Domingo, 24 Julio, 2011 - 09:12

La máquina de capturar palabras y la defensa de Buenos Aires

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Funciona a todo vapor, entre nosotros, una máquina mediática de captura de palabras. Tiene como principal objetivo, al menos para sus constructores y sus manipuladores, apropiarse de todas aquellas expresiones, escrituras y discursos que puedan, convenientemente retocados y ensamblados, aportar al objetivo mayor y excluyente

Tal objetivo: horadar al kirchnerismo debilitando sus estructuras, su legitimidad y sus apoyos. Con particular virulencia la máquina, que funciona desde siempre pero que fue actualizada con perversa sofisticación desde que Cristina Fernández llegó al gobierno, ha desplazado su punto de ataque hacia el movimiento de derechos humanos sabiendo, como sabe, que ahí está uno de los puntales de un proyecto que se inauguró, contra viento y marea, en mayo de 2003. Primero le tocó el turno a Hebe de Bonafini, ahora, y con regocijo indisimulado, todos los engranajes de la máquina se dirigen contra Estela de Carlotto y las Abuelas de Plaza de Mayo tratando de dañar irreversiblemente a quienes han sido, desde los oscuros años de la dictadura, el baluarte moral y el principal núcleo resistente de un país atravesado por el pacto siniestro entre militares y corporaciones económicas que llevaron a la noche más espantosa, esa que dejó marcas profundas y heridas que siguen todavía sin cicatrizar allí donde la búsqueda de los nietos apropiados por el terrorismo de Estado continúa habitando soterradamente la vida de los argentinos.



La máquina de captura mediática, astuta y cínica, supo forjarse en el interior de un pacto siniestro que le permitió convertirse en hegemónica, pero también supo, una vez recuperada la democracia, camuflar sus complicidades y las prebendas que recibió de la dictadura. De la noche a la mañana el engranaje cambió de perspectiva y buscó invisibilizar su responsabilidad acomodando su relato al que emanaba del movimiento de derechos humanos y, en un giro tan espectacular como hipócrita, hablar de lo que antes nunca se habló. La prensa canalla y cómplice, por gracia de una extraña metamorfosis avalada por los propios gobiernos democráticos y por todo el poder económico (ese mismo que fue un aliado fundamental de la dictadura y que pasados los años sería el eje de la política neoliberal), se permitió incorporar a su panteón de estrellas a quienes habían sido las víctimas de una dictadura que si no hubiera contado con la complicidad de esos medios de comunicación jamás hubiera podido desarrollar y sostener su plan de exterminio y apropiación.



Pero más allá de ese lavado de cara que realizaron rápidamente los grupos económico-mediáticos, una vez restaurada la democracia hicieron lo que mejor saben hacer: condicionar y chantajear al poder político afirmando los intereses de los grupos concentrados de la economía y convirtiéndose en punta de lanza estratégica en la liquidación de los últimos restos de un Estado y de una sociedad que supo ser más equitativa. El papel de los grandes medios de comunicación ha sido y sigue siendo decisivo a la hora de comprender el espectacular giro neoliberal (iniciado por el Rodrigazo y por el plan de Martínez de Hoz, renacido bajo la economía de guerra y el Plan Austral del alfonsinismo y luego recuperado e intensificado por la convertibilidad menemista); ellos fueron la garantía imprescindible allí donde le dieron forma a un nuevo relato y apuntalaron la emergencia de nuevas formas de sentido común. Alarmados por un giro inesperado en la historia argentina, un giro nacido de la extraordinaria voluntad de Néstor Kirchner y profundizado con la llegada al poder de Cristina Fernández, pusieron, una vez más y como lo vienen haciendo desde lejos, la máquina a funcionar a pleno para desgastar y condicionar a quienes comenzaron a quebrar la hegemonía neoliberal. Para comprender el duro enfrentamiento entre la corporación mediática (representada centralmente por los grupos Clarín y La Nación) y el kirchnerismo, hay que reconocer que este es el primer gobierno democrático que, ante el chantaje de las corporaciones, no sólo no se repliega sino que dobla la apuesta y profundiza un proyecto que, haciendo eje, entre otras cosas, en la recuperación de la política como un instrumento esencial de transformación, no renuncia a ejercer su soberanía y a ponerles límites precisos a quienes ejercieron el verdadero poder en nuestro país.



Grandes demiurgos de una época cuyo eje de sustentación logró generar un relato hegemónico sostenido en el giro hacia la economía de mercado, el fin de la historia, la muerte de las ideologías y la producción intensiva de un hiperindividualismo arrasador de las antiguas estructuras de movilidad y de equidad social, la corporación mediática se convirtió, como lo señaló con agudeza Nicolás Casullo, en la punta de lanza de la apropiación neoliberal de la política, en el actor decisivo a la hora de reemplazar las viejas formas de representación y las estructuras partidarias cada día más deshilachadas. Les tocó a los grandes medios de comunicación transformarse en la avanzada cultural-simbólica del neoliberalismo, usina de una opinión pública atrapada en las redes de una heteronomía sutil y brutal a un mismo tiempo capaz de recrear sentido, sensibilidad e imaginarios sociales abrumadoramente articulados desde los intereses desplegados en una época dominada, a nivel planetario, por un capitalismo especulativo financiero que hizo añicos la vida social y política argentina hundiendo profundamente su bisturí en amplios sectores sociales.



