Martes, 16 Agosto, 2011 - 13:18

Opinión de nuestros lectores
Bosque de espejos

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Luego de leer el libro "En el bosque de espejos" de Alberto Manguel, me quedé con una frase de una de sus páginas. Él dice: "La intolerancia engendra intolerancia". Pero ¿que es la intolerancia?



Según el diccionario, “es lo que no tiene tolerancia”. Y la tolerancia “es el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”.



Es decir que cuando estamos limitando al otro a expresar sus opiniones, poniéndoles etiquetas, descalificándolos, no aceptándolos como son y como piensan, y elevamos la calidad de nuestros criterios personales sobre el de los demás, estamos siendo intolerantes. Porque en ese quiebre de la tolerancia, el ser humano se hace limitativo ya que lo que “él piensa”, “cree” y “opina” es revestido de verdad y superioridad frente a lo que “creen y piensan los demás”. Posición que quiebra el diálogo porque sólo busca la confrontacion facilista, que se hace más evidenciable en las redes sociales y en los foros de opinión.



Y en esta vehemencia de intolerancia todo queda flotando en una absoluta carencia de razonamiento, que choca ante la realidad constatable, pero que es negada hasta el hartazgo de considerarnos al resto, cómplices equivocados por encolumnarnos en veredas opuestas a sus criterios ortodoxos. No aceptan que pensamos distinto a ellos, no aceptan que creemos en otra cosa.



Sabemos que el ser humano no puede vivir sin creer, creemos en nosotros mismos, en nuestros padres, en un Dios, en nuestras vidas, en nuestro trabajo, creemos en lo que nos dicen y creemos en las mentiras maquilladas desde el poder, cualquiera sea su color político, cualquiera sea su momento histórico. Haciéndonos creer que las cosas son como ellos dicen que son. Porque la intolerancia se alimenta de la ignorancia de los demás y se fortalece de sus torpezas.



Pero algunos más perspicaces que otros, con una visión más allá de las fronteras cotidianas, que no nos impulsamos a quedarnos con "el se dice que" sino que investigamos. Aunque, muchas veces, decirlo en voz alta no resulte apropiado, porque pareciese que eso no fuera correcto.



Pero la intolerancia también genera violencia, lo vimos en Londres invadida por el fuego y la ira social, lo vimos en Chile con los estudiantes y muchas veces lo vimos en nuestro país. Ya que las legítimas protestas no justifican esa intolerancia desplegada por aquellos que elevan sus reclamos a costa del daño social que ocasionan.



Porque la intolerancia no acepta el diálogo, su grito se extiende más allá de cualquier explicación que sea superada a su horizontal entendimiento.



Aunque a veces también, se es intolerante por miedo, miedo a reconocerse equivocados y entonces  prefieren no saber y aceptar las cosas como son, como están, quedándose en silencio, porque “si esta todo bien, para qué quejarse”. Convirtiendonos en mudos testigos frente a la visión colectiva, pero que toleramos desde el ostracismo de nuestras cómodas posiciones.



Porque sin querer, la fe nos hace jugar con el destino peligrosamente, y  nos equivocamos también. Porque criticamos la corrupción, la inflación, la inseguridad, ahora criticamos el aumento de combustibles, pero eso fue lo que elegimos.



Y ante esa visión fronteriza de los que pensamos “que nuestras creencias  son las correctas”, nos deslizamos confiados con ese criterio individualista, en “nuestro bosque de espejos”, para mantenernos cómodamente en “el limbo equivocado” mientras los que manejan el poder se aprovechan de nosotros, se aprovechan de todo.



(*) [email protected]