Domingo, 24 Julio, 2011 - 09:28

La esfinge

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¿Por qué Ernestina Herrera viuda de Noble no salió nunca a pronunciarse dolida si sentía que sus hijos adoptados eran sospechados, perseguidos o atacados injustamente? Salvo en alguna carta escrita por amanuenses expertos en estrategias jurídicas, y publicada con todos los resguardos, ella se mantuvo escondida y sin exponerse.

Le escamoteó el cuerpo al largo litigio que la involucra junto a los dos hijos adoptados. Se limitó a parapetarse tras sus abogados y su asociado Héctor Magnetto.



No es lo que se espera de una madre. Lo natural hubiera sido que sintiéndose afligida y desesperada por la situación, un día cualquiera hiciera a un lado los formalismos y espontánea y desgarradoramente se plantara ante las acusaciones con el grito de su verdad. No hay abogado que pueda detener el impulso de una madre conmovida por el riesgo de perder lo que más quiere. No tuvo ese impulso.



Eligió el mutismo. Y no es lo mismo que el silencio. Lo dicen la teología y la filosofía. “En tanto el silencio es un preludio de apertura a la revelación, el mutismo es el cierre de esa revelación, sea por rechazo a recibirla o a trasmitirla, o sea por castigo por haberla enredado con alborotos y pasiones” (Chevalier y Gheerbrant en el Diccionario de los símbolos). Como se ve el silencio tiene nobles y sabias significancias, incluso sagradas. El mutismo no.



Si es una enfermedad exige diagnóstico y tratamiento; pero si, como en este caso, es voluntario o impuesto justifica la desconfianza. ¿Qué secreto culposo le impone a una persona pública ese largo y extraordinario mutismo? ¿Y qué recato, qué desinterés, qué complicidad, qué cobardía impidió al periodismo durante años no buscar a la protagonista a sol y a sombra como hacen con otras protagonistas a quienes acosan hasta en el closet o la tumba?



Doña Ernestina es como si no existiera. No habla, no aparece, no lucha como una madre sino como una empresa que delega en expertos su defensa. Ningún dato sentimental se escurrió ni se escurre por ningún resquicio de su fortaleza jurídica. No hay lágrimas para mostrar, de tantas que les fluyen a las madres cuando sus hijos sufren o son víctimas.



Tampoco palabras de indignación, de reclamo, de socorro por esos dos jóvenes que debieron enfrentar, y sin esperanza de que cese de por vida, una duda de identidad de tortuosa significación psíquica.



Nada: muda como una esfinge. Como aquellas del Antiguo Egipto construidas en piedra con forma de león y cabeza humana. Son el enigma. La esfinge de Edipo viene cargada de coerciones. La esfinge de Ernestina Herrera viene cargada de mutismo.
Fuente: 
blog del autor.