En la última semana hemos podido ver de qué modo opera la máquina de capturar palabras y escrituras, historias y proyectos. Ya lo inició, con virulencia, al dirigirse contra Hebe; lo siguió haciendo victimizándose en el caso de la presunta apropiación de los hijos –de origen incierto y dudoso– de Ernestina Herrera de Noble, y lo vuelve a hacer, aunque con otros recursos, al buscar convertir una asamblea de Carta Abierta (compuesta de centenares de hombres y mujeres del campo de la cultura y de la vida intelectual y académica) en la expresión de la “crisis” del kirchnerismo. Toman por asalto palabras y conceptos, los transforman en frases simples y brutales que tienen como objetivo afirmar la idea de un momento de desconcierto y frustración en las filas de quienes han sido defensores de un proyecto político que comenzó a desmontar el andamiaje neoliberal de la vida económica y política argentina, y de quienes nunca dejaron de señalar el papel de la corporación mediática en la creación, a partir del conflicto con las patronales agrarias, de un “clima destituyente” que busca avanzar hacia la “restauración conservadora”, esa misma que tiene su cabeza de playa con el macrismo en Buenos Aires.



En Carta Abierta, a lo largo de más de tres años, no sólo se ha salido en defensa de un gobierno democrático amenazado por las corporaciones económico-mediáticas, sino que también se ejerció la más absoluta libertad de opinión y de crítica. Por eso el carácter libre y complejo de las asambleas y la intensidad de nuestras cartas, palabras y acciones que han nacido de una convicción inclaudicable: la certeza de estar delante de una experiencia política, económica y cultural profunda y decisivamente reparadora de la vida social argentina y, por eso, también, nuestro apoyo y nuestra militancia desinteresada a la fórmula encabezada por Daniel Filmus. Nuestras palabras, incluso aquellas que fueron brutalmente capturadas por la máquina mediática, tienen como principal objetivo impedir que la derecha privatizadora y destructora de una ciudad a la que amamos siga imponiendo su hegemonía sobre Buenos Aires. Y es en ese mismo sentido que lejos de sentirnos “ofendidos” por el texto de Fito Páez, destacamos su interpelación valiente a las conciencias de una ciudadanía que tiene en su interior las fuerzas para enfrentar a la restauración macrista. Más allá de la captura de opiniones y conceptos seguimos mostrando que en el interior de este proyecto decisivo para reconstruir la igualdad en la ciudad y en el país hay lugar para decir lo que se piensa pero, a diferencia de los mercaderes de vida e ideas que suelen vender sus mercancías al mejor postor, en Carta Abierta tenemos muy en claro dónde está el adversario. Lo demás seguirán siendo operaciones de quienes continúan aspirando destituir a un proyecto que viene transformando, en una perspectiva más igualitaria, la Argentina desde mayo de 2003.



Buenos Aires, lo sabemos, es una ciudad compleja, abigarrada, tumultuosa y diversa en la que nada transcurre de manera lineal ni absoluta y en la que es fundamental estar atentos a los matices, las contradicciones y las opacidades de una megalópolis cargada de historia y atravesada por los más variados estados de ánimo. Es una ciudad bombardeada sin piedad por los dispositivos mediáticos y una caja de resonancia de lo sustancial y de lo insignificante. Centro capitalino de un país que prefiere verse a sí misma como una cápsula que flota en su propio éter mientras que el resto del país va por otro lado.



Buenos Aires ha sido, al mismo tiempo, la ciudad de la Revolución de Mayo y la ciudad de la contrarrevolución, la de los jacobinos encabezados por Moreno, Castelli y Monteagudo y la del pliegue conservador representado por Saavedra. Fue también la de Caseros y Pavón anticipada por los conflictos entre federales y unitarios, la de un puerto convertido, por gracia de una clase dominante y usufructuaria de sus riquezas, en centro hegemónico de la Nación pero también la de las rebeldías anarquistas, la del yrigoyenismo fundando una democracia sin “votos calificados” y la de la Semana Trágica, la de la Plaza de Mayo del 17 de octubre que descubrió “el subsuelo de la patria sublevada” y la del bombardeo despiadado y criminal de la aviación naval contra civiles indefensos un luctuoso junio del ’55.



