Domingo, 17 Julio, 2011 - 08:41

Antigüedades

Se puede entender que El País de España o The Economist del Reino Unido describan el resultado del 10 de julio en las elecciones porteñas como el triunfo de “la derecha” o de los sectores conservadores.

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Aún cuando ya ha cambiado mucho casi todo en la doliente Europa de hoy, para audiencias distantes, a las que las etiquetas surgidas de nombres propios nada le dicen, es más fácil regresar a las viejas categorías del siglo XX. ¿Qué pueden significar para un londinense o un madrileño vocablos como “kirchnerismo” o “macrismo”? No es admisible, sin embargo, que en el escenario de cabotaje se reitere la manía de sobredimensionar los sucesos, con piruetas retóricas ya desprovistas de significado.



La tenaz intención de pretender que “la derecha conservadora” se ha apoderado del vértice político de la Ciudad de Buenos Aires es un sainete, si no fuera –además– necia, como lo es. Quienes se sienten representados en el Gobierno nacional modulan unos tonos de escalofriante solemnidad para crear antagonistas tremebundos de positiva inexistencia.



La Argentina tuvo ciertamente una derecha liberal y una centroderecha republicana con peso específico propio y muy diferenciados del fascismo, pero hace años. Eran partidos políticos que se oponían al peronismo, aunque uno de ellos se peronizó súbitamente en 1989 de la mano de Carlos Menem. La fuerza que gobierna la Ciudad desde 2007 y que seguramente lo hará hasta por lo menos 2015, no pertenece sin embargo a esa colectividad. Lo que se llama “macrismo” es una fuerza de ribetes diferentes, pero a la que el kirchnerismo llama “derecha privatizadora”. Hay en ese énfasis nomenclador una pedregosa recurrencia al pasado, su jerga, sus tics, sus vicios. Por eso mismo prevalece en esos ámbitos una perplejidad absolutamente incomprensible ante lo sucedido.



Uno de los intelectuales de estrecha cercanía con el kirchnerismo, Mempo Giardinelli, por ejemplo, se vale de las páginas de la siempre vituperada pero habitualmente usada La Nación para confesar que el resultado del 10-VII fue “sorprendente”. Y repite su asombro: “Todos los porteños, y muchos que no lo somos, nos llevamos una sorpresa el domingo pasado”. Esa desconexión es llamativa, sobre todo si la manifiestan personas proclives supuestamente a la reflexión y de conocida sensibilidad artística.



Fuera del pelotón de “encuestadores” conchabados por la Casa Rosada, nadie podía en verdad imaginar que Macri sacaría mucho menos de lo que sacó. Tras lo sucedido, no se ha querido ver, en cambio, otro hecho significativo: Macri tuvo como candidato 44 mil votos más que su propia lista de diputados, mientras que Daniel Filmus –en cambio– tuvo 97 mil menos que los alcanzados por sus tres colectoras legislativas. Esos 143 mil votos de diferencia revelan una intencionalidad neta e inconfundible, porque si Pino Solanas tuvo 442 mil votos en 2009 y este 10 de julio retrocedió a 226 mil, se deduce un resultado de elocuente geometría: 369 mil porteños se alinearon con el Gobierno de la Ciudad, no mediante el artificio de engorrosos pastiches ideológicos, sino en virtual autodefensa.



Pero no hay nada más cerrado a la comprensión serena que los empachos dogmáticos. El mismo escritor chaqueño aclara su postulado; dice Giardinelli que la de Macri ha sido “una gestión ineficiente, insensible, inexperta, sospechada de corrupción y muy peligrosa como propuesta de manejo de la cosa pública”. Con más razón entonces: 830 mil personas proclamaron su apoyo a la ineficiencia, la insensibilidad, la inexperiencia y la corrupción, un acto de masivo suicidio colectivo para cuya consumación el comentarista citado no aporta claves de interpretación.



Al abstruso y críptico Páez no se lo debe tomar en serio, pero Giardinelli es un creador de reconocido valor y ha sido un infatigable difusor de cultura en su terruño. Sus palabras me importan como paradigma de una época confusa, como retrato del abismo que a menudo se abre entre la realidad cotidiana y quienes la abordan desde la fantasía literaria.



A la hora de catalogar los rasgos en los que se reconoció ese 47% de porteños, el escritor vocifera que a este gobierno citadino lo caracteriza “el desapego al trabajo, el desprecio por la educación y la salud públicas, el retroceso cultural (desastre del Teatro Colón incluido) y el puro afán de hacer negocios con los amigos”. Si todo ese párrafo es una desmesura, hablar del “desastre” del Colón ya pertenece al ámbito de lo insondable: te invito, caro Mempo, a que lo recorramos juntos ahora mismo, y me demuestres in situ en qué consiste ese “desastre”. La monumental zanja que separa hechos de palabrerío se manifiesta también en la performance electoral de partidos, grupos y fuerzas de estirpe revolucionaria y persuasión marxista. En las elecciones de 2009 se presentaron en la Ciudad seis listas de esa raigambre: Autodeterminación y Libertad, MST, PO, PTS-MAS-IS, Convergencia Socialista y Asambleas del Pueblo. Si se las suma, juntaron 74.374 votos, equivalentes al 4,11%. Si se añade a esta suma lo recogido en 2009 por Proyecto Sur de Pino Solanas y Claudio Lozano, y al Partido Socialista, la izquierda amasó en 2009 casi 555 mil votos, o sea el 30,6%. Esas mismas fuerzas consiguieron solo 268 mil votos hace una semana, el 15,2% (dentro de esta suma, la izquierda ortodoxa juntó 42 mil voluntades, el 2,3%). O sea que toda la izquierda perdió la mitad de los votos y obtuvo la mitad de su porcentaje de hace dos años.



Esto es lo que pasa, pues. Derroche de jarabe doctrinario, vocabulario desvencijado y exento de significado, oquedad de valores relevantes. Pero, sobre todo, estos cortos días iluminan, pese a la penumbra invernal, la desesperante vejez de estos avatares.



No solo eso; además de decadencia, este clima de época transmite algo más angustiante e intimidatorio. La ira que le suscitan al poder actual las decisiones civiles es y será un venenoso legado de estos años, preñados de venganza, soberbia y altanería.



Fuente: Perfil.