Sábado, 6 Agosto, 2011 - 18:25

(Homenaje a mi abuela Lola)
No hay mayor amor que dar la vida

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No hay mayor amor que dar la vida. Esa es la primera frase de una canción que forma parte del cancionero parroquial de mi pueblo. Y esa misma frase es la mejor síntesis para repasar lo que fue la vida de Sinforosa Dolores Almirón de Lovey, conocida como Lolita Almirón, o Lola Lovey.

o simplemente Doña Lola la mujer del Negro Cumbia.



Doña Lola dio la vida por los suyos y los demás. Devota fiel y enamorada eterna de su Sagrado Corazón de Jesus, en su nombre rezó por el bienestar de las personas incluso abandonando su propio bienestar.



¿Cuántos empachos curaste y a cuantos niños aliviaste tirándole el cuerito? ¿Cuántos kilómetros de cinta marcaste para contrarrestar un dolor de cabeza? Y si imagináramos la cantidad de Rosarios que rezó, ¿cuántos Padrenuestros y Avemarías mencionaste en tus 72 años?



Repasando todo eso no quedan dudas que dio su vida siendo este el mayor gesto de amor. Incluso la última imagen de su rostro que vi enseñaba una inmensa paz. Y en ese momento recordé la frase: No hay mayor amor que dar la vida; y vaya si ella dio la vida por amor.



Pero para honrar a Doña Lola prefiero recordarla mediante aquellas situaciones que marcaron mi vida, aunque me haya ausentado tanto en el último tiempo. Doña Lola fue aquella mujer que luciendo su vestido de color azul con estampado en forma de rombitos o flotes dormía su siesta en aquel sillón hecho íntegramente en hierro, mientras solicitaba a sus nietos que le saquemos las canas y como premio a esa tarea nos daba una moneda.



Doña Lola fue aquella mujer que cada domingo se levantaba temprano a regar y barrer su patio de tierra, para luego ir a misa a agradecerle a Jesús por cada uno de su familia; esa mujer que rezaba su rosario cada noche antes de ir a dormir y que jamás dudo ponerse de rodillas ante la imagen del Sagrado Corazón de Jesus para agradecerle por sus bendiciones.



Doña Lola fue aquella mujer que nunca dudó en matar una gallina, hervir unos huevos y sumar unos chipás cueritos, para que su familia emprendiera el interminable viaje en tren hacia Buenos Aires; si hasta pareciera que el tema "Avio del Alma" interpretado por Los de Imaguaré fue creado para ella.



Doña Lola fue aquella mujer, con costumbres guaraníticas, que cada 1 de agosto inundaba con su incienso nuestras habitaciones para que las plagas del invierno se alejen; la misma que curó nuestros malestares con algún té de yerba lucero o un quemadillo de ambay para aliviar nuestras gargantas y cortar la tos.



Doña Lola fue la que nos convencía con una sonrisa que tras consumir dos cucharadas de azúcar, en ayunas, un buen te de ajenjo contrarrestaría los parásitos y así dejaríamos de tener esas manchitas blancas en la cara.



Doña Lola la que cantaba los feliz cumpleaños de sus hijos y nietos con las tapas de cacerolas usándolas como platillo; la que nos hacía mirar la luna cada Noche Buena para ver cómo desde allí bajaría el Niñito Dios al Pesebre dándole tiempo a nuestros padres para que pusieran los regalitos.



Doña Lola fue aquella que llenaba de mañas a sus nietos y los defendía ante el mínimo llanto; y cómo nos defendía, aun recuerdo la silueta de mi padre sentado sobre el muro que le daba forma al grifo público que ya no funcionaba, lugar donde tuvo que refugiarse aquella noche hasta tarde…



Podría escribir páginas y páginas sobre la vida de Doña Lola, pero preferí recordarla con estos hechos. Durmiendo la siesta en su sillón, reprimiéndonos por andar bajo el sol en plena siesta, recordándonos que el Pombero asechaba siempre, rezando arrodillada para que todos tengamos salud, curando el mal tiempo con el hacha y las botellas, barriendo su patio de tierra, revisando sus plantitas y especialmente los crotos, pelando una gallina, cocinando un quibebe o una Mbaipy.



Gracias Lola por lo que diste. Gracias por el ejemplo. Gracias por tu entrega permanente. Y Gracias, muchas Gracias por esperarme y darme el honor de estar cerca los últimos momentos. Gracias por tu ultimo te quiero y por esa dulce última sonrisa.