Muchas Buenos Aires en una ciudad cargada de memorias y cicatrices, la que cobijó a la Madres de la Plaza y la que vio cómo esa misma plaza se llenaba de una multitud que vitoreaba a Galtieri. Una ciudad que es una parte de esa extraña peripecia que llamamos la argentinidad sabiendo, como lo sabemos, que no existen formas esencialistas que definan la identidad de un pueblo, pero reconociendo ciertas continuidades en el interior de la vida social y cultural que nos permiten interpelar a un extraño y arduo caleidoscopio nacional que nos ha descubierto los pasadizos laberínticos de eso tan inasible como tal vez inexistente que algunos llamaron “el ser argentino”.



Buenos Aires guarda en su interior los cruces y las tensiones de un país siempre en estado de “oportunidad”. Su lugar, muchas veces paradójico y otras trágico, ha sido el de ser el centro de una experimentación, la punta de lanza de proyectos enfrentados que vienen atormentando y esperanzando desde antaño la vida de los argentinos. A diferencia de la cotidianidad de otras geografías nacionales, cotidianidad surcada por climas menos propensos a la dialéctica de lo maníaco y lo depresivo, más introspectivos, menos colgados a las histerias comunicacionales, la ciudad de los personajes de Roberto Arlt y de Capusotto vive, casi siempre, en estado de urgencia, enfrentada a todo tipo de ultimátums y signos catastrofales que transforman cada acontecimiento en algo decisivo aunque no sea más que un producto de la sociedad del espectáculo y del amarillismo mediático. Una ciudad eléctrica que se mira a sí misma como siendo el centro del mundo y que no puede concebir la realidad por fuera de sus lucubraciones e intereses. Pero también, y esto es justo decirlo, una ciudad que se ha vestido con las galas de los ideales, de las utopías, de las rebeldías y de los sueños de un país más justo y que ha pagado, a través de la represión más feroz, el precio terrible de esas ilusiones.



Por algunas de estas apresuradas cosas que escribo, por “el amor y el espanto”, por sus intensidades culturales incomparables, por sus barrios que cobijan las memorias de una ciudad entrañable, Buenos Aires no es lo que una elección quiere decirnos que es. No es, ni puede ser, una mayoría inclinada hacia el macrismo que parece desligarse de su travesía por el tiempo, de sus hazañas urbanas, de su belleza secreta, de sus transversalidades igualitarias, de sus poetas y de sus músicos, de sus personajes literarios, de una caminata mítica por las calles de Saavedra o de encuentros amorosos en el Parque Lezama. Tal vez por algunas de estas cosas, por mi propia memoria porteña, por los espectros danzantes de una ciudad amenazada es que quisiera terminar este artículo con una profesión de fe en el sueño de otra ciudad que se reencuentre con lo mejor de sí misma: hay una ciudad en la ciudad. Una Buenos Aires que no se pinta de amarillo ni renuncia a sus sueños de igualdad.



Hay una ciudad en la ciudad que sabe de los pasadizos que conducen a la memoria, aquella que nos recuerda la infancia, la libertad, las locas aventuras entrecruzadas de esperanzas y de dolores.



Hay una ciudad en la ciudad que guarda la presencia, entre nosotros, de una ciudad que supo ser equitativa y audaz, nostálgica y creadora, rebelde y soñadora. Una ciudad trabajada por millones de manos que la soñaron más justa y equitativa.



Hay una ciudad en la ciudad que está siendo castigada por una derecha que mientras se disfraza con los recursos de evangelismos tecno-publicitarios y se ofrece como la portadora de los ideales de la tolerancia y el amor, no duda en quebrarle el espinazo a esa otra ciudad de la igualdad.



Hay una ciudad en la ciudad que descubre, cada día que pasa, cómo se destruye su memoria urbana y se transforman sus barrios en un gigantesco botín de la especulación inmobiliaria.



Hay una ciudad en la ciudad que nos pide que la defendamos, que protejamos sus historias, sus espacios públicos, su educación, su salud, su cultura, de la depredación mercantil y de la piqueta privatizadora.



Hay una ciudad en la ciudad que siente horror ante la discriminación y el racismo manipulados por quienes la gobiernan; una ciudad en la ciudad que no puede aceptar la violencia contra los más débiles y las retóricas oscuras que apelan a la brutalidad del prejuicio y la xenofobia.



Hay una ciudad en la ciudad que somos todos nosotros: los trabajadores, los artistas, los estudiantes, las amas de casa, los poetas, los profesionales, los que duermen bajo las estrellas olvidados por los diseñadores de políticas de la exclusión, los locos del Borda y del Moyano, los maestros y los médicos, los intelectuales, los músicos, los cineastas, los almaceneros y los albañiles. Esa ciudad, nuestra querida y entrañable ciudad autónoma de Buenos Aires, la que le cantó Gardel, la que despidió a Mercedes Sosa y supo decirles su conmovido adiós a algunos hombres y mujeres irreemplazables de la vida nacional, la que recorrieron con su literatura Borges y Marechal, Sabato y Arlt, Cortázar y Martínez Estrada, la ciudad de todos nuestros desvelos, la de nuestros abuelos y la de nuestros hijos, hoy, ahora, urgente, nos pide que nos unamos para defenderla.
Fuente: 
VEINTITRES.