Domingo, 7 Agosto, 2011 - 10:31

El derrumbe de un mito

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Lo que ocurrió en las últimas semanas demuele la idea de invencibilidad. Esa creencia de que no podía ser derrotada. Se acabó la certeza. No hay duda de que hay dudas.





No se trata aquí de la supuesta invulnerabilidad electoral de Cristina Fernández, que a la luz de los resultados en la ciudad de Buenos Aires, en Santa Fe y, casi seguramente, en Córdoba, ha sido puesta en tela de juicio por algunos; con más voluntad que sustento.



De lo que se trata es del desmoronamiento del paradigma que la concebía a ella, a la primera potencia mundial (por ahora), como garantía absoluta de seguridad financiera. Se está cayendo el mito de que los bonos que emite el gobierno de Estados Unidos tienen riesgo cero. Apareció el fantasma del default. Irrumpió el temor a la insolvencia. Este lento derrumbe no tiene la carga trágica ni la espectacularidad del de las Torres Gemelas. Pero sus consecuencias pueden ser aún más trascendentes.



Como señala Gabriel Holand, de la consultora HR Global, “se sabe que la credibilidad es un tesoro invalorable en el mundo financiero en el que se comercian sólo promesas de pago pero ningún bien material. Por eso distintos analistas globales piensan que lo malo, e impensable tan sólo hace meses atrás, ya ocurrió, y eso es el resquebrajamiento en la sensación de imbatibilidad del dólar y la solvencia absoluta del Tesoro de EE.UU. Y esto con absoluta independencia de lo que digan las calificadoras de inversión”.



Pero lo inimaginable a veces sucede. ¿O acaso alguien pensaba que fuera posible que River Plate descendiera?



La crisis estadounidense tiene una dimensión descomunal. Por empezar, su deuda, que hace ya un par de meses había alcanzado el máximo autorizado por el Congreso de 14,3 billones de dólares (1 billón es un 1 seguido de doce ceros). Para tener noción de lo que eso significa, vaya la siguiente comparación: en un portafolio tipo attache se puede acomodar un millón de dólares en billetes de cien; es decir que para contener toda la deuda se necesitarían 14,3 millones de portafolios; suponiendo que cada uno tiene un grosor entre tapa y piso de 10 centímetros, y que se los coloca uno al lado del otro, tapa contra piso, la fila ocuparía 1.430 kilómetros. ¡Una hilera de portafolios llenos de dólares que cubriría la distancia entre Buenos Aires y Salta!



Pero la deuda que Barack Obama no podía seguir aumentando porque en el Congreso no se ponían de acuerdo acerca de las condiciones para que lo autorizaran, es sólo una parte del problema y, en verdad, es la consecuencia de que desde hace largos años esa economía funciona con gigantescos déficits fiscales. A lo que se suma que también la balanza comercial registra enormes desequilibrios. Y todo eso en el contexto de una economía que crece a una tasa tan baja que no impide que el desempleo siga subiendo por encima del 9 por ciento.



La situación desató una ardua disputa política. Política-partidaria por los tironeos entre demócratas y republicanos. Pero política en el sentido más profundo del término porque lo que se está definiendo es la manera de abordar el problema y los criterios para cargar los costos de semejante desarreglo.



Con algo de esquematismo, se puede señalar que las aguas dividen a los que consideran conveniente y/o inevitable reducir el déficit fiscal por un lado, y a los que sostienen que la receta del ajuste no es recomendable, sino contraproducente, en momentos en que el nivel de actividad es débil y hay fuerzas productivas ociosas. Esa divisoria deja en el mismo lado a republicanos y también a muchos demócratas; entre ellos a la Casa Blanca y a la conducción partidaria.



Entre esa mayoría se dio la pelea que concentró la mayor atención pública, acerca de cómo se reduce el déficit. El punto principal de la discordia fue si sólo se cortaban gastos, como pretendía la derecha, y en particular el extremismo del Tea Party, o si además se aumentaban los impuestos a los ricos.



La pulseada fue ampliamente ganada por los republicanos. En un acuerdo muy precario alcanzado sobre la hora, se decidió elevar el techo del endeudamiento en 2,4 billones de dólares (una fila ida y vuelta de portafolios desde el Obelisco hasta Chascomús), a condición de un recorte de gastos por 2,1 billones en un plazo de diez años.



Por su prestigio, notoriedad y exuberancia adjetivante, la crítica más resonante fue la del Premio Nobel Paul Krugman. Dijo que el acuerdo “es un desastre”, que “acerca a Estados Unidos a una república bananera”, y que “estamos siendo testigos de una catástrofe”. Lo acusó a Obama de rendirse a la extorsión que los republicanos ejercieron con el default.



En lo sustancial, las críticas apuntaron a que Obama cedió en materia impositiva. El propio Krugman insistió en sus columnas y en su blog con el compromiso que reiteradamente había asumido el presidente para afectar el bolsillo de los poderosos que habían sido beneficiados por la política tributaria de los Bush y por la tolerancia que en ese mismo sentido él había tenido hasta ahora.



Muchos más se pronunciaron en igual sentido. Entre otros Dean Baker, codirector del Centro de Investigaciones Económicas y Políticas (CEPR en su sigla inglesa), señaló que “es de destacar que en el acuerdo no hay nada que eleve los impuestos sobre las corporaciones o sobre las personas ricas, siendo que los datos muestran un nivel récord en la participación de las ganancias altas, y que las encuestas indican que hay un claro respaldo de la gente para balancear con mayores impuestos el recorte de gastos”.



No faltaron las autocríticas. Nada menos que Nancy Pelosi, la jefa del bloque de representantes demócratas, reconoció que “no está bien que no se pidan más impuestos a los que más tienen”. Y sin ser tan explícito, incluso Obama admitió eso mismo.



En la Argentina la macroeconomía está bastante mejor que allá. No obstante, llama la atención que en Estados Unidos siempre está presente en la política un tema clave como el impositivo, mientras que aquí suele brillar por su ausencia.



También llama la atención que, dadas las circunstancias, muchos argentinos sigan comprando dólares.
Fuente: 
VEINTITRES