Martes, 26 Julio, 2011 - 11:07

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El Soberano

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En rigor de verdad, las elecciones de Santa Fe -aunque importantes- por si mismas no han definido nada respecto de agosto u octubre.

Tampoco lo hicieron los últimos comicios porteños. Sin embargo, de uno y otro acto comicial, los distintos partidos políticos han recibido -seguramente sin pretenderlo- una especie de recordatorio sobre lo más obvio: el único dueño de los votos es el pueblo, único soberano que no tiene que rendirle cuentas a nadie de su comportamiento en las urnas.



Para el caso, da lo mismo pensar en el kirchnerismo, el socialismo, el macrismo, el radicalismo o la coalición cívica. No interesa. Lo que importa, en realidad, es atender e interpretar el reclamo oculto que el pueblo hace respecto de lo que siente y lo que espera cuando emite un sufragio. Y según parece, no han sido precisamente los políticos –y menos aún las encuestadoras y analistas- los que han sabido traducir y procesar la real demanda social, a pesar de una importante variedad de signos que -desde hace algún tiempo- son recurrentes en el humor y comportamiento de la gente.



Y es que –ciertamente- hay aspectos, rastros, signos, que de haberse tenidos en cuenta seguramente habrían arrojado algo de luz para entender lo que está sucediendo en la actualidad, más allá de las consabidas sospechas o constataciones que el electorado tiene o hizo, respecto del mal obrar de sus propios representantes: desde la corrupción, la falta de idoneidad, la deshonestidad intelectual hasta un lenguaje político vacío, agresivo y asfixiado por una verborragia inútil que al único que parece deleitar es al que la dice.



Por caso, tal vez convenga mencionar algunas impresiones sobre ciertos signos, presuntamente no contemplados ni analizados suficientemente en el actuar político. No para entronizar a Macri o Del Sel, sino –fundamentalmente- para remarcar el desconcierto de la dirigencia política, las encuestadoras y algunos analistas. Un desconcierto que, en cierto modo, resultó hasta cómico: “¿Qué pasó acá?¿Cómo es que no votaron según lo que yo pensaba...?”.



Sobre esto, sólo dos ejemplos entre tantos:



EL COMUN SENTIDO SOCIAL


Ninguno de nosotros escapa a las reglas propias del tiempo en que vivimos, marcado por una especie de cotidiano pragmatismo. Existe una conciencia de que recogemos lo que sembramos. Al que trabaja le corresponde un salario digno. Al que delinque, la pena adecuada. Al que se esmera, la retribución equivalente. Al enfermo, un sistema sanitario adecuado. Al que estudia, una preparación adecuada y realista. Al jubilado, el justo reconocimiento de sus años de aportes. A la inflación, el remedio apropiado. A la inseguridad, una respuesta efectiva.



Hoy por hoy somos así. Queremos resultados razonables y concretos. ¿A alguien le interesa las explicaciones, los discursos y justificativos?. No parece que sea a muchos. Se podrá conceder el tiempo necesario para que tal o cual representante concretice lo anunciado en una campaña. Pero hay un límite. Repugna al sentido común que una promesa electoral de antes sea renovada por una nueva en vistas a una elección que se aproxima, sin que entre una y otra poco se haya hecho en la materia. Es como decir: “Esto ya lo prometiste antes... pero hiciste demasiado poco... ¿Y ahora me prometes lo mismo?”.



El sentido común y la mezcla de sentimientos encontrados por promesas incumplidas o dilatadas eternamente en el tiempo, puede destruir con suma facilidad la cómoda posición del político que cree saber con exactitud “los bueyes con los que ara”. Como se dijo, el electorado requiere resultados prácticos y cuando más rápido mejor. Que desde la política o desde el análisis se lo encasille en algún formato para luego predecir desde allí su comportamiento en las urnas, es –cuando menos- una ingenuidad gigantesca.



Memoria colectiva

La memoria de un pueblo no es sólo intelectual. No se conforma únicamente por fechas y nombres de representantes del pasado, ni sólo por lo bueno o malo que hicieron durante su gestión. Comprende, además, una maraña de sensaciones y sentimientos.



Sensaciones de todo tipo, algunas muy ligadas a la intuición. Tanto es así que –por ejemplo- frente a una propuesta electoral concreta, bien puede alguien decirse para sus adentros: “No sé como será... pero seguro que no es como este fulano dice”. Y eso puede inclinar su voto en otra dirección. Y algo parecido sucede con los sentimientos. El elector llega a los comicios con un gran bagaje de ellos. Puede tratarse de cualquier cosa; desde las más banales hasta las importantes. Desde la nostalgia del buen pasar cuando gobernó un determinado signo político hasta las broncas acumuladas por los grandes o pequeños errores del actual. Cualquier cosa.



Como sea, todo ello se conjuga y determina al elector en un determinado sentido. Por eso en algunos países, los preparativos de las campañas políticas incluyen ordinariamente profundos estudios psicosociales previos, no para detectar las fluctuaciones del electorado y luego sólo decirle lo que éste quiere oír, sino para satisfacer efectivamente la demanda descubierta. Tal es el caso, por ejemplo, de Suecia, donde los candidatos a ocupar un cargo dentro del parlamento (máxima autoridad constitucional), trabajan en forma conjunta con psicólogos y sociólogos desde un año y medio antes de los siguientes comicios.



Concluyendo: dos ideas.

Por una parte, pareciera que lo menos indicado frente a una sorpresa electoral es cuestionar a la sociedad por la decisión tomada. Un pueblo en democracia, es el único soberano que –como se dijo más arriba- no tiene que rendirle cuentas a nadie de su comportamiento en las urnas. Si la política o las encuestas no se explican por qué se expidió en tal o cual sentido, no es un problema de la gente, sino de la política y de las encuestadoras.



Por otra, flaco favor se hacen los partidos que creen que pueden manejar o controlar a la gente. Tal vez eso les pueda funcionar durante algún tiempo. Sin embargo, en algún momento, los pueblos se permiten a sí mismos develar su propia y dinámica intimidad, para desconcierto de políticos, encuestadores y analistas. Frente a esto, podrán poner el grito en el cielo o, más bien y más saludable, redoblar el esfuerzo por entender al pueblo que pretenden gobernar.