Domingo, 21 Agosto, 2011 - 08:09

Qué pasó

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Desde que se conocieron los resultados del domingo, hubo una verdadera “lapidación mediática” de los candidatos opositores.

Tanta dureza contra ellos refleja la propia frustración. Así como los kirchneristas fueron más impiadosos con Filmus que sus adversarios (la autocrítica de Carta Abierta), quienes no votaron por la Presidenta y no pocos medios fueron más impiadosos con Alfonsín, Duhalde, De Narváez y Carrió que los propios kirchneristas. ¿Es culpa de ellos? ¿Son ellos la causa de la derrota? Si la oposición no ofreció candidaturas más convocantes, la pregunta que correspondería hacer es si fue porque candidatos potencialmente mejores no quisieron presentarse al ver que el kirchnerismo esta vez era imbatible. En ese caso, la virtud sería del oficialismo y la culpa no exclusivamente de la oposición.


El ejemplo más conocido es el de Mauricio Macri. Si se hubiera presentado y –en su mejor escenario– hubiera sumado los egos de Duhalde, Rodríguez Saá y De Narváez, habría obtenido ¿25%? de los votos. Y si también los opositores del otro sector ideológico hubieran logrado juntar las fuerzas de Alfonsín (sin De Narváez), Binner, Carrió y Pino Solanas, construyendo un gran frente progresista, habrían logrado otro ¿20%? En el fondo los resultados no habrían sido tan diferentes a los de las elecciones presidenciales de 2007, donde Cristina Kirchner fue electa por el 47% de los votos y las dos fuerzas opositoras más votadas –la progresista con Carrió como candidata y la de centro con Lavagna– obtuvieron el 40% de los votos sumando ambas.


Obviamente, 50% (sin -cuenta) es un número mágico que crea una percepción de triunfo muy superior a 47%, pero la diferencia no es tan abismal. Sí fue muy diferente en las elecciones legislativas de 2009, donde las similares dos alianzas opositoras, de otra forma (la del radicalismo, la Coalición Cívica y el socialismo, esa vez juntos porque nadie tenía que subordinarse a la candidatura presidencial de otro; y la de centroderecha con Macri, De Narváez y Solá –también unidos por lo mismo–) sí superaron al kirchnerismo sumadas, y en el caso de la alianza progresista le compitió de igual a igual creando la ilusión de que un nuevo turno panradical había llegado.


¿Qué produjo en la sociedad entre 2009 y 2011 una transformación de la subjetividad de tal magnitud? Era Marx quien decía: “Estamos gobernados por los muertos”, refiriéndose a las herencias culturales que nos constituyen, pero en Argentina es la derecha la que, con miserabilidad política, atribuye el éxito electoral del Gobierno a la súbita muerte de Néstor Kirchner. O, ya peleada con el mundo, se lo atribuye al “bienestar” que generan Tinelli y los televisores de plasma.


Ningún análisis podría dejar de considerar la enorme influencia que tuvo en las elecciones de 2009 el conflicto del campo, quizá la primera vez que Kirchner eligió el enemigo equivocado. Luego lo sustituyó por otro más redituable: los medios. Mantuvo su dinámica de gobernar por creación de antagonismos pero cambió de antagonista. Que el Gobierno, astutamente, se haya dedicado a culpar a los mensajeros de las noticias ingratas y tratara de reconciliarse con los verdaderos adversarios no es difícil de comprender. Lo interesante es por qué aquel amplio movimiento social que parecía emerger con el campo se esfumó tan rápidamente.


Los expertos en movimientos sociales sostienen que para que estos movimientos subsistan deben tener una demanda que sea universalizable y una organización que los haga sustentables. Los ruralistas no pudieron trascender el contexto de la demanda de donde surgieron. Cambió el contexto al superarse la recesión de 2009, cuando la economía real de Argentina cayó 3% y el producto bruto no creció como informó el Indec. Y el problema se fue aplacando. Algo parecido a los ahorristas de 2001, que hicieron sonar sus cacerolas para que devolvieran sus depósitos. Todavía en las elecciones de 2003 hubo más argentinos que votaron por un regreso a la convertibilidad que por el opuesto: no sólo Menem superó a Néstor Kirchner sino que López Murphy estuvo a punto de alcanzarlo con un tercer puesto muy cercano al segundo.


Si la demanda que convoca una protesta social es sólo material, no llega a institucionalizarse si se soluciona el problema que la hizo emerger. Dos años después, en 2005, Néstor Kirchner había devastado al menemismo residual al punto que, hasta en la primermundista Ciudad de Buenos Aires, Ibarra derrotó a Macri. El “que se vayan todos” mostró la crisis de los representantes y no de la representatividad, que rápidamente se reconstruyó.


La demanda del campo también generó masas en disponibilidad pero no logró darse una forma política, demostrando que había una inadecuación estructural entre los gritos de De Angelis en las rutas y la actividad parlamentaria que luego los legisladores ruralistas tuvieron que realizar, diseminados en distintos partidos en sí mismos ya atomizados por la propia desintegración del sistema político.


También para subsistir, un movimiento social precisa contar con una identidad. No puede tener como único fin ser reactivo. Y debe sostener esa identidad. Eso vale también para el oportunismo de las fuerzas políticas, porque los legisladores ruralistas se sumaron por igual a la Coalición Cívica, al PRO, al duhaldismo, o al socialismo, creando una falsa idea de unión de la oposición cuando en realidad los partidarios de Binner, Pino Solanas y hasta el Alfonsín de antes de la 125 estaban más cerca del kirchnerismo que de Duhalde, Macri y De Narváez.


No se puede tener una estrategia careciendo de una identidad, hay que seguir siendo uno mismo para cosechar en el futuro los frutos de su acción pasada. ¿Había un ethos del campo si podía ir tanto con Binner o Duhalde? ¿O de Carrió, que se quejaba de Lavagna pero incorporaba a Prat-Gay? ¿O del Alfonsín progresista que juntaba a De Narváez con Ocaña? Los avisos que los partidos de la oposición pudieron difundir gratuitamente gracias a la nueva ley electoral fueron la mejor evidencia de esa confusión y quizás hayan aportado votos al oficialismo.


El año 2009 fue una explosión de inversiones emotivas que los ciudadanos que aborrecen al kirchnerismo tuvieron que pasar a pérdida. No sólo por culpa de los políticos sino por la propia ansiedad de aquellos votantes, que tanto quisieron sacarse lo antes posible de encima a este Gobierno que contagiaron a sus candidatos. Previamente a ser un buen gobierno, se debe ser una buena oposición, generalmente aquello es el premio de esto.


El kirchnerismo nunca tuvo un conflicto esencial con el régimen de acumulación ni con el sistema de producción capitalista. Los cucos de la chavización y los vaticinios cataclísmicos incumplidos desacreditaron a quienes desde esa perspectiva se enfrentaron al Gobierno.


La oposición tiene que velar el trauma del encuentro con lo diferente. Pero el desconsuelo y la desilusión tienen su bondades. El célebre pediatra y psicoanalista inglés Donald Winnicott sostenía que la madre (para los políticos, la realidad) debe desilusionar progresivamente al bebé para que éste pueda ir madurando.

Fuente: 
Perfil.