Domingo, 14 Agosto, 2011 - 08:00

Coartadas

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Lo más devastador del espectáculo ofrecido esta semana en las ciudades británicas es que resulta casi imposible entender por qué sucedió esta pesadilla de incendios, pillaje y saqueos. Tampoco es fácil comprender cabalmente por qué millares de jóvenes chilenos han elegido manifestarse con los métodos y de la manera como lo vienen haciendo en Chile.

 


Son dos escenarios bien diferentes, es cierto, pero tienen denominadores comunes. Insurgen airadamente y en la calle contra gobiernos conducidos por fuerzas moderadas, pero democráticas. Asumen la forma de erupciones extremadamente nihilistas (caso británico) o intransigentes (caso chileno). Desbordan y directamente descalifican el camino formalmente previsto para las demandas insatisfechas. A diferencia de las sangrientas satrapías del mundo árabe, los gobiernos del Reino Unido y Chile no reaccionan atacando con tanques a las puebladas. David Cameron y Sebastián Piñera llegaron al poder a través de elecciones perfectamente libres, tras ganarlas de manera irrebatible. No son dictadores, ni hijos de tiranos. Mientras que en la (a mi gusto) exageradamente llamada “primavera democrática” del mundo árabe las muchedumbres tunecinas, marroquíes, egipcias, yemenitas y sirias se lanzaron a la calle para repudiar regímenes autoritarios y brutalmente dictatoriales, los manifestantes de Inglaterra y Chile arrojan piedras y bombas molotov bajo gobiernos civiles en el contexto de Estados de derecho incuestionables. Nadie les regaló nada a los inquilinos del Palacio de la Moneda y 10 Downing Street. Los números son irrebatibles.


 


Chile eligió a Piñera entre diciembre de 2009 y enero de 2010. En la primera vuelta, Piñera fue votado como candidato de la Coalición por el Cambio por el 44,06% del electorado, aventajando al de la Concertación de Partidos por la Democracia, Eduardo Frei, preferido por el 29,6%, mientras que Marco Henríquez Ominami recogía el 20,14% y el candidato comunista Jorge Arrate se quedaba con el  6,21%, ¡ocho veces menos que Piñera! En la segunda vuelta, Piñera recibía el 51,61%, mientras que Frei obtenía el 44,6%. No fue una tropelía antidemocrática. En esas elecciones chilenas votaron en la primera vuelta 7,2 millones y en la segunda 6,9 millones de ciudadanos. Ninguna ordalía excluyente. Casi el 52% para Piñera y poco más del 6% para la izquierda dura: no hay margen para interpretaciones subjetivas.


 


En el caso británico, los mismos parámetros. El 6 de mayo de 2010, 17,5 millones de británicos votaron a conservadores (10,7 millones) y liberal-demócratas (6,8 millones). Entre las 306 bancas conservadoras y las 57 demoliberales, capturaron la mayoría del Parlamento, con 363 curules, contra las 258 de los laboristas, que recogieron 8,6 millones de votos. Otra vez, ningún regalo: el pueblo votó y eligió gobierno. La mayoría se formó con más del 59% de los votos, contra el 36% de los laboristas. Como Piñera en Chile, David Cameron fue llevado por el voto popular a la jefatura del gobierno británico. Claro como el cristal, pero no para todos.


 


La intemperancia antidemocrática de las minorías ilustradas tiende a devaluar por definición victorias electorales que provienen de horizontes ideológicos no aprobados por las vanguardias esclarecidas. Si en la casi totalidad del atrasado y asfixiante universo político del Medio Oriente se producen saludables alzamientos contra el autoritarismo, en las calles de Santiago y Londres se pone en acto un fenómeno complejo y opaco.


 


Lo que mostraron los horripilantes actos de destrucción y vandalismo en Gran Bretaña fueron centenares de pequeños negocios destruidos y saqueados por un lumpenaje adolescente, nihilista, cruel y codicioso. No buscaban alimentos, como millones de desarrapados que se mueren de hambre y sed en la Somalia infectada por el fundamentalismo islamista. Estos centenares de bandidos desaforados se atragantaban de zapatillas caras, plasmas de TV y otras beldades del capitalismo de consumo. Reventaron y dilapidaron almacenes, tiendas, peluquerías e innumerables pequeños emprendimientos. ¿Qué tenía eso de progresista, o comprensible?


 


Una variopinta fauna de corazones sangrantes salió a entender, comprender, racionalizar y justificar. Que carecen de padres, que no consiguen trabajo, que se sienten humillados por la riqueza de los millonarios, que están excluidos, que nadie los contiene, que la mezcla racial no funciona. ¡Déjense de embromar con la irrespirable intelectualización de lo inaceptable! La reacción de Cameron me resultó de lógica irrebatible: si tienen edad para perpetrar esos delitos, también la tienen para afrontar las consecuencias legales.


 


El Estado de derecho no “criminaliza” lo que ya es, de por sí, un crimen, ni “judicializa” lo que, lejos de ser una mera y legítima protesta popular, se convierte en motín de pura destructividad social. En el caso chileno, como observó lucidamente Gustavo Iaies en Clarín, “a veinte años de implementado el modelo, no ha mostrado mejoras significativas de calidad (…), pero sí de equidad. Miles de chicos y jóvenes han ingresado y permanecido dentro del sistema educativo. Dos tercios de los alumnos que están llegando a la educación superior son los primeros de sus familias que lo logran y ese monumental salto de movilidad social, que es un éxito, ha generado un nuevo problema” (subrayado mío). ¿Esto se resuelve emplazando a un gobierno legal y legítimo a que tome decisiones con una pistola en la cabeza?


 


En la Argentina, colmo de la irresponsabilidad institucional, el Gobierno alude a Chile y a la crisis del Primer Mundo con intolerable soberbia, en una nueva vuelta de tuerca del famoso y patético complejo de superioridad de los argentinos. Nadie se anima a decir que hay sociedades enfermas y que millares de personas no son sólo víctimas de la injusticia, pobres almas desesperadas cuyos crímenes o abusos merecen eterna justificación, sino seres que deciden actuar de esa manera. Es poco simpático decirlo, pero es la verdad.

Fuente: 
Perfil.