Domingo, 31 Julio, 2011 - 08:00

Balbuceantes

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La temporada electoral arroja día a día furibundas cataratas de palabras. Desde el periodismo, crece la necesidad de emitir sonidos a través de la radio y la televisión. El temporal político exige sobremanera a una comunidad de enunciadores que deben ocupar interminables minutos en describir lo que creen ver o saber.

Las coberturas mediáticas revelan, así, un cuadro de pasmosa indigencia idiomática. Pensaba que era un fenómeno especialmente virulento en la Argentina, pero cuando la semana pasada, tal como hago religiosamente cada domingo, leí la columna de Javier Marías en El País Semanal, advertí que pasan cosas parecidas en otras partes. Eso no atenúa nuestras domésticas falencias, pero las pone en contexto.



Dice Marías que “cada vez hay más gente adulta a la que le da reparo mostrar un buen dominio de la lengua, hacer gala de un léxico rico, comunicarse con claridad y exactitud, lo cual lleva rápidamente a que le dé lo mismo lo que se diga, con el pretexto de que en todo caso ‘se me ha entendido’”.



Lo de aquí, en cambio, aunque parecido, no es exactamente igual. No es que a muchos adultos les “dé reparo”, como dice castizamente Marías; lo que sucede por estos lares es que la pobreza de lenguaje, lo pedregoso del enunciado de muchísimos habladores de radio y TV, su falta de claridad y matices son inexorables. En esos medios se suele hablar tan mal y de manera tan confusa, no adrede sino porque lo más probable es que no sepan hacerlo de otra manera.



El recrudecimiento de la temática política agiganta un escenario ya evidente desde antes y por otras razones. La escualidez expresiva es particularmente notoria en la vida cotidiana de lo que suele llamarse “los medios” y en particular en la infinita serie de espacios consagrados a la farándula. El habla farandulesca es penosa y da pudor aludirla, pero ocupa trozos centrales de la denominada “programación”. Es allí donde hace ya años se evidencia no sólo una brutal chatura de contenidos e ideas, sino el correlativo raquitismo de palabras con que se manejan. Es, además, la puesta en escena de un habla gutural, primitiva.



En reiterados momentos de la cotidiana tarea de “los medios”, es fácil advertir un balbuceo vergonzoso, dentro de una jerga plagada de latiguillos absurdos. No hay conductor ni político, funcionario o empresario, que no se defienda con un irritante “a ver” cada vez que debe comenzar a articular algo que nunca será una oración, porque –la verdad– en el habla diaria nacional los sujetos y predicados han desaparecido. “A este paso –dice Marías hablando de su indignada España–, las palabras serán pronto sustituidas por los gestos y las señas, regresándose así a la noche de los tiempos”. Escrito en la tierra de Cervantes, Lope, Juan de la Cruz, Calderón y Quevedo, es un diagnóstico bien deprimente. Pero no legítima nuestra doméstica caída en el balbuceo crónico y en la insignificancia semántica.



Como sucede con todo fenómeno que atraviesa la cultura pero además esta empapado de datos políticos y sociales, el paupérrimo habla que hoy se percibe en “los medios” ha generado algo así como un correspondiente patriotismo de los imbéciles.



Convertidos en replicantes de la corporación analfabeta, los pobres de léxico aluden despectivamente a quienes se elevan un poco por encima de la mediocridad general, para acusarlos de barrocos, soberbios e incomprensibles. Ese populismo lingüístico consiste en exaltar la fealdad porque sería equiparable a lo más común y diversificado. Presumen que es imposible hablar y escribir con claridad y disfrutando y haciendo disfrutar de la seductora sensualidad de matices del español, sin confundir al pobre “pueblo”.



Me asombra la espantosa dominación de frases hechas que, sobre todo en radio y TV, son directamente una confesión de impotencia. ¿Cuántas veces más tendremos que escuchar la vulgar nadería de que tal cosa “tiene-que-ver-con”, con que se defienden, acorralados, usuarios de micrófonos y cámaras? Escaparon del mundo de los sinónimos por pura y mera ignorancia. No es que quieran ser escuchados y leídos sin diccionario, si no que, aún queriendo ser diferentes, no podrían serlo. Es, en resumen, un cuadro de disfunción eréctil, pero no sexual, sino de significados: no se les pone turgente la palabra, porque no se les aparece. De allí sus murmuraciones pastosas en radio y TV, sumadas a la apelación sistemática al jolgorio estrepitoso que suele salir de receptores y televisores.



Hacen tanto ruido y son tan poco articulados porque patentizan un mundo alejado de la lectura y del apetito de conocimiento. Son así, porque –como razona Marías– “imperan la tacañería, la tosquedad y la pereza lingüísticas”. La explicación rutinaria de esto, que es no un fenómeno menor, suele deambular por las justificaciones más o menos necias. Los culpables son los sms, Twitter y sus 140 tiránicos caracteres, la vida demencial que llevamos en una ciudad cada vez más frenética y alienada. Son esos unos elementos a considerar, claro, pero es mejor y sobre todo más certero buscar las razones en el cuadro general de la vida, con su condigna carga de otros fatalismos, autojustificaciones que terminan excusando todo. El lenguaje troquelado e innoble en que chapoteamos es la fotografía de nuestro existir general.



Los medios de prensa no son ni ajenos ni inocentes; un relajamiento generalizado desalienta a los numerosos profesionales que en los medios gráficos y audiovisuales no pueden sino seguir expresándose con soltura, densidad y –a la vez– resplandeciente claridad. El temor, el mío al menos, es que la mala moneda prevalezca y desplace a la buena. Para que eso no suceda, se precisan resolución y decisiones, una suerte de realfabetización general para poner en valor una herramienta hoy devaluada, realidad que –como mancha venenosa– se disemina en “los medios” y en el habla cotidiana de este país.
Fuente: 
Perfil.