allá de las pasiones. Parece claro que dos elementos estructurales enmarcan lo que ocurre políticamente en el país. Uno es que la Argentina atraviesa un período de bonanza excepcional, junto a todo el continente. Desde la crisis del ’30 que no se producía un proceso similar. Y así como entre 1860 y 1916 la bonanza económica dio lugar a un proceso de hegemonía política que parecía eterno, lo mismo ocurre ahora: el partido de gobierno parece invencible. Con las diferencias del caso; entre otras, por supuesto, el voto universal.



El segundo elemento estructural es la existencia de un partido único –o dominante, excluyente, como se lo quiera llamar–. La crisis del 2001 barrió con el radicalismo y terminó, al menos por un tiempo, con la idea de alternancia en el poder. En la Argentina hay un solo partido que llega hasta el último rincón del país, que tiene concejales, diputados provinciales, legisladores nacionales, intendentes, gobernadores. Esta democracia se ha convertido desde el 2003 en sistema de partido único. Si nadie sabe, por ejemplo, quién va a fiscalizar la elección de octubre por parte de la oposición. El ministro del Interior, Florencio Randazzo, sostiene que es responsabilidad de cada partido llevar las boletas al cuarto oscuro. ¿En qué porcentaje de lugares de votación habrá boletas de un solo y excluyente color porque los otros partidos, inexistentes, no tuvieron estructura?



Sería muy mezquino no agregar a estos dos aspectos la capacidad de liderazgo, resistencia y audacia del matrimonio Kirchner, durante los primeros siete años, y de Cristina Fernández luego de su viudez.



Si se suman sólo los dos primeros elementos –bonanza económica y partido único–, está claro que el punto de partida otorga una ventaja notable para el oficialismo.



Pero nada de eso explica lo abrumador de la victoria, lo humillante de la derrota de la oposición. Sirve para explicar tendencias. Pero nunca estas magnitudes, ni tampoco por qué es el peronismo y no otro partido el que expresa este momento, y el anterior, y el previo a ese.



Un peronista dirá: “Es que los días más felices fueron, son y serán peronistas”.



Es tan cierto como que también lo fueron algunos de los más tristes, a mediados de los años setenta y, ni que hablar, en los noventa.



Pero siempre, siempre, está el peronismo: en su versión más tradicional, más progre, más liberal, más oscura, más transgresora o, incluso, más “pro”.



Ningún humano ha conseguido explicar cabalmente por qué esto es así. Por eso, la explicación debe ser sobrenatural.



D-S es peronista.



Él era peronista.



El General del nombre prohibido era peronista.



Y Santa Evita.



Está claro de qué lado juega el fulano.



Sería discutible si es argentino, pero no si es peronista.



Y, cada tanto, como quien no quiere la cosa, le regala un milagro a un tal Altamira.



O sea.



Gracias por creer.

Fuente: 
VEINTITRES.